Opinión
Jugar a la discapacidad también excluye
Fecha de publicación: 08/Octubre/2026 | Autor: I Wheel Love U
Hace poco se estrenó en KidZania Santa Fe una experiencia llamada EmpatíZate. La propuesta promete acercar a las personas a distintas discapacidades a través de actividades como vendarse los ojos, moverse en una silla de ruedas, utilizar muletas, cabestrillos o limitar temporalmente alguna parte del cuerpo.
La premisa parece sencilla: experimentar durante algunos minutos ciertas limitaciones para entender lo que vive una persona con discapacidad.
Pero ahí está precisamente el problema.
La discapacidad no se puede experimentar durante veinte minutos. Mucho menos simular.
Sentarte en una silla de ruedas no te permite sentir la exclusión que a lo largo de la vida vive una persona usuaria de silla de ruedas. Vendarte los ojos tampoco te enseña lo que significa vivir siendo una persona ciega.
Lo que probablemente experimentarás es la dificultad de enfrentarte durante unos minutos a una forma distinta de hacer las cosas.
Las personas con discapacidad desarrollamos estrategias, utilizamos herramientas, ayudas técnicas, tecnología y aprendemos distintas formas de desenvolvernos en la vida cotidiana. Pero eso no significa que la respuesta esté en nuestra capacidad de adaptarnos. Aun así, a diario nos enfrentamos a un entorno que nos excluye.
Porque lo que limita no es únicamente un cuerpo ni aquello que una persona puede o no puede aprender a hacer.
Lo que limita son las barreras que siguen ahí.
Por eso, cuando una persona sin discapacidad se sube unos minutos a una silla y no consigue avanzar, o se venda los ojos y se siente completamente perdida, el mensaje que puede llevarse no necesariamente es: “Qué inaccesible es nuestro entorno”.
Puede terminar siendo: “Qué difícil debe ser vivir así”.
Y esas dos conclusiones son radicalmente distintas.
La primera cuestiona al entorno.
La segunda vuelve a colocar el problema en nuestros cuerpos.
Y ahí es donde muchas de estas campañas que pretenden “sensibilizar” pueden terminar haciendo exactamente lo contrario.
Porque reducen la discapacidad a una limitación corporal momentánea y dejan fuera todo aquello que realmente construye la exclusión.
Durante esos minutos, no simulas que el transporte que necesitas no sea accesible ni asequible.
No puedes experimentar en quince minutos que un baño diseñado para ti esté ocupado como bodega.
No puedes reproducir lo que significa encontrar una banqueta bloqueada todos los días camino al trabajo.
No puedes simular años buscando empleo y encontrando puertas cerradas por prejuicios.
No puedes ponerte durante media hora la falta de información accesible, los gastos extraordinarios, los trámites interminables o la necesidad de investigar antes de salir de casa si el lugar al que vas decidió contemplar tu existencia.
Eso no se reproduce poniéndote una venda.
Ni amarrándote un brazo.
Ni sentándote un rato en una silla de ruedas.
Porque la discapacidad no está solamente en el cuerpo. También está en la manera en que construimos ciudades, servicios, instituciones y relaciones sociales que siguen dejando fuera a quienes funcionan, se mueven, perciben o se comunican de manera distinta.
Y si después de una experiencia de “sensibilización” la conclusión es que usar una silla de ruedas es muy difícil, quizá la pregunta estuvo mal planteada desde el principio.
La pregunta debería ser:
¿Por qué hicimos un entorno tan difícil para quien utiliza una silla de ruedas?
Esto tampoco es exclusivo de una experiencia comercial.
Durante años hemos visto gobiernos, empresas e instituciones organizar dinámicas en las que funcionarios, directivos o trabajadores recorren algunos metros en silla de ruedas, utilizan un bastón, se cubren los ojos o intentan realizar una actividad con alguna extremidad inmovilizada.
Se toman fotografías.
Se publican en redes sociales.
Se habla de ponerse “en los zapatos del otro”.
Y después todos se levantan de la silla.
Se quitan la venda.
Desatan el brazo.
Y regresan exactamente al mismo entorno que continúa excluyendo a las personas con discapacidad.
La rampa sigue mal hecha.
El elevador sigue sin funcionar.
El transporte sigue sin ser accesible.
El presupuesto sigue sin llegar.
Por eso llevamos años repitiendo algo desde IWLU: empatía sin conciencia es condescendencia.
Porque no necesitamos que alguien descubra durante diez minutos que desplazarse por una ciudad inaccesible puede ser complicado.
Necesitamos que deje de ser inaccesible.
No necesitamos funcionarios jugando a utilizar una silla de ruedas.
Necesitamos funcionarios garantizando banquetas, transporte, edificios, escuelas, hospitales y espacios públicos accesibles.
No necesitamos que alguien cierre los ojos para imaginar cómo vive una persona ciega.
Necesitamos información accesible, señalización adecuada, tecnología, movilidad segura y condiciones que permitan ejercer derechos.
Y tampoco necesitamos que se siga reforzando la idea de que una persona con discapacidad tiene que aprender a adaptarse indefinidamente a todo aquello que el resto de la sociedad decidió no hacer accesible.
Claro que nos adaptamos.
Lo hacemos todos los días.
Buscamos rutas alternativas, aprendemos técnicas, modificamos hábitos, utilizamos ayudas técnicas, resolvemos obstáculos y encontramos maneras distintas de hacer las cosas.
Pero nuestra capacidad de adaptación no debería convertirse en la excusa para que las barreras permanezcan.
No deberíamos tener que demostrar constantemente cuánto somos capaces de resolver frente a un mundo que pudo haberse diseñado de otra manera.
También entendemos que detrás de algunas de estas experiencias participan personas con discapacidad y organizaciones que han encontrado ahí una oportunidad laboral o una fuente de ingresos.
Y sería profundamente injusto ignorar algo que conocemos demasiado bien: para una persona con discapacidad, conseguir oportunidades de trabajo sigue siendo mucho más complicado de lo que debería.
No se trata de señalar a quien encontró una forma de vivir de su experiencia.
Pero sí podemos cuestionar el modelo.
Porque cuando la discapacidad se convierte únicamente en una experiencia que alguien compra para “sentir” durante algunos minutos, corremos el riesgo de transformar nuestra vida en espectáculo.
La discapacidad como simulación.
La discapacidad como disfraz.
La discapacidad como experiencia inmersiva.
La discapacidad como estrategia de responsabilidad social.
La discapacidad como limpiador de imagen.
Mientras tanto, la accesibilidad continúa esperando.
Nos preocupa especialmente que estas dinámicas sigan alimentando una idea que hemos intentado combatir durante décadas: que el problema somos nosotros y nuestros cuerpos.
Que superar un escalón es admirable.
Que atravesar una rampa mal construida representa esfuerzo y superación.
Que realizar cualquier actividad cotidiana teniendo una discapacidad merece convertirse en una historia extraordinaria.
No.
El logro no debería ser conseguir subir una rampa mal hecha.
La pregunta es por qué seguimos permitiendo que esté mal hecha.
La responsabilidad no puede recaer eternamente en que las personas con discapacidad aprendamos una estrategia más, desarrollemos una habilidad más o encontremos una nueva manera de sortear aquello que nunca debió convertirse en una barrera.
Quizá sensibilizar no debería consistir en simular nuestros cuerpos, sino en reconocer las barreras y escuchar nuestras experiencias.
En lugar de sentar a una persona sin discapacidad en una silla de ruedas durante veinte minutos, siéntala durante ese mismo tiempo frente a una persona con discapacidad… y escucha.
Pregúntale qué barreras encuentra.
¿Qué necesita?
¿Qué derechos siguen sin garantizarse?
¿Qué cosas ha tenido que aprender a resolver no porque su cuerpo se lo exija, sino porque el entorno nunca contempló su existencia?
Y, sobre todo, pregúntale qué tendría que cambiar.
Después escucha.
Porque las personas con discapacidad llevamos décadas explicando qué nos excluye.
No necesitamos que alguien juegue a ser nosotros para entenderlo.
Necesitamos que finalmente se entienda que el problema no está en nuestros cuerpos, sino en todas las barreras que siguen obligándonos a adaptarnos a un mundo que todavía se resiste a cambiar.
La discapacidad no es un disfraz que alguien pueda ponerse durante unos minutos y quitarse al terminar una dinámica.
Y la empatía tampoco aparece como ponerte un disfraz y es que jugar a la discapacidad también excluye.





