Opinión
Historias para este 12 de septiembre
Fecha de publicación: 10/Septiembre/2026 | Autor: Diana Velarde
Se acerca el 12 de septiembre y, hace unos días, al mencionar que para mí era una fecha relevante, volvieron a aparecer dos preguntas que he escuchado varias veces en estos años. La primera: ¿qué se conmemora el 12 de septiembre? Y al explicar qué es el Día Nacional de las Mujeres con Discapacidad: ¿y por qué necesitan un día específico?
Este año se cumplen seis años de la primera conmemoración de esta fecha en México. Podría responder con cifras sobre violencia, empleo, educación, salud, cuidados, acceso a la justicia o derechos sexuales y reproductivos. La evidencia sobre las desigualdades que enfrentamos existe y es contundente. Pero en esta columna no busco justificar por qué necesitamos un 12 de septiembre.
Un tema que desde Mexicanas con Discapacidad hemos abordado anteriormente en torno a esta fecha es la importancia de que nuestras voces sean escuchadas y nuestras historias sean contadas. No para demostrar que las desigualdades existen, justificar nuestros derechos o validar nuestra existencia. Las mujeres con discapacidad no tenemos que contar nuestras vidas para demostrar que existimos ni que tenemos derechos. En esta columna quiero hablar de por qué queremos contar nuestras historias y por qué importa que sean escuchadas.
En estos años hemos conocido muchas historias. La de Michelle, quien adquirió una discapacidad como consecuencia de la violencia ejercida por su expareja; la de Sary, a quien le negaron el acceso a un establecimiento por estar acompañada de su perro guía; y muchas otras sobre maternidad, sexualidad, educación, empleo, autonomía o cuidados y apoyos.
En México somos alrededor de 11 millones de mujeres que vivimos con alguna discapacidad o limitación. En este contexto se encuentran las cifras abrumadoras que permiten dimensionar las desigualdades que enfrentamos, pero difícilmente explican cómo se viven. Las historias nos acercan a esas experiencias y a la forma en que distintas barreras pueden atravesar una misma vida.
Pero hay algo más. He vivido con discapacidad prácticamente toda mi vida y mis primeros acercamientos a otras personas con discapacidad fueron con quienes compartían experiencias similares a la mía: baja visión, retinosis pigmentaria o síndrome de Usher. Cuando me uní a Mexicanas con Discapacidad, empecé a conectar con mujeres con discapacidades muy distintas a la mía. Escuchar sus historias también cambió la perspectiva que tenía sobre algunas de mis propias experiencias.
Escuché a mujeres hablar de relaciones de pareja en las que alguien les hacía sentir que les estaba haciendo un favor por estar con ellas. También de ese esfuerzo constante por demostrar en el trabajo que somos suficientes, que somos capaces, como si ser mujer con discapacidad significara que tenemos que probar un poco más que los demás. Y me identifiqué. Experiencias que durante años había pensado que simplemente eran cosas que me habían pasado a mí empezaron a tener un nombre. Entendí que algunas no eran solamente individuales: tenían raíces en desigualdades que otras mujeres con discapacidad también habían vivido.
Eso también hacen las historias: nos ayudan a ponerle nombre a nuestras experiencias, reconocernos en otra mujer y construir comunidad. También permiten que quienes no viven estas realidades se acerquen a ellas. Las historias también ayudan a identificar aquello que todavía necesitamos transformar. Porque las barreras y los retos vienen en muchas formas y sabores y, por lo tanto, garantizar nuestros derechos no se resolverá solamente con una ley, una rampa o una política de contratación. Se necesita también una perspectiva interseccional (aunque ese sea tema para otra columna).
También vale la pena aclarar que nuestras historias no deberían existir únicamente para documentar barreras o contar los retos que enfrentamos. También necesitamos historias de mujeres con discapacidad trabajando, criando, estudiando, enamorándose, viajando, liderando, equivocándose, tomando decisiones, necesitando apoyos, cuidando y siendo cuidadas. Historias que rompan con las narrativas y estereotipos que existen alrededor de nosotras. Porque así como podemos reconocernos e identificarnos en experiencias compartidas de discriminación, violencia o exclusión, también podemos hacerlo en todas esas otras experiencias que forman parte de nuestras vidas. Nuestras vidas no son solamente una colección de vulneraciones de derechos.
Por todo esto necesitamos que se sigan contando las historias de las mujeres con discapacidad y que existan espacios para hacerlo. Que cada mujer que quiera compartir la suya pueda encontrar dónde y cómo contarla, desde su propia experiencia y en sus propios términos.
Y, sobre todo, como mujeres con discapacidad, todavía tenemos muchas historias que contar. En este 12 de septiembre, y en cada uno de los que todavía sean necesarios, seguiremos contándolas.





