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Paraplejia: ¿La causa de desaparición de José de la vida de Jesús? Esto dicen los evangelios apócrifos
Fecha de publicación: 07/Agosto/2025 | Autor: Francisco Javier Munguía
En febrero de 2022, durante una Audiencia General celebrada por el Papa Francisco en el Aula Paolo VI del Vaticano, el representante de la iglesia católica hizo una reflexión sobre la muerte a razón de los múltiples decesos producto de la pandemia por COVID-19.
En aquella intervención habló de San José —padre terrenal de Jesús— y recordó que a partir de la creencia de su fallecimiento en compañía de Jesucristo y María se le considera el “patrono de la buena muerte”.
Y es que este pasaje se cataloga como una creencia ya que en la Sagrada Escritura (biblia) no se hace mención de ello. De hecho, la ausencia de José a lo largo de la vida pública de Jesús resulta en un misterio. Su última referencia ocurre cuando Jesús tenía 12 años, previo a su salida de Nazaret. La teoría de su muerte se refuerza con la encomienda de María al apóstol Juan durante la crucifixión. ¿Por qué no dejarla al cuidado de su esposo?
Lo cierto es que no hay claridad alguna sobre su desaparición, ni datos contundentes que hablen de su partida: cómo, cuándo y en dónde. Simplemente se suprime e ignora su existencia. Ante estas interrogantes, algunos evangelios apócrifos (no reconocidos por la iglesia, pero de los que sí se rescató información como los nombres de los padres de María) dan cierta respuesta a los vacíos narrativos.
Estos relatos modifican incluso la imagen física de José, su verdadera edad, revelan la existencia de un matrimonio previo en donde concibió más hijos y la presencia de la paraplejia en su vida. ¿José desapareció de la biblia por una discapacidad física?

¿Qué pasó con José?
La “historia copta de José el carpintero” es un evangelio apócrifo que se cree fue escrito en Egipto en el siglo V. Este cita y emana de otro texto también apócrifo: “El Protoevangelio de Santiago”. Fue redactado probablemente hacia el año 150 y aunque no es aceptado por la iglesia, contiene pasajes que fueron adoptados y hoy día forman parte de la tradición religiosa, como el milagroso nacimiento de María o el nacimiento de Jesús en una cueva/pesebre.
La historia de José es narrada por el mismo Jesús a sus apóstoles en el Monte de los Olivos. De acuerdo con este evangelio, previo a su encuentro con María, José desposó a otra mujer con la que crió a seis hijos (cuatro varones y dos mujeres), aunque enviudó y quedó a cargo de su familia.
Ahí, se detalla que el matrimonio ocurrió a la edad de 40, y que “49 años vivió con ella”, lo que significa que perdió a su esposa a los 89 años; también se aclara que pasó 12 meses en soltería.
A la par, María —de solo doce años—, consagrada al servicio de su santidad y que vivía en el templo del señor, fue entregada por los sacerdotes a “un buen viejo” que serviría de esposo tutelar para su casamiento: José.
Una vez con él, María se encargó y educó a Jacobo, el más pequeño de los hijos de José que ahora era huérfano. Dos años después (a la edad de 14) fue bendecida por el Espíritu Santo, embarazo que en principio enfureció al patrono de la buena muerte —quien para entonces ya tenía 92—, hasta que un arcángel le aclaró que el hecho no fue producto de ningún pecado, sino de un milagro.
Contrario a la imagen y representaciones de San José que el arte sacro ha instaurado a lo largo de la historia (de un hombre de mediana edad), el texto nos describe a alguien vigoroso, pero que ya rondaba el siglo de existencia.

Tras algunos capítulos llegamos a su muerte, producida a los 111 años, es decir, a los 19 años de nacido de Jesús. Se hace mención de una enfermedad grave que lo hizo agonizar, gemir, gritar y no poder hablar en sus últimos momentos de vida. El deceso incluso se cataloga de violento y describe un cuerpo “rígido”. Finalmente, cuando Jesús habla sobre el enterramiento, se refiere a José como un hombre que “ni un solo diente perdió, ni sus ojos se oscurecieron, sino que su mirada era la de un niñito. Nunca perdió su vigor, sino que practicó su oficio de carpintero hasta el día en que lo atacó la enfermedad de que debía morir”.
Esto da luz sobre el desenlace de José, pero no deja claro qué ocurrió entre los 12 y 19 años de vida de Jesús, ni sobre la enfermedad que lo mató. Ante la persistencia de incógnitas, algunos novelistas toman como base los evangelios apócrifos y buscan ir más allá.
José y la teoría de su paraplejia
Tal fue el caso del escritor griego Niko Kazantzakis, autor de “La última tentación de Cristo”, libro publicado en 1953 que le valió la excomulgación de la iglesia ortodoxa. Su texto busca explorar el lado humano de Jesús no desde lo biográfico, sino desde lo empático para invitar al lector a ver al hijo de Dios como un modelo de vida; lo que la Iglesia siempre ha buscado.
El título hace honor a la trama, pues explorando el lado humano de Jesús, se centra en las tentaciones que enfrentó y estuvieron a punto de llevarlo al pecado, mismas que venció, no sin causar consecuencias a los suyos y eventual arrepentimiento. En el capítulo dos se relata que un rayo cayó sobre José dejándolo paralítico, esto justo después de hablar sobre su bastón o báculo de olivos, con que el históricamente ha sido representado.
Este floreció tras estar seco, lo que la iglesia considera una señal como el elegido para ser el padre terrenal, pero también ha sido interpretado —principalmente por los evangelios gnósticos— como símbolo de virilidad o fertilidad, atributo con el que contaba. Esto abre la teoría de que José fue dotado de una discapacidad física para perpetuar la pureza y castidad de María.
Se lee de forma expresa:
“Yo tengo la culpa de que mi padre haya quedado paralítico… Yo tengo la culpa de que Magdalena se haya hecho prostituta…”
Más adelante, durante el sitio a Judea (hoy Israel y Palestina) por parte los romanos, se habla de las batallas libradas por los zelotes, un grupo de guerrilleros judíos que buscaban liberar a la región. En medio de los conflictos y las súplicas de Barrabás por intervención divina, se lee:
“Oíanse en la habitación contigua los sonidos entrecortados y roncos del combate que libraba su anciano padre (José), quien continuaba moviendo incesantemente los labios, esforzándose en vano por hablar”.
Al inicio del tercer capítulo se habla de nueva cuenta de José, reiterando (aunque sin decirlo de forma expresa) que no contaba con movilidad: “Su padre continuaba gruñendo y se esforzaba por mover la lengua, pero solo su garganta estaba viva y no emitía mas que sonidos confusos”.
Finalmente, retomando el símbolo del bastón, que recordemos es sinónimo de elección, vigor y virilidad, dice: “Junto a él (José) veíase el bastón célebre, fatídico, que había florecido el día de sus esponsales; ahora era solo un trozo de madera muerta”.

¿Qué es un texto apócrifo?
De acuerdo con su origen etimológico, “apócrifo” significa oculto o escondido. En la antigüedad, se designaban con este término —de forma positiva— los escritos de algunas sectas que contenían doctrinas secretas/esotéricas cuyo acceso o conocimiento era exclusivo de los iniciados o fundadores. Con el paso del tiempo, la palabra adquirió un sentido negativo referente a libros de origen dudoso, cuya autenticidad era de fácil impugnación.
Entre los católicos, la palabra “apócrifo” fue adoptada para denominar a los textos no recogidos en la lista de las ‘Escrituras’. De esta forma la Iglesia denominó a los libros cuyo autor era desconocido y los cuales desarrollaban temas ambiguos, que aún presentándose con carácter sagrado, no tenían solidez en su doctrina o incluían elementos contradictorios a la que ella califica como “la verdad revelada”. Esto hizo que los escritos fueran considerados como “sospechosos” y en general poco recomendables.
Por evangelios apócrifos se entienden, entonces, todos los textos que pretenden transmitir las enseñanzas terrestres de Jesús —o narra su vida y la de su familia— sin que la Iglesia los haya incluido oficialmente en su canon (o catálogo de libros santos) por considerarlos material contrario a la fe; existen más de 64, algunos adjudicados presuntamente a apóstoles. Otros se remontan a finales del siglo II, aunque su mayoría se fechan en el siglo IV. Lo cierto es que muchos de ellos no buscan reemplazar a los evangelios auténticos, sino completarlos. Buscan satisfacer la curiosidad por pasajes que no son del todo explicados en las Sagradas Escrituras. Lo cierto es que arrojan luz y retratan el pensamiento y vida de la iglesia primitiva.
Recordemos que los evangelios reconocidos hasta nuestros días son: Mateo, Marcos, Lucas y Juan, mientras que el canon bíblico considera 46 libros para el Antiguo Testamento y 27 para el Nuevo Testamento.





