Opinión
La ‘Ley Trasciende’ y las preocupaciones que me provoca
Fecha de publicación: 22/Abril/2026 | Autor: Katia D'Artigues
Primero haré una declaración de principios y hechos: estoy a favor de la muerte digna, de la muerte asistida, si una persona así lo determina. Tan es así que voté a favor de que este fuera un derecho en la Constitución de la CDMX en 2017, cuando fui diputada constituyente.
Con respecto a lo que cada quien haga con su vida (siempre y cuando no dañe a terceros o a infancias) soy absolutamente pro derecho a decidir en esta y en otras cuestiones.
Otro de los casos es el derecho a interrumpir un embarazo, si una mujer no quiere ser madre.
Pero lo que me entristece y preocupa es que las vidas se interrumpan por miedo a la discapacidad y la falta de apoyos; por una percepción caduca y vieja de lo que implica. Por esa percepción que seguimos teniendo de que la discapacidad es una tragedia y que estaríamos todos mejor sin esa diversidad por ser dura y pesada.
Finalmente a nadie lo están obligando a nada: si eres una mujer católica, por ejemplo, aunque tengas el derecho, no interrumpirás tu embarazo; igual pasará con la muerte asistida.
Lo digo con conocimiento de causa porque vengo de una familia originalmente muy católica (yo no lo soy tanto, la verdad). También porque lo he vivido.
Por estos días he recordado mucho una colaboración que escribí hace más de 20 años para un libro que coordinó Denise Dresser, Gritos y Susurros. Conté sobre lo mucho que me marcó el suicidio de un tío muy querido, Luis Beauregard, hermano de mi madre. También tuve un muy querido amigo de la prepa que optó por lo mismo: Francisco Collera.
Que alguien de tu familia o un amigo cercano opte por terminar con su vida es dolorosísimo, sí. No hay duda de ello. Te marca, te cuestiona, te reta.
Pero eso no quiere decir que —al menos yo— no defienda que tiene el derecho a hacer de su vida o su muerte lo que quiera, independiente de su condición de vida.
Además estoy segura que, si alguien quiere suicidarse, lo hará; de la misma manera en que sabemos que las mujeres podemos llegar a poner en peligro nuestra propia vida si no queremos ser madres.
A mi lo que me preocupa con esta “Ley Trasciende” son dos cosas con respecto a personas con discapacidad o con enfermedades crónico degenerativas:
Una, que dado el estado de la percepción de lo pesado que es la discapacidad de manera social, el estigma que se sigue teniendo, se pueda reafirmar que vivir con discapacidad tiene menos valor. Que médicos que no necesariamente estén bien informados sugieran esto como una alternativa sin siquiera explorar otras más.
Dos, me preocupa la situación, el contexto, de las vidas de las personas con discapacidad en México. Sabemos, está ampliamente documentado, que hay una mayor relación reforzada entre pobreza y discapacidad; que sigue siendo difícil vivir con ella no por la discapacidad misma, sino por la falta de apoyos y cuidados a los que toda persona tiene derecho, a los que debería aportar no sólo su familia, sino el Estado.
Me preocupa que opten por morir no por su discapacidad, sino por vivir con apoyos insuficientes y degradantes en la comunidad o en instituciones casi olvidados, desaparecidos (por cierto, en México, hay según datos oficiales hay 119 mil personas que viven en instituciones. Son nuestros ‘otros desaparecidos’, por así decirlo, pero a miles de ellos ya no los busca nadie).
No me saco este argumento de la manga. En Canadá, donde hay una ley similar —MAID, por sus siglas en inglés—, han habido casos así.
Me permito reproducir y traducir un párrafo de The New York Times en la nota “Cinco cosas qué saber sobre la muerte asistida en Canadá”
“Los críticos argumentan que los canadienses se ven impulsados a solicitar la asistencia médica para morir (MAID) debido al sufrimiento socioeconómico. Incluso algunos defensores de la MAID reconocen que los factores financieros pueden influir en la solicitud. Un estudio académico de 2023 recopiló testimonios de 20 proveedores de MAID. Los profesionales explicaron que las necesidades insatisfechas eran poco frecuentes, pero que algunos pacientes de MAID eran pobres y se sentían solos, lo que generaba un ‘dilema ético’, ya que los proveedores sabían que ‘parte de su sufrimiento se debía a la incapacidad de la sociedad para brindarles apoyo’”.
Un amigo que no quiere ser citado y que vive con discapacidad escribió el otro día:
“Hay muchas fuentes de sufrimiento humano, muchas de ellas intolerables desde una perspectiva individual, incluida la discapacidad, por supuesto. Pero ¿por qué tiene que destacarse ese tipo de sufrimiento por sobre los demás? Perder a toda tu familia, a todos tus bienes, fracasar profesionalmente, también son fuente de sufrimiento muchas veces intolerable. ¿Por qué para las personas con discapacidad sí se admite que morirse sea un deseo legítimo? Es capacitismo”.
Continuó ligando su argumento con otra cosa preocupante, la crisis de salud mental que vivimos en el mundo:
“Es estructuralmente discriminatoria y devaluadora de las vidas con discapacidad. Mi condición es crónico degenerativa, estoy perdiendo fuerza muscular de forma irreversible. Pero si mi hermano, que es mayor que yo por dos años, quiere también terminar con su vida, no podría. Porque no tiene una discapacidad. O sea si tienes una discapacidad está bien que quieras morirte, pero si no la tienes, no”.
“Si la decisión se toma porque simplemente sientes que nadie te quiere, que nadie te apoya, que a nadie le importas, pues como que no es una decisión muy libre que digamos. Si voy a vivir con una discapacidad y no tengo los apoyos para hacerlo pues a lo mejor me animo a suicidarme con apoyo del Estado.”.
Por eso me preocupa que esta ley pueda volverse un facilitador para que médicos o el Estado se laven las manos en medidas que tienen el deber de implementar, políticas públicas destinadas a cambiar mentalidades con respecto a la dignidad de toda vida, sobre todo de aquellas con discapacidad.
Que podamos caer en eugenesias disfrazadas de medidas progre.





