Opinión
Las dos personas que me habitan
Fecha de publicación: 26/Febrero/2026 | Autor: Katia D'Artigues
Escribo esto con mucha nostalgia y un pequeño nudo en la garganta.
Este año, en pocos meses, mi hijo, Alan, terminará un ciclo importante en su vida. Tiene ya 19 años, ¡casi 20! y termina su educación dentro de una escuela en la que ha estado los últimos 11 años.
Decir que concluye la preparatoria no es preciso de manera académica: no terminará con un diploma así, pero sí acompañando a una generación grande de chavos y chavas de su edad, con los que ha convivido, incluyendo cinco compañeros que, como él, viven con discapacidad intelectual.
Acudirá a la fiesta de graduación, como todos los demás, pero a él no le darán un reconocimiento académico, sino un diploma de un programa fantástico llamado “Educación para la vida”, y que ha sido el eje del trabajo que un ejército de profesores, maestras, terapeutas y familia hemos hecho en conjunto.
Mi niño creció.
Son tres palabras que, como mamá, me provocan sentimientos encontrados.
Me enorgullece que ya es todo un joven con credencial para votar, con ideas, gustos y personalidad muy propias; con capacidades para hacer muy bien cosas sencillas (como ordenar cosas, asistir a otros con temas de cuidado o asistencia en clases).
En esta escuela lo preparan ya para un trabajo (ha tenido pequeñas experiencias laborales en la imprenta, la biblioteca y la papelería escolar) y cada vez que llega con su pequeño pago, en un sobrecito amarillo con su nombre, y me da a mí ese dinero, me enternezco y me da mucho gusto.
Me preocupa, supongo que a toda madre le pasa, que ahora que estamos viendo la posibilidad de que esté en un programa similar pero en una universidad, más grande, expuesto a muchas más cosas, le vaya bien. Es un paso muy grande y necesario.
Si bien estoy convencida que así debe de ser porque el objetivo desde siempre es que sea lo más independiente posible y que encuentre pasiones, amores, y un proyecto de vida que lo haga feliz (como todas las personas) confieso que, como mamá, me da algo de miedo.
Aquí es como si convivieran dentro de mí dos diferentes personas. Me explico.
Por un lado, está la activista convencida. Esa que trabaja todos los días porque se abran aún más espacios para todas las personas independiente de su condición y que lucha por visibilizar que deben ser las instituciones las que se adapten a las personas y no al revés. La que siempre aboga por el derecho a decidir de todas las personas sobre todo en su vida, aun cuando su familia no esté de acuerdo (como todos y todas lo hemos hecho) y cometa errores, que quizá es de lo que más aprendemos los seres humanos.
Por otro lado, está la mamá que, aún sabiendo que su hijo creció, quisiera abrazarlo y mantenerlo a su lado, acurrucándolo, protegiéndolo, un ratito más.
Esta semana Alan y yo visitamos dos posibles lugares donde podría pasar los próximos años (falta que le hagan distintas evaluaciones y que me digan si creen que ya está preparado para estos programas).
Cuando vi la luz de emoción en su mirada, su orgullo de saberse ya más grande y también que confiamos en que puede lograr muchas cosas, logré guardar por un rato mi instinto de sobreprotección y me ganó la esperanza.
Si esto lo lee una madre o un padre con hijos mayores, con o sin discapacidad, me encantaría que me comentaran cómo es que vivieron esta etapa. Estoy segura que esto que describo es una experiencia que han tenido muchas personas, no sólo aquellas que tenemos hijos con discapacidad. Gracias por leerme.





