Opinión
Feliz día de las infancias
Fecha de publicación: 27/Abril/2026 | Autor: Estudios Locos México
Había una vez… un niño que sabía que el mundo estaba por acabarse.
No lo sabía como lo saben los adultos, con noticias o cifras, más bien lo percibía, lo sentía en el cuerpo. Desde días antes, cuando todavía todo parecía normal, él veía grietas, no en las paredes, ni en las personas, ni en los ojos de su madre, ni en los gritos de los vecinos, tampoco en la forma en que la gente dejaba de mirarse a la cara, y bajaba o desviaba la vista para no incomodar o incomodarse con el mundo. Más bien en el cielo, se caían pedazos de cielo.
El mundo no empezó a acabarse con el fuego, como se nos hizo creer a través de formatos apocalípticos que intentaban imaginar un final.
Primero fueron sirenas lejanas, luego explosiones, luego ese silencio raro que solo existe cuando algo se rompe… definitivamente. Después, el caos, y la gente corriendo, empujándose, saqueando, llorando, rezando, mirándose entre sí, volviendo a mirarse, para ratificar lo visto, las cosas que nunca habían creído, podrían ocurrir. El aire se volvió pesado, negro, espeso. Como si el cielo estuviera enfermo.
Él lo miraba todo desde la esquina de la calle, con las manos apretadas, las marcas de sus uñas en las palmas, comenzaron a arder.
No eran nuevas, nunca lo habían sido. Desde pequeño habían aparecido en su piel como líneas torcidas, como cicatrices que nadie recordaba haberle hecho. A veces palpitaban cuando tenía miedo, otras cuando lloraba en silencio. Pero ese día… ese día ardían. Como si algo dentro de él despertara y naciera al mismo tiempo que el mundo moría.
—Ya empezó… —murmuró.
No hubo sorpresa, solo cansancio. Entonces entendió.
No iba a salvar al mundo, eso era imposible ¿salvarlo de qué? si el mundo ya estaba roto desde antes. Pero sí podía hacer algo más pequeño, más inútil para los grandes, pero enorme e importante para él, podía salvar a quienes amaba.
Su familia, sus amigxs, la niña que le gustaba, su mascota. Eso bastaba y sabía cómo.
Levantó las manos.
El líquido negro comenzó a brotar lentamente de sus dedos, espeso, oscuro, como si estuviera hecho de todo lo que había tenido que callar siempre. Él lo llamaba oscuridad, pero no era solo eso, también era miedo, era rabia, era tristeza, era todo lo que nunca había podido decir en voz alta, ¡porque los adultxs no escuchan! Cortes, heridas, soledad, palabras y escenas ahogadas, que ahogaban.
Dolía.
Como un golpe, como una herida, dolía desde dentro, como si algo lo estuviera desgarrando y arrancando de a poco. Como si cada gota fuera un recuerdo…
La oscuridad comenzó a expandirse, formando un domo alrededor de quienes estaban cerca. Primero pequeño, tembloroso, claroscuro, luego más firme, más grande, más resistente. Los pedazos de cielo chocaban contra él, las explosiones lo hacían vibrar, pero seguía ahí.
—¡Vengan! —gritó con todas sus fuerzas— ¡Aquí! ¡Rápido!
Su voz se rompía, pero insistía.
Uno a uno comenzaron a entrar: Su madre, temblando, sus compañerxs, confundidos. La niña que le gustaba, con los ojos llenos de lágrimas. Nadie preguntó cómo, nadie entendía, solo corrían, solo sobre-vivían.
Y él… sonreía.
—Todo va a estar bien —decía, aunque cada palabra le costaba respirar—. Todo va a estar… bien.
Mentía, lo sabía, pero era una mentira necesaria. Porque lo que estaba haciendo tenía una condición, el domo no podía sostenerse desde dentro. Alguien tenía que quedarse afuera.
Alguien tenía que absorber el impacto, cargar con el dolor, convertirse en el muro invisible que nadie ve pero que evita que todo se derrumbe.
Y ese alguien… era él.
El líquido oscuro comenzaba a escasear. Sus manos temblaban, sus piernas apenas lo sostenían. El calor ya no era solo alrededor: lo estaba alcanzando y la piel empezaba a arder, a abrirse, a desprenderse lentamente.
Cayó de rodillas.
El mundo rugía.
Dentro del domo, las personas se abrazaban, lloraban, agradecían estar vivas, y se prometían cosas, decían nombres y se sostenían entre sí como nunca antes.
Pero nadie miraba hacia afuera, nadie lo veía.
Y por un instante —solo un instante— él lo deseó:
Deseó que alguien volteara, que alguien dijera su nombre, que alguien entendiera. Pero no pasó.
El dolor ya era insoportable. El líquido oscuro salía en las últimas gotas, cada vez más espaciadas, su respiración se quebraba y su cuerpo ya no respondía.
Entonces, cerró los ojos.
Y en ese último momento, no pensó en el mundo, ni en el fuego, ni en el cielo caer, ni en el miedo. Pensó en algo pequeño pero importante para él: en una tarde cualquiera, en una risa compartida, en la forma en que la niña lo miró una vez…
En la idea —mínima, frágil— de que tal vez… había valido la pena sus 10 años de vida.
Exhaló.
El domo se selló por completo, el fuego lo alcanzó, su piel se desprendió, su cuerpo se consumió, la oscuridad dejó de fluir. Y en medio de ese final, hubo solo un silencio que nadie escuchó. Dentro, la vida continuó, afuera, él desapareció.
Nadie habló de él, nadie supo lo que hizo, nadie lo extrañó.
Pero en ese último segundo, mientras todo se deshacía, él sonrió. Porque incluso en la soledad, incluso en el dolor, incluso sin ser visto… había logrado sostener a alguien.
Y con eso, para él, fue suficiente.
Está narración puede ser la de cualquier niño o niña, infancia, pero…
De acuerdo con datos del registro de defunciones del Instituto Nacional de Estadística y Geografía entre 2018 y 2022 se registraron 3 mil 478 muertes por suicidio en niñas, niños y adolescentes. En 2020 fue cuando más ocurrieron, el pico de la pandemia por COVID-19, con 769 casos; conforme descendieron los efectos de la pandemia, en 2022 hubo 704. La mayoría se suicidó con ahorcamiento y sobreingesta de medicamentos.
Nos gustaría saber/imaginar que este escrito particularmente pudiera ser leído por infancias, aquellas que muchas veces han sido olvidadas o desplazadas, por esas lógicas que muchas veces nos golpearon de una u otra manera, para que sintieran por un momento que alguien o algo les acompaña.
Lamentablemente sabemos que muchos de estos escritos son leídos por adultxs, en ese sentido también nos gustaría que pudieran leerlos desde eso otro más profundo.
Este escrito también particularmente duele, porque aparte de ser niñx, esas otras cosas que difícilmente pueden colocarse desde una perspectiva que dé cuenta sobre situaciones que se ven atravesadas por la interpretación de un mundo que muchas veces es hostil, pero que en esa misma dinámica se ven implicados quizás los que menos tengan que sufrir.
Ser niñx, vivir con alguna discapacidad, psicosocial o la que pudieran ustedes imaginarse, nos lleva a sentir dolor… y ya. Este escrito termina así.
La entidad con mayor cantidad de víctimas de violencia familiar, física y abandono y negligencia contra la niñez y la adolescencia durante 2024 (Salud, 2025) se refiere al Estado de México.
Más de una de cada tres niñas, niños y adolescentes en el país vivía en situación de pobreza (INEGI, 2025)
Una de cada seis presentaba carencias por acceso a una alimentación nutritiva y de calidad (INEGI, 2025)
Una de cada 10 presentaba rezago educativo (INEGI, 2025).
El suicidio es una problemática que debe visibilizarse con el objetivo de ser prevenida. La Encuesta Nacional de Salud (ENSANUT) reveló que, durante 2020, mil 150 niñas, niños o adolescentes en México decidieron suicidarse, es decir, un promedio de tres casos por día, casi el triple que los registrados por COVID-19, que ascendieron a 392 casos durante el mismo periodo. (Gobierno de México).
En 2024 se registraron 727 muertes por suicidio entre personas de 10 a 17 años, (Red por los Derechos de la Infancia en México -REDIM), infancias intentando salvar – salvarse, aunque el mundo continuara igual…





