Opinión
Carmina Hernández: el arte de ser libre
Fecha de publicación: 07/Octubre/2026 | Autor: Carlos Ríos Espinosa
Carmina Hernández era una artista plástica que se nos fue el pasado 6 de octubre. La conocí cuando la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México organizó una audiencia pública con personas con discapacidad para que dieran cuenta de cómo era vivir con esa condición.
Recuerdo que me impresionó la manera en que se presentó: “Soy Carmina Hernández, una persona con discapacidad”. Entonces dio su testimonio sobre lo que para ella significaba vivir con parálisis cerebral. Pero el lenguaje de Carmina que realmente tocaba las fibras más secretas de su experiencia era la pintura.
Quisiera recordar aquí una de sus obras. Una pintura que Carmina realizó para apoyar a un grupo de personas con discapacidad que objetábamos una reserva que el gobierno de México había formulado a la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. La reserva sostenía, en esencia, que en algunas circunstancias otras personas podían decidir por una persona con discapacidad para proteger su “interés superior”.
La idea resultaba profundamente contradictoria con uno de los cambios fundamentales que proponía la Convención: reconocer plenamente la subjetividad de las personas con discapacidad —jurídica, política, corporal e íntima—. Reconocerlas como personas capaces de decidir sobre su propia vida, y no como objetos de protección sobre los cuales otros pueden decidir.
Muchas personas se manifestaron entonces contra la reserva y exigieron al gobierno mexicano retirarla para asumir plenamente el reconocimiento de los derechos de las personas con discapacidad.
Pero la cuestión no era inmediatamente evidente para el gran público. El lenguaje jurídico puede ser inaccesible y, algunas veces, extraordinariamente pobre para comunicar aquello que está verdaderamente en juego. Carmina decidió expresar esa misma idea de otra manera: mediante la pintura.
Para un acto público que realizamos en diciembre de 2007, pintó una manta que varias colegas nos ayudaron a colgar durante nuestra manifestación en el Senado.
La manta representa a dos personas en silla de ruedas haciendo el amor. Dos personas reconociéndose, encontrándose, definiéndose. Los cuerpos se entrelazan y sobre ellos aparece una nube rosada de la que surge una parvada de pájaros que parece levantar el vuelo desde los propios cuerpos.
Hegel pensaba que la pintura ocupaba un lugar singular entre las artes porque, aun partiendo de la corporalidad y del mundo visible, podía hacer aparecer en ellos la interioridad. A diferencia de la escultura, la pintura abandona la tridimensionalidad material del cuerpo y lo transforma en superficie, luz y color. Lo corporal se convierte así en expresión de una subjetividad.
La idea resulta particularmente sugerente frente a la pintura de Carmina. Sus cuerpos no responden al canon convencional de la belleza. Son cuerpos con discapacidad, cuerpos que afirman su diferencia y que, precisamente desde ella, reclaman su lugar en el deseo.
Muchas ideas capacitistas todavía excluyen a las personas con discapacidad de la celebración del cuerpo, de la sexualidad, del deseo y de la decisión de salir de uno mismo para encontrarse con otro, con otra. Algo de eso estaba también en el fondo de aquella reserva formulada por el gobierno mexicano: la sobreprotección, la negación del poder de decisión sobre uno mismo y sobre el propio cuerpo, la pretensión de que alguien más sabe mejor que nosotros qué constituye nuestro propio bien.
La tela que Carmina pintó para aquella ocasión expresa con una claridad extraordinaria la idea que tratábamos de defender: la necesidad de la libertad. La libertad de la mente y del cuerpo. La posibilidad de decir: este soy yo, este es mi cuerpo, y soy hermoso o hermosa. También tengo un lugar en la caricia y en el deseo.
Emmanuel Levinas escribió en Totalidad e infinito sobre la caricia como una búsqueda que no se apodera de aquello que busca. El deseo se alimenta, paradójicamente, de aquello que no puede poseer ni agotar en el otro. Hay algo de esa idea en los cuerpos que pintó Carmina: se tocan, se reconocen, se desean, pero ninguno desaparece en el otro. Son dos subjetividades que se encuentran.
Todavía perviven ideas autoritarias, muchas veces disfrazadas de un proteccionismo justificado en el supuesto interés de la persona con discapacidad, que niegan precisamente esa experiencia. Les niegan la posibilidad de decidir, de equivocarse, de amar, de desear y de ser deseadas.
Carmina Hernández supo plasmar en su pintura esa revolución de los cuerpos y de las mentes.
A veces las palabras, y especialmente las palabras del derecho, resultan insuficientes para expresar las verdades más profundas de la experiencia humana. El arte puede hacer visible aquello que el lenguaje no consigue nombrar. Y puede, también, ser profundamente revolucionario.
Eso Carmina lo entendió muy bien. La vamos a extrañar.





