Opinión
América Latina y su acelerado avance… en exclusión
Fecha de publicación: 06/Julio/2026 | Autor: I Wheel Love U
Nos preocupa lo que está pasando en América Latina porque la exclusión no siempre llega con discursos de odio. A veces llega envuelta en promesas de eficiencia, austeridad o libertad. Llega cuando la accesibilidad desaparece de la agenda pública y cuando los derechos de las personas con discapacidad dejan de considerarse una prioridad.
No es un asunto de colores, partidos o ideologías. Es un asunto de prioridades. Y esto es algo sumamente alarmante que está sucediendo en América Latina.
Cuando un proyecto de gobierno deja de hablar de accesibilidad, de ajustes razonables, de participación y de eliminar las barreras que discapacitan a millones de personas, no está siendo neutral. Está decidiendo quién puede pertenecer y quién seguirá quedándose fuera.
Los derechos de las personas con discapacidad nunca han sido permanentes. Han sido conquistados. Cada reforma, cada política pública, cada espacio accesible y cada avance legal existen porque miles de personas resistieron durante décadas para demostrar que el problema nunca estuvo en nuestros cuerpos, sino en una sociedad que es parte de un sistema diseñado para excluir.
Por eso preocupa lo que empieza a ocurrir en distintos países de la región. Ya ocurre en El Salvador, en Ecuador, en Argentina, en Bolivia, en Estados Unidos y en Chile. Se debilitan instituciones, se disminuyen deliberadamente presupuestos, desaparecen políticas de accesibilidad y la discapacidad deja de ocupar un lugar en la conversación pública. Todo bajo discursos que hablan de eficiencia, austeridad o libertad y estos discursos y omisiones en temas de accesibilidad se repiten en presidentes recientemente electos en Colombia y Perú.
Y es que el verdadero cambio no está únicamente en los recortes.
Está en la forma de entender la discapacidad.
Después de décadas impulsando el modelo social —ese que reconoce que la discapacidad surge cuando una sociedad construye barreras físicas, sociales, culturales y actitudinales— volvemos a escuchar discursos que trasladan nuevamente el problema a las personas. Como si la exclusión fuera una consecuencia inevitable de nuestros cuerpos y no una decisión colectiva.
Y ahí es donde aparece el mayor riesgo.
Porque cuando una sociedad deja de invertir en accesibilidad, deja de garantizar derechos y vuelve a considerar que algunas vidas representan un costo antes que una responsabilidad, comienza a acercarse peligrosamente a ideas que creíamos superadas: aquellas que establecen qué vidas merecen ser protegidas y cuáles pueden quedarse al margen.
Lo que sucede en otros países no debería parecernos lejano. América Latina comparte narrativas, estrategias y modelos políticos. Los retrocesos rara vez se quedan dentro de una frontera.
México tampoco está exento. Seguimos teniendo enormes pendientes en materia de accesibilidad y derechos. La falta de presupuesto para vigilar su cumplimiento, la distancia entre las leyes y la realidad cotidiana, y la ausencia del tema en muchas decisiones públicas muestran que la exclusión sigue profundamente instalada, aunque a veces se disfrace de omisión.
No hace falta elegir un color político para defender los derechos humanos. Lo que hace falta es reconocer cuándo cualquier proyecto de poder deja de considerarnos parte de la sociedad y vuelve a tratarnos como un asunto secundario, prescindible o meramente asistencial.
No necesitamos que nadie nos incluya.
Necesitamos que dejen de construir sociedades que nos excluyen.
Porque la exclusión nunca ocurre por accidente. Se diseña cuando la accesibilidad deja de ser una prioridad, cuando los derechos se consideran un gasto y cuando algunas vidas dejan de importar en la agenda pública.
Hoy el riesgo no es únicamente que cambie un gobierno. El riesgo es que vuelva a ponerse de moda una forma de pensar que normaliza nuestra ausencia y presenta la exclusión como si fuera sentido común.
Por eso resistimos.
Porque sabemos que los derechos que dejan de defenderse son los primeros en desaparecer.
Y porque no estamos dispuestos a volver a un lugar del que nos tomó décadas salir.
La exclusión nunca empieza cuando nos quitan un derecho. Empieza mucho antes: cuando dejan de hablar de él.





