Opinión
Memorias, objetos y resistencia desde la locura
Fecha de publicación: 10/Octubre/2026 | Autor: Estudios Locos México
Cada 10 de octubre, el Día Mundial de la Salud Mental se llena de palabras conocidas: prevención, bienestar, autocuidado, concientización; durante unos días abundarán las campañas y los discursos sobre la importancia de cuidar nuestra salud mental, después, la conversación pierde fuerza y todo continúa casi como antes… Sí, me refiero a la indiferencia social, institucional e individual que persiste cuando termina la conmemoración.
Las desigualdades permanecen, el estigma persiste y muchas personas seguimos enfrentándonos a instituciones y prácticas que, en nombre de nuestro bienestar, pueden vulnerar nuestros derechos.
Me pregunto si el problema es realmente la falta de discursos sobre salud mental, sobre discapacidad, de armonización legislativa, de procedimientos que respeten nuestra integridad o de opciones para recibir atención; o bien, si tiene que ver con la facilidad con la que hablamos de salud mental sin cuestionar quién define sus límites, quién decide qué es normal y qué no, quién interpreta nuestras experiencias y quién tiene la última palabra sobre nuestras vidas.
Para quienes nos hemos nombrado locas, loques y locos, o hemos vivido experiencias vinculadas con la psiquiatría, el diagnóstico, la medicación, el encierro y la exclusión, la salud mental no siempre es una expresión neutral y benevolente. En ella también se disputan significados, decisiones, cuerpos y relaciones de poder, bajo la promesa del cuidado podemos encontrar acompañamiento, pero también control; bajo la justificación de la protección, la imposición; bajo el argumento de la atención, la negación de nuestra capacidad para decidir.
Y no hablo de posibilidades abstractas, al día de hoy, siguen existiendo protocolos de atención que describen procedimientos de sujeción física y formas de inmovilizar nuestros cuerpos. Un ejemplo sigue siendo la Guía operativa para el manejo integral de urgencias en salud mental: Código Morado, publicada por la Dirección Normativa de Salud del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE) en octubre de 2021, que por supuesto sigue vigente, y describe procedimientos violatorios de derechos, de restricción física y farmacológica para la atención de urgencias en salud mental.
En la página 20 de este importante documento, se indica cómo sujetar las extremidades a la cama, contempla posiciones específicas para restringir los brazos y señala que, si se requiere una sujeción adicional, puede colocarse una sábana alrededor del tórax. En la página 17, además, incluye entre los insumos previstos para el procedimiento materiales como vendas de algodón, algodón plisado, huata y cinta adhesiva, y sabemos que cuando no existen estos insumos, se improvisa, con correas, lazos, cadenas, por ejemplo, parece ciencia ficción, pero no lo es, lo hemos vivido.
El documento describe el procedimiento, pero ¿dónde queda nuestra experiencia de estar ahí, de sentir las restricciones sobre nuestros cuerpos, de no poder movernos o decidir qué sucede con nosotras y nosotros?
Los protocolos, reglamentos y procedimientos no existen en el vacío, se aplican sobre cuerpos concretos, en momentos de vulnerabilidad y dentro de relaciones profundamente desiguales de poder. Por eso, su existencia y aplicación deben examinarse desde el enfoque de derechos humanos, especialmente cuando las prácticas descritas entran en tensión evidente con los principios de dignidad, autonomía e integridad personal.
Y aquí, lo que me resulta apremiante es la deslegitimación de nuestra experiencia.
Estos procedimientos pueden justificarse como medidas para ponernos a salvo; sin embargo, quienes los hemos vivido no necesariamente los recordamos como actos de salvación. Los recordamos con horror, nuestros cuerpos conservan otras memorias: como la sensación de las vendas en los brazos y las muñecas, la inmovilización de las piernas, el sometimiento, la imposibilidad de decidir qué ocurría con nuestro propio cuerpo, voces alrededor hablando de nosotras, sobre nosotras y sin nosotras…
Hay recuerdos que no desaparecen cuando termina un procedimiento, permanecen en la piel, en los movimientos, en las noches, en el frío, y aun duele, ¿por qué sigue doliendo?… Y mientras las instituciones pueden registrar una intervención como una medida de protección, nosotras podemos recordarla como una experiencia de violencia, miedo y pérdida de sí.
Lo que las instituciones dicen que hicieron para salvarnos no siempre coincide con lo que recordamos haber vivido.
Es precisamente ahí donde necesitamos detenernos y preguntarnos por qué una versión institucional suele tener mayor autoridad que la memoria de quienes estuvimos ahí. ¿Por qué el documento que describe cómo inmovilizar un cuerpo puede adquirir legitimidad administrativa y práctica, mientras que la experiencia de ese cuerpo sometido corre el riesgo de ser considerada una interpretación subjetiva, una exageración o una consecuencia de su diagnóstico?
No podemos hablar de bienestar ignorando a quienes hemos vivido prácticas coercitivas, internamientos involuntarios, discriminación o decisiones tomadas sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas sin nuestro consentimiento, insistimos: no necesariamente recordamos que alguien nos haya salvado... ¡Ojalá!
También recuerdo las veces que expresamos que no queríamos continuar con determinados medicamentos, que no podíamos soportar sus efectos secundarios, que necesitábamos conocer otras opciones; ¿qué ocurrió con nuestras palabras?… En ocasiones, simplemente fueron ignoradas.
Hay otra forma de violencia que ocurre cuando hablamos y no se nos toma en serio; cuando se nos escucha, pero alguien más conserva el poder de explicar lo que quisimos decir, cuando decimos que algo nos hace daño y nuestra palabra pierde valor porque existe una etiqueta diagnóstica que parece explicar, de antemano, todo lo que sentimos, pensamos o denunciamos.
También me pregunto qué lugar ocupa el consentimiento previo, libre e informado en estas experiencias, y de accesibilidad, mejor ni hablamos.
Ley General de Salud, Capítulo VII, Artículo 74 Ter. Fracción III. Derecho al consentimiento informado de la persona con relación al tratamiento a recibir;
¿Cuándo nos explicaron lo que harían con nuestros cuerpos?, ¿qué información recibimos sobre los riesgos, los efectos adversos y las alternativas disponibles?, ¿qué posibilidades reales tuvimos de aceptar, rechazar o cuestionar las decisiones que se tomaban sobre nosotras y nosotros?
No son preguntas retóricas, son preguntas sobre nuestros derechos y sobre las responsabilidades de quienes intervienen en nuestras vidas.
En la página 17 de la guía del ISSSTE, dentro del apartado de estrategias farmacológicas, se afirma:
En pacientes cooperadores se prefieren los medicamentos orales, ya que son menos invasivos y traumáticos. Para los pacientes menos cooperadores y más agitados, a menudo se usan agentes parenterales.
¿Menos invasivos y traumáticos?
Me detengo en esas palabras porque no puedo leerlas como si fueran términos técnicos desprovistos de consecuencias, nos provocan una risa amarga, un nudo en la garganta, un vacío en el estómago, nos devuelven a ese recuerdo del dolor que no pudimos gritar, de los cuerpos sobremedicados, de las palabras que intentamos pronunciar y que quedaron atrapadas entre el aturdimiento, la impotencia y la imposibilidad de ser escuchados… (Respira)… ¿Menos traumáticos para quién?, ¿desde qué perspectiva se define el carácter invasivo de una intervención?, ¿qué sucede cuando la experiencia de quien recibe la medicación contradice la descripción institucional?
Después de nueve años de haber dejado la medicación, todavía me pregunto por qué mi cuerpo conserva recuerdos tan difíciles de explicar, algunas veces experimento una necesidad apremiante de consumir aquellas sobredosis que me administraron, incluso cuando me encuentro “bien”. Mis piernas todavía tiemblan al caminar y continúo experimentando efectos relacionados con los medicamentos que recibí y cuyos riesgos, según mi experiencia, no me fueron informados adecuadamente. En aquel momento, algunos de mis malestares fueron atribuidos a mi imaginación (aún ahora).
No presentamos estas experiencias como una explicación universal ni pretendemos establecer una relación médica definitiva entre cada síntoma y todos los psicofármacos, hablamos desde las memorias y desde las preguntas que siguen abiertas en el cuerpo.
Lo que cuestiono es que mi experiencia haya sido desestimada, que mis malestares hayan podido ser minimizados y que todavía tenga que preguntarme qué información debí recibir y qué decisiones pude haber tomado si hubiera contado con ella.
Sí, lo recordamos diferente.
Durante mucho tiempo, otras personas han descrito nuestras conductas, interpretado nuestras emociones y establecido explicaciones sobre nuestras vidas. Nosotras aparecemos en esos relatos, pero no siempre tenemos el mismo poder para decidir qué significan, o decidir si queremos o no estar en esos relatos.
Con frecuencia, contamos lo que vivimos, pero alguien más explica qué significa, y le aplauden. Hablamos del encierro, la coerción, el miedo o la pérdida de autonomía, y nuestras palabras pueden quedar subordinadas a una interpretación clínica. Porque, en el fondo, todavía opera la duda: ¿qué valor puede tener lo que dice una loca o un loco?
Ojalá nuestras experiencias dejen de ser consideradas simples testimonios que ilustran las teorías de otras personas, no solamente sabemos lo que nos ocurrió: también podemos reflexionar sobre ello, identificar relaciones de poder y construir interpretaciones propias, desde nuestras múltiples formas de expresión, que en muchas ocasiones desbordan el lenguaje cuerdo.
Pero estamos.
Me resisto a la idea de que la única historia válida sea aquella que cuenta con la autorización de una persona experta. ¿Y dónde quedan las cosas que me quitaron cuando ingresé al hospital?, ¿dónde quedan esos objetos que, para cualquier otra persona, quizá carecían de valor, pero que para mí significaban tanto?
No hablo de dinero, hablo de las pulseras que llevaba conmigo, esas que costaban poco, pero guardaban algo que no podía comprarse, las cortaron deliberadamente con unas tijeras cuando ingresé, ¿Qué significaban para quienes las cortaron? ¿Se detuvieron a pensar que no estaban cortando únicamente unas pulseras, sino algo que tenía un lugar en mi historia? Hablo también de mi cartera, donde guardaba las fotografías de mi familia; pequeñas imágenes que podía mirar para sentirlos cerca, y de mi compañero animal, a quien podía ver de vez en cuando para sentirme mejor, para recordar que existía un vínculo esperándome, y que quizá el mundo todavía podía ser un lugar más amable.
¿Dónde queda todo eso en los expedientes clínicos?, ¿con qué categoría se documenta la pérdida de esos pequeños vínculos con la vida que, en medio del encierro, nos permiten seguir encontrándole algún sentido?
Nos aterra que el manicomio siga vigente.
Eso también forma parte de mi historia, aunque no aparezca en un diagnóstico, aunque no se registre en una nota médica, aunque ninguna persona experta lo considere relevante.
No quiero que mi historia se cuente únicamente desde lo que hicieron conmigo, también quiero contar lo que me quitaron, lo que intentaba conservar y aquello que me ayudaba a recordar que mi vida no comenzaba ni terminaba en un hospital.
Y esas cosas también merecen ser recordadas.
No existe una sola historia de la locura, nuestras experiencias son distintas y no tenemos la obligación de convertirlas en una narrativa común, pero cuando decidimos hablar, quiero que nuestras palabras sean tomadas en serio; que una denuncia no se reduzca a la emoción de quien la expresa, a una supuesta exageración. Por cierto, ¿y los mecanismos de denuncia por violencia psiquiátrica? Ni hablar, ojalá hicieran una campaña para saber qué hacer si me violenta la psiquiatría, o de las implicaciones del consumo de psicofármacos, así como hacen con el miedo que muchas veces se siembra respecto al consumo de sustancias psicoactivas.
En el Día Mundial de la Salud Mental, me pregunto qué significa hablar de cuidado si no estamos dispuestos a escuchar a quienes hemos vivido sus consecuencias.
Este año, el lema del Día Mundial de la Salud Mental nos invita a: “Escuchemos a las personas con experiencia vivida: voces reales, cambio real”.
La consigna resulta, cuando menos, irónica en este contexto.
¿Escucharnos?, ¿ahora sí?, ¿también cuando denunciamos que nos sujetaron a una cama, cuando decimos que no queríamos determinados medicamentos, cuando hablamos de los efectos que seguimos experimentando años después o cuando cuestionamos las prácticas de las instituciones que aseguran cuidarnos?
¿Qué significa prometer un cambio real si no estamos dispuestos a revisar las prácticas que han producido sufrimiento, las decisiones que han ignorado nuestra voluntad y las relaciones de poder que todavía determinan quién puede interpretar nuestras experiencias?
Escucharnos no puede reducirse a reunir testimonios conmovedores para después continuar haciendo las mismas cosas, si nuestras voces son reales, también lo son nuestras denuncias, ¿Escucharán eso?
Hacer memoria no repara por sí sola las violencias ni transforma automáticamente las instituciones, pero puede cuestionar sus versiones y mostrar que aquello que se presenta como una intervención necesaria.
No quiero que nuestras historias sean escuchadas únicamente porque conmueven.
Reivindicar nuestras memorias es disputar el poder de nombrar, cuestionar quién ha tenido el privilegio de explicar nuestras vidas y quiénes hemos tenido que vivir con las consecuencias de esas explicaciones, es negarnos a aceptar que nuestra palabra valga menos por provenir de una experiencia que otras personas han definido como enfermedad mental.
Y me quedan estas preguntas: ¿qué conocimientos hemos dejado fuera porque quienes los producen han sido considerados incapaces de interpretar su propia vida?, ¿qué cambia cuando dejamos de ser objetos de una historia y comenzamos a escribirla desde nuestras propias experiencias?, ¿qué sucede cuando lo que recordamos contradice lo que las instituciones dicen que hicieron por nuestro bien?
¿Estamos realmente en disposición a escuchar nuestras voces o solamente a escucharlas cuando no cuestionan aquello que ya creemos saber?…





