Opinión
Vidas otras que acompañan
Fecha de publicación: 27/Mayo/2026 | Autor: Estudios Locos México
Brrr… brr… brrrr…
Siento su boquita en mi cabello.
Había dormido dos horas, o eso creo, no sé en qué momento me perdí, pude haber dormido más tiempo, quizá días, como lo he hecho. El tiempo, cuando mi cuerpo se hunde, deja de tener bordes claros, y comienza a tener desbordes… ¿Qué hora es?, ¿qué día es hoy?, ¿quién soy?, ¿qué vida es esta?…
Su patita toca mi cabeza… Brr… brrr…
Sí Soren, ya voy, ahorita despierto… sólo un poco más.
El eco me encierra, los sonidos se alejan, hay un peso es-peso que aplasta mi energía y vuelve difícil que permanezca consciente demasiado tiempo. Me vuelvo a perder y cierro otra vez los ojos, entonces ella dice miau… miau… quedito, como si quisiera no despertarme y al mismo tiempo, supiera que necesita hacerlo. Como si percibiera algo que las palabras humanas no alcanzan a nombrar.
A veces se queda dormida a mi lado, pero en estas ocasiones, en las que no puedo nada, de verdad nada, parece darse cuenta de todo, en su diferencia, se percata, no desde el lenguaje clínico, no desde diagnósticos ni protocolos, ni intervenciones, o códigos morados, sino desde otra forma de presencia, una presencia mínima, corporal, insistente, una manera otra, de una vida otra, de leer el dolor.
Es extraño, pero así vivimos, así nos conectamos.
Comemos al mismo tiempo, le preparo su comida y se pone alegre, yo también intento comer algo. Ella me mira mientras mastica, come… como… co-existimos en una rutina diminuta que, nos s.o.s.tiene la mañana. A veces pienso que hay algo profundamente político en esos actos microscópicos con otras vidas, como levantarse y llenar un plato, cambiar el agua, abrir una ventana para que entre el sol.
Animal, de ánima.
Eso han sido las vidas que se han cruzado en mi camino, o yo estrepitosamente y sin que me lo pidieran, en el suyo… ánimas, presencias que animan. Formas de vida que permanecen ahí cuando lo humano parece que se deshace, se me derrite, se derrumba.
Mi pequeño cactus en la ventana llamado “Bolita”, porque llegó a mi casa siendo una Bolita, luego creció, pero su nombre es “Bolita”. Las respiraciones suaves de mi gatita mientras duerme, las cabecitas de mis tortugas moviéndose cuando les daba una pequeña oblea de pescado, sus sonidos mínimos, sus rituales diminutos, estirarse en una piedra al sol, y esas maneras silenciosas de decir… sigo aquí.
En esta ocasión hablamos de lo loco que es compartir vida con una vida muy otra, muy no-humana, y sentir un montón por ello, sentir mucho por esa vida no humana que nos devuelve precisamente a lo humano. O tal vez habría que preguntarnos si nunca fuimos tan humanos como creemos, si la idea de “lo humano” ha sido construida desde una arrogancia que olvida nuestra vulnerabilidad, afectiva, corporal y vital. Según la Agencia de Atención Animal, existen más de 300 mil registros de perros y gatos como animales de compañía en la Ciudad de México. Pero quizá habría que invertir la pregunta institucional y administrativa, (eso nos requetencanta hacer aquí) y quedaría: ¿quién acompaña a quién?
Esas vidas no humanas que no nos salvaron de manera romántica ni milagrosa, en ocasiones, cuando nuestra propia existencia parecía suspendida o desdibujada, sus pequeñas vidas dibujaron un hilo tenue cuerpo-mundo.
Tenía un imán con los ojitos de mi perrito, yo me movía y él se movía conmigo, le gustaba cuando le daba de comer, a mí me gustaban sus colores, sus gestos, la forma en que andaba por ahí.
El calor de mi gatita mientras dormía me mantenía no-sola, y como dicen muchas personas, “es difícil explicarlo”, sí, es difícil explicarlo, pero me mantenía aquí, no completamente atrapada en la abrumadora ventana del abismo de mis pensamientos, o tal vez sí, pero también con ella, y ese “también” importa… importa mucho.
A veces sobrevivir, (sobrevivir a no poder despertar, al caos mental y al mundo, a las violencias constantes, a la información abrumadora del entorno y a su falta de gentileza, a los problemas cotidianos, al dolor que hace eco en el cuerpo), no ocurrió a partir de enormes acontecimientos ni de grandes tratamientos, sino desde esas coexistencias diminutas, como un cuerpecito respirando cerca, una planta en forma de bolita que necesita agua, unos ojos que buscan.
Hay algo profundamente desmanicomializante en esas relaciones, en parte, porque apartan la idea de que el cuidado hacia una persona loca solo puede venir de otra persona (sana y cuerda por supuesto, diantres qué mito) y únicamente desde dispositivos (violencias) terapéuticos, diagnósticos o instituciones psiquiátricas, sobre todo porque cuestionan la noción de que las personas con discapacidad psicosocial únicamente podemos ocupar el lugar de quienes reciben cuidado, y aquí queremos el derecho a cuidar, queremos seguir cuidando a Bolita y a otras vidas no humanas, tal vez.
Ahora bien, no creemos que todas las personas con discapacidad psicosocial deban vivir con vidas no humanas. Eso sería bastante peligroso, porque implicaría convertir estas coexistencias en nuevas prescripciones médicas, estandarizadas, otra vez, pero sí pensamos que contemplar, cuidar o establecer un vínculo con vidas no humanas, es una forma de encontrarse con lo otro, de hacer tierra, de tocar suelo, de sentir que existe algo ahí que respira, crece, se mueve y permanece, en un mundo donde violencias producen desconexiones, o conexiones intensas, con una misma y con el entorno.
Clarita y Pepina, las tortugas, nunca me preguntaron qué diagnóstico psiquiátrico me habían asignado, nunca pareció ser de su interés, sólo se acercaban, comían su oblea y respiraban.
Y creo que en ese silencio existe una forma muy otra, muy loca, de sobrevivir…





