01 de Enero de 2026

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#CuidadosSÍAPOYOSTambién: “Llevarme de la mano”; los apoyos como trama de vida, autonomía y dignidad

Fecha de publicación: 07/Julio/2025 | Autor: Gabriela Bruno

Gabriela Bruno, comunicadora y psicóloga social

Dimensionar los apoyos; ¡qué tarea!; cotidiana y necesaria. Quienes vivimos con discapacidad presentamos, por lo general, la necesidad de apoyos. Pero nombrarlo de ese modo es una decisión política, una posición ética, un ejercicio de ciudadanía.

Nací con discapacidad física: me falta la pierna izquierda completa y media pierna derecha. A mis 18 meses, fui “equipada” con una prótesis que me permitió caminar. Ese fue mi primer apoyo específico. Desde muy chica me supe diferente y tuve registro de esa diferencia. No siempre supe cómo lidiar con ella, pero sí aprendí a convivir. Parte de esa diferencia visible estaba en la necesidad constante de ayuda: para ir al baño en la escuela, para subirme a la bicicleta de mis amigas, para usar espacios cotidianos como la cocina, el lavamanos o alcanzar la luz: todo me quedaba alto. Siempre buscaba alternativas para resolverlo.

Así, encontrábamos una pared baja para poder subirme a la bici, una silla para alcanzar la cocina, un banquito para cepillarme los dientes, o un zapato de mi mamá para prender y apagar la luz. Claramente había cosas que podía resolver de esa forma, con adecuaciones funcionales que elegía y que me devolvían control sobre mi cuerpo y mis movimientos.

Hay una anécdota que siempre cuenta mi mamá: cuando me caía, yo no dejaba que nadie me levantara y decía: “déjame, que yo puedo”. ¡Claro! Esa frase encerraba una clave poderosa: déjame que yo puedo a mi forma. Ahí está el núcleo de la autonomía para muchas personas con discapacidad; no es negar la dependencia, sino reconocerla, habitarla y transformarla. Cuando puedo resolver algo, quiero hacerlo a mi ritmo, de la manera que considero mejor, construyendo las estrategias que me funcionan.

Crecí sostenida por una gran trama afectiva que me permitió y me posibilitó ser quien soy. Siempre tuve carácter para marcar límites, y esa también es una de las claves fundamentales de los apoyos. Porque parece que cuando pedimos ayuda tenemos que aceptar que sea como el otro quiera, cuando quiera. Pero uno de los grandes desafíos es decir cómo queremos ese apoyo, enseñar ese “cómo” y también ese “cuándo”.

Siempre rescato, en ese tejido de afectos que me sostuvo, el papel de las mamás y papás de mis amigas y amigos. Fueron quienes me buscaron, me invitaron, me acompañaron. Para los cumpleaños, para hacer la tarea, para tomar la leche. Con esas actitudes marcaron una huella profunda: entendieron que yo tenía que estar. Que era amiga de sus hijos. Que necesitaba apoyos para que ese “estar” sucediera, como traslados —que a veces mis padres podían gestionar y otras no—, ayuda para ir al baño, para sentarme, para participar en los juegos.

Con el tiempo naturalicé los apoyos tanto como se fue intensificando mi necesidad de ellos, a medida que fui desplegando una vida social activa. Claramente el entorno social no está hecho para todas las corporalidades, ni para todas las formas de habitar el tiempo y el espacio.

Un ejemplo muy claro es algo tan simple —y a la vez tan profundo— como darme la mano. Para mí, dar la mano no es solo un gesto social: es uno de mis apoyos más importantes para poder caminar. Quienes me conocen, al encontrarnos, automáticamente me extienden la mano para facilitar mi desplazamiento. Es un contrato tácito, un acuerdo corporal con quienes acompañan mi estar en el mundo.

Recuerdo una vez en el trabajo. Una jefa y amiga le explicaba a otra persona cómo hacerlo. Le dijo: “tienes que poner la mano firme, no blanda, para que ella pueda traccionar y dar el paso”. Me emocionó su comprensión: no se trata solo de dar la mano, sino de cómo darla, de entender qué necesito y respetarlo. Ese detalle técnico es también un gesto profundo de atención y respeto.

También recuerdo un saludo de cumpleaños que me abrazó el alma: una amiga me dijo “quiero llevarte siempre de la mano”. Y supe, en ese instante, que ese deseo no era solo físico: era político, emocional, existencial. Llevarme de la mano significa acompañarme en el camino, ser mi apoyo, sostenerme y dejarse sostener.

Como dice Judith Butler, “la interdependencia es la condición de posibilidad de la vida misma” (2010). Nadie es autosuficiente. La verdadera autonomía no es hacer todo sola, sino poder decidir cómo quiero vivir, con quién, de qué manera, con qué apoyos.

Desde hace más de diez años, la mayor parte del tiempo fuera de casa me desplazo en silla de ruedas. Eso implicó nuevos aprendizajes para mí y para quienes me rodean. Los apoyos, en mi vida, son una necesidad indispensable. Son condición de posibilidad para mi autonomía, mi libertad y mis derechos. Gracias a su presencia y complicidad, puedo habitar la sociedad de forma plena, sin renunciar a mi voz, a mis decisiones, ni a mi deseo de vivir con alegría y dignidad.

A veces, hay personas que se me acercan con admiración o curiosidad y me preguntan cómo logro construir vínculos tan sólidos y amorosos con quienes me acompañan. Les explico que no son “asistentes” en el sentido tradicional. Con quienes me apoyan compartimos afecto, escucha, respeto y construcción conjunta.

Con mis apoyos comparto decisiones cotidianas, charlas profundas y risas inesperadas. Me acompañan a encuentros, asambleas, hospitales, actos públicos, o simplemente a tomar un café. No me reducen a mis necesidades funcionales: reconocen mi humanidad entera, y yo reconozco la suya. Juntos, removemos la lógica capacitista cada día. Este entramado de apoyos no es solo una herramienta para “compensar” lo que falta: es una forma de justicia.

Hablar de apoyos en clave de derechos es reconocer que todas las personas necesitamos a otras para vivir. La autonomía no es aislamiento: es interdependencia. Y cuando esa interdependencia se vive con respeto, se transforma en potencia.

Ante la marginación, infantilización o representación de las personas con discapacidad como sujetos tristes o pasivos, nosotras respondemos con afecto político, con redes de sostén, con el lujo radical de construir comunidad. Como dice Karina Bidaseca, necesitamos una “epistemología de la ternura radical”, que nos permita pensar el cuidado, el acompañamiento y la resistencia como formas legítimas de producir justicia y conocimiento.

Gabriela Bruno es psicóloga social. Comunicadora. Secretaria de Discapacidad del Partido Socialista Argentino. Activista por los Derechos de las Personas con Discapacidad.

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