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Emi, una persona no binaria, con discapacidad, trabajadora sexual, a la que la comunidad trans le salvó la vida
Fecha de publicación: 27/Junio/2025 | Autor: Francisco Javier Munguía
En el marco del mes del orgullo de la diversidad sexual y de género queremos presentarte a Emi Apolinar: una persona bisexual, no binaria, con discapacidad y trabajadora sexual. Su historia refleja no solo la transversalidad entre condición, orientación e identidad —pocas veces visibilizada, reconocida y plasmada—, sino que retrata cómo el conjunto de discriminaciones, sesgos, señalamientos y exclusiones pueden moldear (incluso definir) una vida desde el nacimiento, llevándola hacia dos caminos que parecen únicos: resiliencia o muerte.
Antes de comenzar es muy importante aclarar: los pronombres con los que Emi se siente cómodo son: él, Ella y Elle. Para facilidad de nuestros lectores, a lo largo del texto nos referimos a Emi en masculino, pero insistimos: porque él así lo acepta. Recuerda, cuando conozcas a una persona no binaria debes preguntar sus pronombres y referirte a ella de esa manera.
Sus padres y la discapacidad; entre la culpa y el abandono
Emi de 23 años nació con parálisis cerebral infantil, una condición que le genera baja visión (misma que deriva en estrabismo) y limitaciones de movilidad. La causa de su discapacidad está ligada a una posible negligencia médica. Previo a su concepción, su madre se sometió a una ligadura de trompas (una forma de control de natalidad para evitar el embarazo). Tiempo después de la operación, comenzó a sentir malestar con énfasis en la parte abdominal, por lo que acudió al médico. Ahí le recetaron medicamentos y solicitaron estudios de rayos X.
Tras un par de consultas, finalmente se percataron de que no se trataba de ninguna afección o enfermedad, sino de un embarazo. Pero ello, sumado al pesado trabajo que su madre ejercía en una panadería cargando costales de harina, ya habían generado secuelas.
Durante una visita al hospital la enfermera que la atendió comentó: “Ya no se preocupe, su bebé ya está muerto”.
Finalmente nació con solo seis meses de gestación. Todo lo anterior hizo sentir culpable a su madre buena parte de su vida. El padre no abandonó a la familia, pero no en un ánimo de hacerse responsable, sino obligado por su suegra. Aún así nunca escondió el desagrado hacia Emi.
“Desde el principio yo noté su descontento. No sé por qué no me aceptaba. Yo sentía su rechazo. Más allá de que no me lo demostrara lo sentía”.
Un sistema educativo inaccesible
Parte importante del desarrollo en la infancia ocurre en las aulas. Sin embargo, al vivir con discapacidad, Emi enfrentó discriminación de autoridades educativas y maestros. Dada su condición, era difícil que una institución académica lo recibiera, lo cual es una clara violación a su derecho a la educación. Durante todo el nivel básico “desde jardín de niños hasta secundaria” la condicionante de los directivos para que Emi fuera recibido dentro del sistema “convencional” fue que su madre permaneciera con él, a su lado, en todo momento.
“Esas escuelas ‘normales’ no aceptan a personas con discapacidad”, declaró.
Aunque no estaban de acuerdo y les parecía injusto, su madre aceptó con la intención de garantizarle un espacio y evitar que su única opción fuera la educación “especial”. Esto afectó significativamente sus capacidades de socialización.
“No me dejaron desenvolverme a mi solo ni un segundo”, dijo.
La razón principal por la que obligaron a su madre a estar presente era la forma de caminar de Emi. Recordemos que vive con movilidad limitada y dificultades para desplazarse. En ocasiones se tropieza y cae, pero como le ocurre a cualquier otra persona.
Aún así, nadie quería hacerse responsable ante una posible lesión. Por ejemplo, cursé la secundaria en el plantel 305 “Emilio Rosenblueth”. Ahí, el director del turno matutino lo rechazó tajantemente.
“Yo no lo quiero aquí porque si llega a pasarle algo no nos hacemos responsables”, fueron las palabras del directivo.
Por su parte, la directora del turno vespertino lo recibió, pero no se trató de una inclusión plena o del respeto a sus derechos, sino de una condescendencia o favor: “Me aviento el riesgo y lo acepto, pero a cambio usted se tiene que quedar dentro del salón”.
Esa medida invasiva evidentemente no era la solución (ni el problema). Los profesores no contaban con la capacitación adecuada o los ajustes razonables para su correcta atención. La mayor discriminación vino del cuerpo docente, quienes consideraron a Emi como alguien totalmente dependiente, incapaz de escribir, pensar o hacer una tarea. Veían a su mamá como cuidadora y no como apoyo.
“La secundaria fueron los peores años de mi vida”.
Y aunque declara que el trato con sus compañeros era bueno “particularmente con las niñas” el hecho de asimilar una vida sin autonomía, siendo el centro de las miradas y discriminado por su discapacidad lo llevaron a ejecutar los primeros intentos de suicidio.
“Muchas veces intenté quitarme la vida, porque dije: yo nací así, la sociedad me rechaza, me discrimina, entonces para qué sigo”, comentó.
En relación a la educación media superior, Emi se inscribió al hoy extinto examen COMIPEMS, un concurso de asignación para bachillerato. Declaró ser una persona con discapacidad y necesitar una persona lectora que le hiciera saber el contenido de las páginas. Para referencia, su baja visión le hace acercar el celular a menos de tres centímetros del rostro; hacer una prueba en esas condiciones sin ajustes significaba todo un reto. No obstante, esto fue contraproducente, tal como nos lo cuenta:
“Es bastante incómodo que los demás que hacen el examen se te queden viendo porque necesitas el apoyo de un lector, y en mi caso, también por cómo me movía. En lugar de concentrarme en el examen lo único que yo quería era terminar para ya irme. Fue un momento estresante, pero al final tuve que hacerlo porque es lo que la sociedad espera que hagas cuando terminas la secundaria”, dijo.
Sus resultados no fueron buenos, así que tomó una decisión: dejar de estudiar.
Me sentía más cómodo estando yo solo que estando con personas que nada más me están viendo de pies a cabeza, en referencia a seguir compartiendo su día a día con compañeros en las aulas.
En este punto se materializa la agravante máxima de la inaccesibilidad y la exclusión. La falta de empatía, concienciación sobre discapacidades, ajustes razonables (pues de haber continuado sus estudios enfrentaría exactamente los mismos retos) y el hartazgo se tradujeron en su salida del sistema.
Emi descubrió su identidad
“Normalmente es muy difícil que la sociedad acepte que hay personas con discapacidad”, considera Emi.
Años después de dejar sus estudios, en medio de la incertidumbre personal y la causada por la pandemia, entre la ola de contenidos en internet que se generaron Emi llegó a los podcasts realizados por la plataforma “Escóndala”, una productora de medios enfocada en temas de diversidad sexogenérica.
Escuchando a las activistas trans Natalia Lane y Alejandra Bogue conoció el concepto de transexualidad, con el que se identificó de inmediato.
Emi ya se reconocía como parte de la comunidad LGBT+ desde el aspecto de la orientación. Afirma que desde pequeño siente atracción hacia ambos géneros, pero no lo compartía por miedo a la doble discriminación, empezando por su madre.
Hubo un punto en el que le dije a mi madre: “Ya no puedo más, ya no puedo seguirte ocultando esto, soy una persona bisexual”, relató.
Sin embargo, la respuesta fue sumamente negativa. Una mezcla entre rechazo y culpa.
“¿Por qué, por qué Dios me mandó a una persona así?”, se cuestionó su madre.
Emi califica esa reacción como shockeante. Incluso le propuso llevarle con un psicólogo, pero no por el bien de su salud mental, sino orientado más a una terapia de conversión, que son intervenciones cuyo objetivo es modificar por la fuerza “en ocasiones con el uso de la violencia” la orientación o identidad de una persona.
Mejor lo callé y me retracté asegurando que lo había dicho sin pensar, dijo.
Pero el hecho de saberse bisexual no le llenaba del todo, y no es que la orientación sexual diversa deba ir acompañada obligatoriamente de una identidad de género diversa (o que sean complementarias), pero Emi sabía que le faltaba algo para ser él mismo por completo. Por tanto, cuando descubrió el paraguas de la transexualidad dentro de la comunidad LGBT+ supo que ese era su camino.
Ser bisexual no me cruzaba tanto, sentía que algo faltaba dentro de mi, entonces cuando las escuché (a Natalia Lane y Alejandra Bogue) fue que empecé a hacer este cuestionamiento en mi. Escuchando experiencias de personas trans, dije: “Es que yo me siento así”.
Pero vivir con su familia en un ambiente sumamente homofóbico (lo denominamos así porque para entonces su entorno solo conocía a hombres gays y mujeres lesbianas) le generaba dudas sobre si adoptar y desarrollar su verdadera identidad.
El activista trans y gestor cultural Sony Rangel lo apoyó e impulsó. Incluso Emi lo cataloga como la primera persona que le extendió la mano.
Me dijo: “No te preocupes, estás bien, no pasa nada, no estás solo (…) Gracias a él y a Natalia entendí que era una persona trans”.
Una vez reconocido como una persona bisexual, transexual y con discapacidad, recargado en la seguridad y respaldo que líderes y representantes del movimiento le brindaron, tomó la decisión de compartir de nueva cuenta su cúmulo de interseccionalidades con su madre.
“Soy una persona bisexual, soy una persona trans y estos son mis pronombres”, pronunció.
Sorprendentemente, para su mamá fue mucho más sencillo comprender estos cruces. Le hizo más sentido que su hijo se identificara de dos formas con la comunidad (mediante el género y la identidad), que por una sola vía. Otra vez recibió el ofrecimiento de acompañamiento psicológico, pero en esta ocasión no como una imposición con metas de conversión, sino como una guía para sobrellevar los cambios.
Emi puso como condicionante que él elegiría al especialista, aunque lo cierto es que nunca se concretó esta medida, aunque la reconoce como un enorme avance en la aceptación.
“Trató de darme mi espacio y entenderme. A la par le fui explicando más”, dijo en relación a la información que constantemente compartía con su madre.
Por el contrario, si su discapacidad ya era motivo suficiente para vivir el rechazo de su padre, esto terminó por romper la relación. Actualmente Emi no tiene ningún tipo de vínculo con él. El punto de unión era su madre, pero tras su fallecimiento a causa del cáncer hace dos años, la ruptura se hizo definitiva.
Esta relación áspera, de discriminación y prejuicios se replica con sus siete hermanos, con quienes tampoco habla. Actualmente, Emi vive con su prima, a la que considera su verdadera hermana. Su cercanía a ella proviene de su tía. Según nos relata, cuando nació la situación económica en su núcleo no era buena. Su familia vivía en un cuarto, por lo que su tía recibió a parte de los hermanos, convirtiéndose en su segunda figura materna. Ahí se hizo cercano a su prima, y aunque su tía también murió, Iris (como se llama) y Emi se mantienen cercanos.
“Es la que siempre ha estado conmigo y siempre me apoya”.
Pero no todo fue miel sobre hojuelas. También para ella fue difícil comprender la identidad y orientación de Emi sumadas a su discapacidad. En principio tanto Iris como la madre de Emi no querían que hiciera públicas sus interseccionalidades, pero poco a poco las educó mediante los mismos podcast con los que él descubrió su identidad hasta que comprendieron la importancia de visibilizar la transversalidad.
El paso de la transexualidad a la no binariedad
Cuando Emi se acercó a la comunidad LGBT+ tenía 20 años, pero fue hasta los 21 que descubrió el concepto “no binario”. ¿Cómo lo define y cuál es la relación con la transexualidad?
Aunque existe un debate entre la comunidad sobre la relación entre las personas trans y las no binarias, Emi se asume como ambas y reconoce que vienen del mismo paraguas, es decir, que a partir del mismo hilo conductor se cobijan y vinculan incluso con sus distintas subjetividades, categorías y posturas. Ambos grupos comparten y son atravesados por las distintas formas de transición de género y la “desobediencia” a la cisheteronorma. Tras conocer a la artista tras no binarie Azul Piccone, compaginó con ella, con el concepto de no binariedad y fluyó hacia esa identidad.
Hoy día Emi se define como: “una persona capaz de habitar los dos géneros sin que la sociedad esté cuestionando lo que llevo entre las piernas. Si quiero fluir en un género o en otro o en ambos puedo hacerlo, ser yo mismo porque me amo como soy”.
Emi y el trabajo sexual
Recordemos que Emi no continuó en la escuela debido a la discriminación estructural. No contar con estudios de bachillerato y licenciatura resulta en barreras para conseguir un empleo formal, pero lo cierto que es aún contando con grados académicos, Emi habría enfrentado las mismas barreras laborales. Y es que no tener un título universitario pasa a segundo plano; él es rechazado en entrevistas de trabajo desde que lo ven entrar.
Con la falsa promesa de “nosotros te llamamos”, le han cerrado múltiples puertas por considerar que no es apto para ningún tipo de trabajo. Emi siempre ha sido objeto de capacitismo.
Por su parte, las personas trans viven algo similar: debido a su identidad y el limbo legal en el que muchas veces se encuentran (así como el rechazo social) se ven orilladas al trabajo sexual, una opción de vida completamente válida, pero que debería ejercerse por convicción y no como única opción de supervivencia ante la exclusión del mercado económico.
“Por eso optó por el trabajo sexual, más que nada ahí es donde no me ponían trabas y al contrario, me respetaban y me hablaban como las personas con discapacidad pedimos: como una persona común y corriente. No nos hacían distintivo”, comentó.
Estar en contacto con personas que ejercen el trabajo sexual me he vuelto más empático, porque al contrario de lo que se piensa “que las personas de trabajo sexual sufrimos y somos explotadas es todo lo contrario”.
Es un ambiente muy chido, muy amigable, puedes ser tú mismo sin que te juzguen porque a final de cuentas ambas partes compartimos esa meta por sobrevivir y que la gente no nos juzgue ni nos critique, añadió.
Emi reconoce que parte de la seguridad, libertad y felicidad con la que hoy vive es gracias al apoyo de sus compañeras trabajadoras.
“Por eso hablo abiertamente de discapacidad y de trabajo sexual”.
¿Por qué la comunidad trans lo salvó?
De acuerdo con Emi, la comunidad de personas trans no binarias lo arroparon. Lo abrazaron sin juzgarlo. Fueron las primeras en no definirlo a partir de su discapacidad. No lo señalaron, criticaron o discriminaron.
“Yo estoy mucho con personas trans, fueron las únicas que me vieron como una persona, como siempre lo había querido. Si no las hubiera conocido, yo hubiera seguido con mis intentos de suicidio. Fueron las que me ayudaron a seguir adelante”.
Y es que de todas las realidades que atraviesan a Emi, la que más lo colocaba en una situación crítica era su discapacidad, misma que hoy día está en segundo término.
“Yo no quería quitarme la vida por mi identidad ni orientación, era por la discapacidad”. Gracias a ellas yo estoy aquí vivo hoy.
Este es solo el inicio. Aún nos resta conocer su trabajo como activista, las críticas que hace a la comunidad LGBT+, las luchas y discriminaciones entre poblaciones con discapacidad y de la diversidad sexual de las que es testigo y cómo usa las herramientas que tiene hoy día a la mano para cambiar para bien la realidad.
Te invitamos a leer la segunda parte de esta entrevista, disponible próximamente.
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