Opinión
Cuando la movilidad depende de quién te atienda
Una aerolínea con la que hemos viajado varias veces con la misma silla de ruedas nos dejó viajar de ida con la batería de mi silla y la retuvo al regreso. Después de denunciarlo públicamente, la mandaron en el siguiente vuelo. ¿Dónde estaban los protocolos antes de que el caso llegara a redes?
Fecha de publicación: 04/Noviembre/2026 | Autor: I Wheel Love U
Viajábamos con Aeroméxico y, entre una experiencia y otra, quedó claro que comprar un boleto no me garantizaba algo tan básico como poder seguir moviéndome al llegar.
Para quien nunca ha utilizado una silla de ruedas eléctrica, una batería puede parecer un accesorio. Para mí, es lo que permite que mi silla funcione y que yo decida hacia dónde moverme. Retenerla significa intervenir directamente en mi autonomía. El manejo de estos dispositivos tiene regulaciones, pero en México sigue quedando a interpretación de quienes estén en turno y hasta de su humor.
El problema empezó desde la ida. Me dejaron en el pasillo sin batería porque a Alex le aseguraron que el protocolo seguía siendo el mismo: retirar la batería, guardarla en cabina, regresar por mí para llevarme él mismo a mi asiento, regresar, desmontar la silla y entregarla. Pero una vez que subió a dejar la batería, no le permitieron bajar por mí, como lo hemos hecho en muchos otros vuelos nacionales e internacionales. Si ese procedimiento no podía realizarse ahí, solo insistían en que no podía bajar del avión, no podía sentarse, no podía NADA.
En cambio, ahí estaba yo: esperando a que distintas personas se pusieran de acuerdo sobre algo que afectaba mi cuerpo, mi seguridad y mi posibilidad de avanzar, pues me dejaron a unos pasos del avión, a medio pasillo, sin batería, y solo con el interés de la única persona a la que no dejaban acercarse.
Quienes viajamos con discapacidad sabemos cuánto trabajo hay detrás de cada viaje. Revisamos accesos, anticipamos traslados, llevamos información del equipo y explicamos una y otra vez cómo funciona.
Incluso impresas todas las regulaciones para manejo de baterías y dispositivos de asistencia para pcd. Aun así, al llegar al aeropuerto, podemos encontrarnos con una regla nueva. O, peor, con una interpretación nueva de una regla que creíamos haber aclarado.
De regreso, en el aeropuerto de Tijuana, la situación escaló. El personal de Aeroméxico quiso retener la silla. Al final, solo se quedaron con la batería y nosotros tuvimos que viajar sin ella.
Era la misma silla y la misma batería con las que la propia aerolínea nos había permitido hacer el trayecto de ida.
Mostramos información de IATA, la Asociación de Transporte Aéreo Internacional. Intentamos discutir las condiciones de transporte y entender cómo resolverlo. La respuesta que recibíamos se amparaba en los protocolos. Pero nosotros estábamos frente a una contradicción que nadie lograba resolver: lo que había sido aceptado al salir se convertía, al regresar, en un impedimento para viajar con mi equipo completo.
Por eso necesitamos personal capacitado y criterios consistentes. Si había una condición que cumplir, necesitábamos conocerla y poder resolverla antes de encontrarnos en el aeropuerto de regreso. La persona que usa la silla no debería cargar con las consecuencias de que distintas áreas de una misma empresa autoricen cosas diferentes.
No estábamos pidiendo que ignoraran la seguridad. Estábamos pidiendo una respuesta técnicamente sustentada, comprensible y acompañada de una solución que no me dejara sin movilidad.
Durante el vuelo hicimos público el caso. Se viralizó. Y entonces la batería que no nos habían permitido transportar fue enviada en el siguiente vuelo.
Agradecemos a quienes compartieron, exigieron respuestas y nos ayudaron. Pero que la batería finalmente llegara no borra lo ocurrido. Tampoco convierte lo vivido en una historia de buen servicio.
Hasta ese momento, nos habían dicho que seguían los protocolos. Después de la exposición pública apareció una solución. Eso merece una explicación: ¿bajo qué condiciones pudo viajar la batería en el siguiente vuelo?, ¿por qué esa alternativa no pudo gestionarse desde el principio?, ¿qué habría pasado si nuestra denuncia no hubiera tenido alcance?
No puedo afirmar qué motivó cada decisión ni si hubo mala intención. Sí puedo contar el efecto: incertidumbre, desgaste y una silla que, sin su batería, dejó de darme la autonomía para la que la necesito.
El contraste con el viaje que acabábamos de hacer por Estados Unidos fue duro. Veníamos de experimentar espacios donde la accesibilidad operaba como parte del servicio y donde había procedimientos que no teníamos que renegociar a cada paso. Eso no significa que allá no exista discriminación. Significa que habíamos podido vivir algo que aquí seguimos extrañando: mayor certeza.
Mientras tanto, en la Unión Europea se han alcanzado acuerdos para reforzar los derechos de pasajeros con discapacidad: proteger mejor sus equipos de movilidad, ofrecer reemplazos temporales y establecer compensaciones cuando una falla de asistencia les hace perder un vuelo. Incluso que la persona de asistencia viaje sin pagar boleto. Son avances cuya aplicación tiene su propio proceso, pero apuntan a algo fundamental: reconocer las consecuencias concretas de dejar a una persona sin los apoyos que necesita.
Aquí seguimos gastando energía (y dinero) en averiguar qué criterio nos tocará en el siguiente mostrador.
La falta de protocolos reales y unificados no significa necesariamente que no haya documentos. Significa que esos documentos no se traducen en una respuesta coherente entre reservaciones, personal de tierra, seguridad y tripulación. Un protocolo que cada persona interpreta de forma distinta deja de ofrecer certeza a quien necesita utilizarlo.
Necesitamos autorizaciones que puedan consultarse entre aeropuertos, información clara antes de viajar y personal que sepa manejar nuestros equipos. Necesitamos que, ante una dificultad, exista alguien con capacidad de resolverla y que la asistencia continúe mientras se encuentra una solución.
También necesitamos que nos escuchen. Conocemos nuestras sillas y sabemos lo que implica quedarnos sin ellas. Esa experiencia debe formar parte del procedimiento.
En IWheelLoveU decimos que somos creadores audiovisuales de profesión y activistas por necesidad y convicción. Esta vez, otra vez, la necesidad nos obligó a convertir un viaje en una denuncia.
No quiero tener que producir contenido cada vez que necesito que se respete mi movilidad. No quiero que la posibilidad de recuperar una batería dependa de cuántas personas compartan una publicación o que nos ayuden con unas llamadas a las personas correctas.
La batería llegó en el siguiente vuelo. La certeza de que no volverá a pasar sigue pendiente.
El derecho a viajar de manera segura y accesible no debería llegar en el siguiente vuelo.





