Opinión
La cantidad de veces que sea necesario
Fecha de publicación: 29/Mayo/2026 | Autor: Diana Velarde
En mayo conmemoramos el Día del Trabajo y también el Global Accessibility Awareness Day (GAAD), una fecha que pone sobre la mesa la importancia de la accesibilidad, particularmente en el mundo digital y tecnológico. Pero en este contexto de conversaciones sobre accesibilidad y trabajo, hay una pregunta de la que todavía hablamos muy poco: ¿qué tan segura se siente una persona con discapacidad para revelar su discapacidad y hablar de sus necesidades en su espacio de trabajo?
En mi caso, esta es una temática constante. Mis discapacidades no siempre son evidentes a primera vista y, aunque he hecho full disclosure de mi discapacidad en mi entorno laboral (además de contar con ajustes razonables), la naturaleza de mi trabajo implica conocer personas nuevas todo el tiempo. Nuevos equipos, proyectos, espacios y dinámicas. En entornos virtuales, algunas necesidades pueden pasar más desapercibidas, pero cuando la interacción se mueve a lo presencial, vuelve la pregunta sobre qué revelar, cuándo hacerlo y cómo hacerlo. Incluso dentro de espacios donde hablar de discapacidad se siente seguro, el dilema sobre cuándo revelar y cómo hacerlo muchas veces persiste. Por otro lado, para muchas personas con discapacidad, ni siquiera existen todavía esos espacios seguros.
Un estudio realizado por una firma global de consultoría reveló que 76% de las personas con discapacidad no revelan completamente su discapacidad en el trabajo, porcentaje que aumenta a cerca de 80% en puestos directivos. Desde que vi esas cifras hace algunos años, me han impactado. Porque hablan de un miedo sistémico que todavía existe alrededor de decir “tengo una discapacidad” en un entorno laboral.
Durante las conversaciones alrededor del GAAD vi muchas discusiones sobre accesibilidad, tecnología y ajustes que necesitamos las personas con discapacidad para participar plenamente en distintos espacios, incluido el laboral. Pero siento que muchas veces dejamos fuera una parte fundamental de la conversación: para acceder a muchos ajustes razonables, primero hay que revelar una condición, explicar necesidades y, muchas veces, justificar por qué se requiere apoyo. Y ahí vuelve a aparecer el mismo dilema para muchas personas con discapacidad.
A veces me han preguntado: “¿Pero miedo a qué?”. A ser percibidas como menos capaces. A perder oportunidades de crecimiento. A ser tratadas con condescendencia. A que, después de revelar una discapacidad, una entrevista, un proyecto o una oportunidad, algo cambie… y no para bien.
Por eso, aunque las medidas de accesibilidad son fundamentales, no son suficientes por sí solas. Un lugar de trabajo puede contar con plataformas accesibles, políticas y protocolos, y aun así no crear confianza automáticamente ni garantizar que alguien se sienta seguro de decir: “Necesito este ajuste para poder desempeñar mi trabajo en igualdad de condiciones”.
Considero que esto evidencia algo importante: cuando las personas prefieren ocultar su discapacidad antes que pedir apoyo o los ajustes razonables que necesitan para participar plenamente en su trabajo, todavía hay algo en nuestros espacios y conversaciones que sigue haciendo que hablar de discapacidad se sienta difícil.
La accesibilidad no solo depende de plataformas o políticas. También requiere espacios seguros y seguridad psicológica para que las personas con discapacidad puedan hablar de sus necesidades sin temor a las consecuencias.
Los ajustes razonables no deberían sentirse como riesgos profesionales. Son un derecho. Pero un derecho que no puede solicitarse con seguridad termina siendo inalcanzable para muchas personas.
Para mí, la verdadera inclusión laboral no se mide por cuántas personas con discapacidad son contratadas, sino por cuántas sienten que pueden decir quiénes son y qué necesitan… la cantidad de veces que sea necesario… y a quién sea necesario.





