09 de Octubre de 2026

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En Chetumal: ¿el único cine de la ciudad excluye a personas con discapacidad?

El retiro de un elevador en Cinépolis Plaza Las Américas dejó a las personas usuarias de silla de ruedas con espacios reservados en la primera fila. El caso llegó a CONAPRED ante el señalamiento de que no basta con garantizar la entrada a una función si las condiciones para disfrutarla no son iguales. Lo ocurrido en Chetumal también abre la discusión sobre lo que sucede en otras sucursales de la cadena.

Fecha de publicación: 15/Septiembre/2026 | Autor: María Nazaret

Una sala de cine en blanco y negro con el logotipo de Cinépolis, un elevador y, al centro, un documento del CONAPRED contra la cadena.

En Chetumal, Quintana Roo, solo queda un cine. Después del cierre de Cinemex, Cinépolis se convirtió en la única opción comercial para los amantes de la “pantalla grande” en la ciudad. En el complejo —denominado ‘Cinépolis Las Américas Chetumal’— funcionó durante años un elevador que permitía a personas usuarias de silla de ruedas, personas mayores y con movilidad reducida acceder a las salas de la segunda planta, así como utilizar los asientos reservados ubicados en las filas intermedias.

A principios de 2026, Arnold Stivens Rosado Gómez acudió al cine y encontró que el elevador ya no estaba. Había sido retirado de manera permanente y los espacios destinados a personas usuarias de silla de ruedas fueron reasignados hacia la primera fila de las salas.

En entrevista con Yo También, Rosado Gómez cuenta cómo descubrió el retiro del elevador, por qué llevó el caso ante el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED) y qué derechos considera vulnerados. Pero su experiencia en Chetumal también lo llevó a revisar qué ocurre en otros complejos de la cadena, donde asegura haber encontrado distintas formas de ubicar los espacios reservados para personas usuarias de silla de ruedas.

Un elevador que dejó de funcionar hasta que desapareció

Stivens es abogado, docente y activista independiente. Desde hace 10 años participa en charlas, conferencias, capacitaciones y espacios de discusión sobre derechos humanos. También trabaja en la administración pública en Quintana Roo y colabora con colectivos y organizaciones.

Es usuario de silla de ruedas y nació con espina bífida. Aunque puede deambular algunos pasos con apoyo de un bastón canadiense, explica que esto no significa que el problema de accesibilidad pueda analizarse únicamente desde sus propias posibilidades.

El elevador de Cinépolis, cuenta, había presentado fallas durante años y en distintas ocasiones permaneció fuera de servicio durante meses. Ante esas situaciones, había presentado quejas anteriormente.

Pero a principios de 2026, cuando acudió nuevamente al cine, encontró algo diferente: el elevador ya no estaba. Había sido retirado y el espacio fue cerrado con tabla roca.

“Cuando me di una vuelta a la plaza y quise ir al cine, porque voy al cine, me gusta ir al cine, es cuando detecto y digo: ‘Ya no hay elevador’. Entonces yo te comento, sinceramente, yo puedo deambular un poco, yo utilizo un bastón canadiense (…) entonces yo podría subir sin problema las filas, pero no es un tema solo mío. O sea, no es un tema nada más, es un tema de que hoy también formo parte del colectivo, soy usuario de silla de ruedas, me preocupo por los que no pueden hacerlo”. 

Para Stivens, esa diferencia es fundamental. Él tiene posibilidades de desplazarse, pero otras personas usuarias de silla de ruedas no pueden subir escaleras y dependen de que existan alternativas de accesibilidad.

La primera fila como única alternativa

El cambio que encontró en Cinépolis fue que los espacios reservados aparecieron en la primera fila.

Para el activista, el problema no consiste simplemente en que la primera fila pueda resultar menos cómoda. Se trata de que esa sea la única opción para un grupo de consumidores, mientras que el resto puede elegir entre diferentes zonas de la sala.

En una sala convencional, explica, la cercanía con la pantalla puede implicar una postura incómoda, tensión en el cuello, fatiga o dolor. Las consecuencias pueden ser particularmente relevantes para algunas personas con discapacidad motriz.

Además, si una persona acude con su familia, pareja o amistades, la ubicación también puede condicionar dónde se sienten sus acompañantes.

“Si vas con amigos, con familia, con tu pareja, pues tienes que obligarlos indirectamente a que ellos se queden también ahí (…) O, en su caso, que tú puedas optar por elegir estar en una fila intermedia, como otros consumidores lo pueden, y te cobran lo mismo”.

Stivens insiste en que su planteamiento no es exigir los mejores lugares, sino recuperar una posibilidad que antes existía.

“No estamos pidiendo, por ejemplo, que podamos subir y bajar en todas las filas, porque eso puede ser por el diseño estructural de la sala algo imposible, pero sí que se regresen las cosas como estaban (…) o, en su caso, mejorar las condiciones para una cuarta, quinta fila, sexta fila. Eso ya lo tendrá que decidir la empresa”. 

CONAPRED admite la queja por presuntas conductas discriminatorias

La situación llevó a Stivens a presentar una queja ante CONAPRED el 20 de abril de 2026.

El 22 de junio, el organismo le notificó oficialmente la admisión de la instancia contra Exhibidora Mexicana Cinépolis, S.A. de C.V., por presuntas conductas discriminatorias. A partir de esa admisión, CONAPRED inició las investigaciones y trámites correspondientes.

La admisión no significa que el organismo ya haya determinado que Cinépolis incurrió en discriminación. El procedimiento continúa y la empresa ya respondió al informe que le fue solicitado.

Para Stivens, llevar el caso ante CONAPRED es parte de una estrategia para que la discusión deje de verse como un simple problema de mantenimiento.

“No es solamente un tema de comodidad, sino que esto ya se traslada a un ámbito que impacta derechos, porque si bien es cierto que Cinépolis es un ente privado, como abogado sé que también están obligados a respetar derechos humanos”. 

Por ahora, explica, no ha llevado el caso ante otros tribunales. También acudió al Ayuntamiento de Othón P. Blanco, debido a las disposiciones municipales relacionadas con la accesibilidad de espacios privados que prestan servicios al público.

Las salas de cine como parte del derecho a la cultura

Para Stivens, el caso no se reduce a la infraestructura de una sala. La discusión involucra el derecho a la accesibilidad y a participar en la vida cultural, reconocidos en los artículos 9 y 30 de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad (CDPD). También señala el artículo 4º de la Constitución, sobre el derecho a la cultura, y el artículo 1º, que establece el marco de protección de los derechos humanos y la prohibición de discriminación.

“El tema de derechos, decíamos cultura, el derecho a la cultura, artículo 30 de la Convención, artículo cuarto de la Constitución, que habla también del derecho a la cultura, la obligación de todas las personas de respetar derechos humanos, de garantizarlos, incluyendo a lo que te decía que son los privados, las empresas, los privados, eso lo establece el artículo primero de la Constitución”.

A esto se suma la Ley General para la Inclusión de las Personas con Discapacidad, que establece obligaciones en materia de accesibilidad, y la Ley Federal de Protección al Consumidor, que contempla la protección de las personas con discapacidad frente a condiciones que reduzcan sus derechos como consumidoras. Para Stivens, esto es relevante porque Cinépolis es una empresa privada que presta un servicio abierto al público.

“El tema del derecho a la accesibilidad, que decíamos del artículo 9º de la Convención, y el tema de la participación social y la vida independiente. La Ley General de Inclusión también establece obligaciones”.

Para Stivens, la controversia está en que permitir la entrada no necesariamente significa garantizar igualdad. Sostiene que si una persona con discapacidad sólo puede ocupar una zona que resulta incómoda, mientras el resto de los consumidores puede elegir entre distintas filas, existe una desventaja que debe ser analizada.

“Es neutral porque, bueno, pues tratamos a todos por igual, ahí está, pueden entrar, ahí está el lugar, pero el disponer de ese lugar que no es el idóneo para las personas con discapacidad, entonces genera un efecto discriminatorio”.

Cuando una medida aparentemente equitativa produce una desventaja

Stivens define lo ocurrido como una posible forma de discriminación indirecta. La diferencia, explica, es que Cinépolis no está diciendo formalmente que una persona con discapacidad no pueda entrar. Puede comprar su boleto, ingresar a la sala y ocupar el espacio reservado.

El problema, sostiene, está en que una medida aparentemente neutral puede producir una desventaja para un grupo específico.

En su lectura, esto también representa una regresividad en las condiciones de accesibilidad, porque anteriormente existía una alternativa que permitía acceder a las filas intermedias.

Ahí introduce otro concepto: la diferencia entre igualdad formal e igualdad sustantiva.

“No hay consumidores de primera ni de segunda”

La discusión también alcanza los derechos de las personas consumidoras. Stivens señala que todas las personas pagan por el mismo servicio, pero no todas tienen las mismas posibilidades de elegir dónde disfrutarlo.

Para él, las opciones terminan siendo muy concretas: aceptar una ubicación que puede resultar incómoda o renunciar a la función.

“Imagínate, lo que pasa son dos cosas. O no entran y mejor se van, regresan a su casa: ‘No puedo yo estar allá, es incómodo, me lastima’. O la otra es, pues, ‘ok, ni modo, sólo aquí puedo estar’. (…) Y te cobran lo mismo, aparte de eso, te cobran lo mismo”.

Por eso, su planteamiento no se limita a reparar el elevador. También habla de buscar medidas que permitan recuperar condiciones de acceso equivalentes.

“Lo caro del boleto es igual. En el caso, simplemente repara el elevador y ya. O, en su caso, implementar medidas sustantivas, como te digo, o sea, rampas (…) pero tienen los recursos para hacerlo”.

La idea que resume su reclamo es sencilla:

“No hay consumidores de primera ni de segunda. No hay consumidores de primera ni de segunda. Todos son humanos y todos pagan el mismo precio del mismo boleto”. 

¿Un problema de un cine o de una cadena?

La queja presentada ante CONAPRED corresponde a la sucursal de Cinépolis Plaza Las Américas, en Chetumal. Sin embargo, a partir de lo ocurrido, Stivens comenzó a revisar la distribución de los espacios reservados para personas usuarias de silla de ruedas en otras sucursales de la cadena.

Según lo que encontró, no todas funcionan de la misma manera. Mientras en algunas sucursales los espacios reservados se encuentran en filas intermedias, en otras aparecen ubicados en la primera fila. Durante la entrevista menciona casos que identificó en Pachuca, Chiapas y Playa del Carmen, entre otros.

Para él, esta diferencia abre una pregunta que rebasa el caso de Chetumal: ¿qué criterios utiliza una cadena de alcance nacional para determinar dónde deben ubicarse los espacios destinados a personas usuarias de silla de ruedas?

“Esto no es un tema local. Esto ya está siendo una decisión corporativa de los cines o, en este caso, parte de Cinépolis, que está contemplando, tomando estas decisiones, pero están afectando derechos”.

Lo señalado por Stivens sobre otras sucursales forma parte de la información que él ha recabado y no de la queja actualmente en trámite ante CONAPRED, que corresponde a la sucursal de Chetumal. El procedimiento ante el Consejo continúa y aún no existe una resolución que determine que Cinépolis haya incurrido en discriminación.

Seguridad, accesibilidad y las alternativas que sí existen

Uno de los argumentos que, según Stivens, puede aparecer alrededor del retiro del elevador es el de seguridad y protección civil.

Su respuesta es que la seguridad no debería convertirse en una razón para excluir a las personas con discapacidad, sino en un ámbito que también debe diseñarse de manera inclusiva.

Entre las alternativas que menciona están las rampas, plataformas salvaescaleras y sillas de evacuación. También plantea la posibilidad de realizar diagnósticos de accesibilidad para encontrar soluciones adecuadas según las características de cada sala.

“Seguridad y protección civil no pueden estar peleadas, o sea, no puedes decir: ‘ah, pues por seguridad voy a excluir’. No, sino que seguridad y protección civil tienen que incluir, tienen que ser armonizadas”. 

Para él, no necesariamente existe una única solución para todas las salas. Lo que no debería ocurrir, sostiene, es eliminar una medida de accesibilidad sin ofrecer una alternativa equivalente. 

Una sala accesible también tiene que ofrecer una experiencia accesible

La discusión sobre el cine tampoco se limita a las personas usuarias de silla de ruedas.

Stivens señala que la accesibilidad debe considerar diferentes necesidades, entre ellas las de personas con discapacidad visual, auditiva e intelectual. Habla de recursos como la audiodescripción, el subtitulado y las funciones relajadas.

Su planteamiento parte de una idea: la accesibilidad no termina cuando una persona consigue entrar.

“Si hay un ente privado que presta servicios al público, debe de cumplir con condiciones de accesibilidad, pero no solo accesibilidad de decir: ‘ah, está, mira, puedes entrar y ese es el lugar’. No, sino que ese lugar sea el idóneo”. 

Y en un cine, dice, eso tiene una relación directa con aquello por lo que una persona está pagando: la experiencia de ver una película.

“¿Qué es lo primero que tú analizas o buscas cuando pagas para ir al cine? La experiencia cinematográfica, ¿no? De que disfrutes la película”.

Por eso considera que colocar a una persona en un espacio que le provoca dolor, fatiga o una posición incómoda no puede considerarse automáticamente una solución de accesibilidad.

Las personas con discapacidad también tienen derecho al ocio

La controversia de Chetumal termina abriendo una discusión que para Stivens rebasa las leyes, los reglamentos y la infraestructura.

Habla de teatros, conciertos, museos, espectáculos deportivos y centros nocturnos. En algunos encuentra avances y buenas prácticas, mientras que en otros observa barreras relacionadas con la ubicación o la cantidad de espacios accesibles.

También reconoce que no todas las necesidades son iguales. En un teatro o concierto, por ejemplo, una primera fila puede ser una buena ubicación para una persona con discapacidad, mientras que en una sala de cine convencional puede suceder lo contrario por la cercanía con la pantalla.

“La accesibilidad no solo es para personas en silla de ruedas, no solo es una rampa. Como tú bien dices, la accesibilidad es la posibilidad de que todas, tanto personas con discapacidad visual, auditiva, incluso hasta intelectual, con estas funciones relajadas, pues puedan entrar al cine”.

Pero el fondo de su postura está en algo todavía más amplio: el derecho a ocupar los mismos espacios de ocio y entretenimiento que el resto de la población.

“La idea es que las personas con discapacidad podemos estar en los lugares donde todos se divierten, donde todos se entretienen, donde todos tienen ocio, tienen recreación. Y quitar esa idea o esos prejuicios de que únicamente las personas con discapacidad debemos estar tomando terapias, debemos estar recibiendo medicamentos, como ese modelo médico rehabilitador”.

Desde su perspectiva, la discapacidad también forma parte de la vida cotidiana y, por lo tanto, participar en espacios recreativos y culturales debería ser parte de esa vida.

El expediente de CONAPRED seguirá su curso. Para Stivens, sin embargo, el caso que comenzó con la desaparición de un elevador plantea una discusión mucho más amplia sobre la manera en que se concibe la accesibilidad en los espacios de entretenimiento.

“No es una causa únicamente de Arnold, o sea, no es un tema únicamente de Arnold como activista, sino que es un impacto que puede beneficiar a (…) todo el colectivo a nivel nacional de personas con discapacidad”.