Opinión
Abuelitas cuidadoras
Fecha de publicación: 22/Agosto/2025 | Autor: María Elena Esparza Guevara
En México, millones de abuelas viven una realidad que contradice la celebración del día en su honor (celebrado cada 28 de agosto) al ser cuidadoras sin derecho a ser cuidadas y guardianas de una sociedad que las relegó al trabajo no remunerado, sin tiempo para descansar.
Del total de personas cuidadoras de 15 a 60 años, el 76.4 por ciento son mujeres, según datos de la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos (Conasami). Esta cifra revela que el cuidado sigue siendo territorio femenino por imposición, no tanto por elección; el problema se agudiza cuando las cuidadoras envejecen sin haber tenido acceso a sistemas de protección social que las amparen en su vejez.
En México, en 2024, se contaron 9.3 millones de mujeres mayores de 60 años, según el Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (INAPAM), pero ¿cuántas de ellas llegaron a esta edad sacrificando décadas de su vida al cuidado no remunerado? La respuesta está en los datos laborales: el 56.3 por ciento de mujeres cuidadoras participa en el mercado laboral, contra un 93.9 por ciento de los hombres cuidadores. Esta brecha no solo refleja desigualdad de género, sino el precio que las mujeres pagan en términos de independencia económica y acceso a pensiones.
Las abuelas enfrentan una doble vulnerabilidad: por un lado, cargan con la responsabilidad de atender a personas con discapacidad sin recibir capacitación ni remuneración; por otro, llegan a su propia vejez sin ahorros, sin pensión y con un deterioro físico y mental producto de décadas de sobrecarga. Hay 58.6 millones de personas susceptibles de recibir cuidados en el país, un universo que incluye desde niños hasta personas mayores y con discapacidad, creando una cadena de cuidado donde las mujeres sostienen el sistema sin contar con una red de protección.
Esta situación es el resultado de problemas estructurales profundos. La ausencia de un sistema público de cuidados obliga a las familias —específicamente a las mujeres— a asumir estas responsabilidades de manera privada. La falta de servicios públicos de atención, la precarización del trabajo femenino y la persistencia de roles de género tradicionales crean un cóctel tóxico donde las abuelas se convierten en cuidadoras perpetuas.
El impacto en su salud mental es devastador, pero invisible. Ellas experimentan aislamiento social, depresión, ansiedad y agotamiento crónico, condiciones que se agravan con la edad sin que existan políticas públicas específicas para atenderlas. Su derecho al descanso, garantizado en la Constitución, desaparece en el día a día del cuidado ininterrumpido.
La conexión entre envejecimiento y discapacidad se vuelve más intensa cuando las cuidadoras desarrollan sus propias limitaciones funcionales por el desgaste físico y emocional. Muchas llegan a ser personas con algún tipo de discapacidad motriz, auditiva o visual que requieren cuidados, pero siguen siendo las responsables del cuidado de otras y otros, lo cual perpetúa un ciclo de vulnerabilidad de generación en generación.
Hablar sobre las abuelas cuidadoras implica cuestionar a una sociedad que privatiza el cuidado, feminiza la responsabilidad y masculiniza los derechos. Mientras no haya sistemas de cuidado universales, seguiremos condenando a generaciones de mujeres a un envejecimiento sin dignidad, donde su único patrimonio será el cansancio acumulado de haber cuidado a todos, menos a sí mismas.





