Por Bárbara Anderson

Elon Musk se pasea por un corral con una cerda. Se llama Gertrude y él le acaricia la cabeza y comienza a hablar sobre medicina, medicina biotecnológica que permitiría poder controlar desde una computadora ciertas áreas del cerebro. 

“Así funcionan los chips de Neuralink en el cerebro de un cerdo, es como un Fitbit para el cráneo con pequeños cables”, trata de explicar quien es ya el emprendedor más carismático y audaz del mundo tecnológico. 

Este año sorprendió con su empresa SpaceX cuando llevó y trajo de regreso en sus cohetes espaciales privados a los astronautas de la NASA hasta la Estación Espacial Internacional. Y también ha sido el año donde su marca más famosa -Tesla- se convirtió en la compañía automotriz más valiosa del mundo, pateando el tablero de firmas centenarias con sus coches eléctricos. 

Pero lo de la semana pasada fue sin dudas uno de sus golpes más mediáticos al demostrar finalmente en una fase experimental que sí es posible comunicarse con el cerebro vía wifi con una computadora. A sus productos se les conoce científicamente como los Brain-Machine Interfaces (BMI), aunque él (gran vendedor) los ha bautizado los “cordones neurales”. 

Gertrude lleva dos meses con un chip implantado en su cabeza que ha comenzado a registrar las señales eléctricas del área de su cerebro vinculadas con su hocico (uno de los órganos que más conexiones cerebrales tienen los cerdos por su enorme poder sensorial). 

Cuando Gertrude huele heno de la mano de Elon Musk inmediatamente se escuchan en una computadora ruidos, chillidos que indican que ese hocico está enviando señales a las neuronas. 

Este no es el primer invento, ni el primer proyecto médico que trata de obtener o emitir señales al cerebro, pero ninguno cuenta con el glamour de ser parte del ‘Universo Musk’. 

Ya existen dispositivos que se conectan al cerebro (deep brain stimulations) de diferentes marcas de biodispositivos que permiten conectar electrodos en el cerebro mediante neurocirugía y que emiten señales que pueden ayudar a inhibir movimientos involuntarios, epilepsia o algunos casos de distonía. 

De hecho ya existe una organización en Estados Unidos investigando permanentemente con neurocirujanos y pacientes con diferentes discapacidades: se trata de BrainGate

“No creo que haya nada revolucionario en esa presentación, pero están superando los desafíos de ingeniería de colocar múltiples electrodos en el cerebro”, dijo Andrew Jackson, profesor de interfaces neuronales de la Universidad de Newcastle y autor en el Science Media Center de Reino Unido, una institución que trabaja en tratar de hacer accesibles explicaciones científicas complejas.

Aún en fase experimental

Más allá de la presentación con Gertrude que dio la vuelta al mundo, hay mucho que está ‘pendiente’ del cordón neuronal de Elon Musk. 

Tiene que resolver algunos problemas técnicos como crear electrodos tan finos que no afecten el tejido neurológico y que sean muy durables. 

De hecho en la presentación de Neuralink de la semana pasada, se presentó además del chip cerebral, a un robot neuroquirúrgico que introduce los ‘cables’ desde un pequeño orificio en el cráneo hasta tocar la capa cerebral. 

La verdadera magia se activa cuando la información comienza a salir del cerebro y un software especial comienza a detectar patrones cuando las neuronas comienzan a emitir señales tras ciertos impulsos. 

Antes de Gertrude, el chip de Neuralink fue probado (dicen que con éxito) en ratas y monos. Estos fueron capaces de mover cursores en pantallas con él impulsados de manera inversa desde una computadora. 

El siguiente paso (como en el caso de las vacunas) es comenzar la Fase 3 de experimentación, esta vez ya con humanos para que la Administración de Drogas y Alimentos de Estados Unidos (FDA) le apruebe o no el uso comercial de este dispositivo. 

El primer objetivo, las primeras pruebas médicas se harían con voluntarios con parálisis cerebral o ceguera, tanto para recuperar movimientos como la visión. 

Muchos científicos, entre ellos Jackson dijeron en sus cuentas de Twitter durante el anuncio de Neuralink, que “la base de ingeniería se ve sólida pero la neurociencia detrás es mediocre”. 

Elon Musk, que es muy activo en redes sociales contestó: “Desafortunadamente, es común que muchos en el mundo académico subestimen el valor de las ideas y den menos peso al trabajo para llevarlas a cabo. Por ejemplo, la idea de ir a la Luna es trivial, pero llegar a la Luna es difícil”. En otro mensaje dijo, “si esperáramos a las revisiones de expertos sobre el Tesla, todavía estaríamos esperando el producto. Constrúyelo y ellos vendrán. Esa es la diferencia entre un académico (los que pueden, hacen; y los que no pueden, enseñan) y un visionario industrial que hace las cosas”.

Lo cierto es que Elon Musk (49 años) ya le demostró ni más ni menos que a la NASA que los cohetes pueden ser reutilizables -algo impensable para sus equipos técnicos- y que los autos eléctricos son viables comercialmente. 

Tal vez la neurología moderna necesitaba un gran impulsor y hacer de proyectos como él para dejar de estar en los laboratorios para convertirse en oportunidades palpables y usables. 

Uno de los grandes frenos a los avances en medicina (lo vemos ahora con las vacunas y el COVID-19) es el alto costo que conllevan las pruebas médicas finales, lo que muchas veces entierra buenas ideas en estantes académicos. 

Tal vez Elon Musk (hoy el cuarto hombre más rico del planeta) era lo que se necesitaba para acelerar esta última milla.


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