Opinión
Marco Antonio Hernández Hernández, o el oficio de vivir con dignidad
Fecha de publicación: 05/Febrero/2026 | Autor: Carlos Ríos Espinosa
Marco Antonio Hernández Hernández falleció en la madrugada del 4 de febrero, a los 63 años, tras complicaciones neumológicas. Su partida deja un gran vacío entre quienes tuvimos el privilegio de conocerlo, trabajar con él y aprender de su compromiso sereno y decidido con los derechos humanos, en particular con los derechos de las personas con discapacidad.
Conocí a Marco cuando todavía trabajaba en Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED) y, más adelante, cuando comenzó a colaborar con la Comisión de Derechos Humanos del entonces Distrito Federal. Desde el primer momento se distinguía por una cualidad que nuestra amiga común Laura Bermejo describió con absoluta precisión: una sonrisa traviesa pero franca, una mezcla de lucidez, sentido crítico y calidez humana que lo acompañaba siempre.
Recuerdo de forma divertida el día en que me pidió que le enseñara cómo conducía un vehículo y la adaptación que yo utilizaba en el auto, ya que, al igual que Marco, soy usuario de silla de ruedas. Cuando le expliqué que aceleraba usando un machete para cortar caña como adaptación, levantó las cejas y sonrió de esa manera tan suya, curiosa, cómplice, genuina. Ese gesto condensaba mucho de su carácter: interés auténtico por las soluciones prácticas, humor fino y una comprensión profunda de lo que implica vivir con una discapacidad en un entorno que rara vez está pensado para ello.
La noticia de su fallecimiento me llenó de una enorme tristeza e incredulidad. Apenas cuatro días antes estábamos dando seguimiento a las acciones necesarias para impulsar una reforma sobre apoyos para la vida independiente en la Ciudad de México. Marco estaba ahí, como siempre, atento, comprometido, pensando en el siguiente paso.
A principios de enero me comuniqué con él para saber si podría apoyar a un grupo de personas con discapacidad muy interesadas en reunirse con la nueva titular de la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México, María Dolores González. Con enorme diligencia y precisión llevó a cabo todas las tareas administrativas necesarias para concretar ese encuentro. Fue entonces cuando me compartió que atravesaba algunos problemas de salud y que se encontraba con licencia laboral por enfermedad. Aun así, la claridad y el cuidado con los que se manejó resultaban desconcertantes cuando uno comprendía la gravedad de la condición que lo aquejaba.
En diciembre del año pasado compartimos una mesa de análisis en el marco de la preconsulta para la adopción de una legislación sobre cuidados en la Ciudad de México. La claridad con la que abordó los temas, su comprensión de las necesidades y de los riesgos de esta política desde la perspectiva de los derechos de las personas con discapacidad, dejaban ver no solo un dominio pleno del debate, sino un conocimiento construido a partir del estudio riguroso y de la experiencia personal de lo que significa vivir con una discapacidad.
Su hermano me compartió que la discapacidad de Marco se originó tras una tentativa de robo a mano armada. Un disparo de arma de fuego lesionó su columna y le provocó una discapacidad motriz permanente con la que vivió durante 33 años. Como ocurre con tantas personas sobrevivientes de actos de violencia, tanto Marco como su familia conocieron de primera mano el maltrato y el abandono de nuestro frágil sistema de justicia y de atención a víctimas. Su hermano tuvo que renunciar a su trabajo para brindarle los apoyos necesarios durante la rehabilitación y su regreso a una vida laboral y activa. Fueron años de lucha y de aprendizaje.
Todo ello se reflejaba en las exposiciones de Marco. La convergencia de su pensamiento con la filosofía de la vida independiente era evidente. Sabía de lo que hablaba porque lo vivía, porque lo había estudiado y porque lo había resistido.
Ricardo Bucio, con quien Marco colaboró durante años, me dijo que compartieron, desde distintos espacios, muchas luchas por los derechos humanos de las personas con discapacidad, siempre con convicción, compromiso, apertura y muy buen humor. Así era Marco: un hombre de mirada franca, amistad dispuesta y mano extendida.
Su legado no se mide solo por su trabajo, sino por la coherencia entre lo que pensaba, lo que hacía y la manera en que habitaba el mundo. Marco Antonio Hernández Hernández nos deja una enseñanza muy importante sobre dignidad, perseverancia y humanidad. Su memoria seguirá acompañando las luchas que ayudó a construir.





