Por Bárbara Anderson

Guadalupe Rivera empezó a estudiar la primaria a los 29 años. El mes que viene, con 49, comenzará la universidad. 

Ella tiene parálisis cerebral y desde su silla de ruedas (y siempre bien maquillada) me suelta una frase que se atora en mi garganta, “no importa el tiempo. Nadie, ni yo, tenemos obstáculos que no podamos vencer si así lo queremos”. 

Ella quiso siempre ser maestra o licenciada en Educación, porque sabe que esa es la mejor rampa, el mejor bastón, la mejor andadera para ser felices. 

Lupita. Así la conocen todos en la Asociación Pro Personas Con Parálisis Cerebral (APAC) donde llegó hace 15 años buscando rehabilitación física y donde pudo además estudiar. 

“¿Por qué empecé la primaria a los casi 30 años? Porque no hubo ninguna escuela con un baño que permitiera que entrara con alguien más que me ayude a pararme. Yo no lo puedo hacer sola. Ese fue mi principal obstáculo”, recuerda mientras se seca las lágrimas. 

Un vecino, que era maestro del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA), comenzó a acercarle materiales a su familia para que aprendiera lo básico. En ocho meses terminó la primaria y ya tenía sed de seguir estudiando. 

“La secundaria la comencé con 33 años, cuando llegué a APAC y la terminé en 4 años, porque en esos momentos le dediqué más tiempo a mis terapias físicas y porque también había encontrado un lugar donde platicar con amigos”, me cuenta. Continuó luego con la preparatoria abierta, pero solo logró pasar siete exámenes porque el método era complejo y el inglés se había vuelto en su materia más difícil. 

“Afortunadamente llegó la modalidad de Prepa en Línea y mis maestras Julia y Nury me animaron a que me anotaran. Ellas me ayudarían con alguna computadora en APAC y el resto lo podía hacer en mi casa”, cuenta mientras su mamá Guadalupe, ya anciana, la mira con ojos emocionados desde la otra punta de la mesa. “Yo siempre digo que nosotros no somos especiales, los especiales son ellos, nuestros padres. Sin mi mamá, sin mi papá ni mis hermanos yo no hubiera llegado hasta hoy, hasta la universidad”. 

Originarios de Michoacán, tuvieron a Guadalupe y luego dos hijos más. No cesaron nunca en probar terapias o médicos diferentes pero sobre todo en incluirla en todo lo que hacían: paseos, fiestas, actividades y proyectos. “Ellos desde niños les inculcaron que me tenían que ayudar y por eso yo también quiero ser una persona con una carrera para decirle gracias a mi familia por todo lo que me han dado (llora). Mi hermano David hoy me ayuda a todo: me baña, me lleva al baño, me para, y todo lo que yo necesito”, agrega. 

La futura licenciada

Hace unos meses, cuando vía ZOOM, APAC hizo el acto de cierre escolar, Lupita dio un discurso que nos hizo llorar a todos los que estábamos conectados. Ella dijo que iba a entrar a la universidad, a sus 49 años y todo. 

En ese momento, le llamé a la directora general de la Asociación y le dije que teníamos que conseguirlo. Que en este momento de incertidumbre y encierro, le teníamos que regalar certeza y libertad. 

Sobre todo –pensaba yo, en mi optimismo crónico– ahora que todas las clases en todos los niveles tienen que ser en línea, ya no hay barreras físicas. Solo necesitamos una computadora, internet y un sí. 

Pero así como no le fue fácil comenzar la primaria, ni cursar la secundaria ni acabar la preparatoria, tampoco lo sería la Universidad. 

Según Inegi, sólo 4.2 % de las mujeres con discapacidad llegan a la universidad. La combinación de brechas de género, discapacidad y educación superior es enorme.

Como ocurría hace 44 años, cuando quiso entrar a la primaria, las respuestas que comenzamos a recibir de universidades eran de buena intención, pero algunas no tenían materiales adaptados (“los adaptamos nosotros”, decíamos), no tenemos experiencia  (“aprovechen ahora para ganarla”), no contamos con becas (porque necesitábamos apoyo económico) o de plano estaban ocupados en cuestiones de COVID con alumnos ‘estándar’ y maestros dedicados a esta nueva normalidad educativa. 

Buena voluntad, pero poca empatía. Y, vale decirlo, nulo apego a la Constitución que dice que la educación es un derecho y desde hace un año ese sustantivo lleva pegado el adjetivo ‘inclusiva’. 

Afortunadamente la UVM, una institución que forma parte de una red internacional de instituciones de altos estudios (Laureate), sí quiso tener el privilegio de enseñarle y de aprender de Lupita. 

En pocas horas aceptaron a una nueva alumna en la Licenciatura de Educación, misma que comienza en unas semanas. 

“Los agradecidos somos nosotros, porque en esta situación actual, hemos detectado que muchos de nuestros alumnos están deprimidos y tu vas a ser su mejor fuente de inspiración para que no se rindan”, dijo Sophie Anaya Levesque, VP de Comunicación y Relaciones Públicas de Laureate México en el ZOOM donde le dimos ‘la sorpresa’ a Lupita de que tenía su lugar en la universidad con una beca completa.

“Yo no voy a dar el 100%… voy a dar el 200% lo prometo”, respondió llorando desde su pantalla Guadalupe. 

Le llevó 30 años cumplir su sueño de llegar a un aula de altos estudios. 

En sus 49 años, un baño en primero de primaria la aisló de la educación. Nadie la vio. Nadie la entendió. Pero ella, un auténtico salmón, no se dejó ganar ni por la desidia, ni por la falta de políticas, ni empatía de funcionarios y maestros. 

“Necesitamos que las autoridades nos ayuden a descubrir cuánto valemos”

Una pequeña entrevista para terminar de conocer más a Guadalupe Rivera: 

¿Qué le dirías a otras personas con discapacidad en estos momentos donde se espera mucha deserción escolar?

No hay obstáculo que no podamos vencer si lo queremos. A todos los niños y jóvenes con discapacidad y sin discapacidad, les digo que luchando, esforzándose y saliendo de nuestra zona de confort, tienen aprender a leer, a conocer los números aunque tengan que leer una y otra y otra vez hasta entender.  El primer obstáculo que tenemos que vencer es con nosotros mismos, con el famoso yo no puedo: sí podemos. Todo se puede esforzándose. 

Quítense de la cabeza esa frase que nos dicen desde niños: pobrecito o pobrecita, él no puede. Está enfermo. No estamos enfermitos y sí podemos. Todo lo podemos lograr si así lo queremos. Si tu lo quieres, tú lo puedes. 

¿Alguna vez fuiste víctima de bullying?

No, nunca sentí que me hicieran bullying directamente. Tal vez el único era el de las escuelas que no me aceptaban, pero yo nunca sentí que nadie se burlara de mí. 

Cuando tenia 15 a 22 años, fui a una casa de encuentros donde se juntaban cada 15 días entre unos 200 a 300 jóvenes y allí yo era la única que iba en silla de ruedas y jamás se burlaron de mi. Cuando los niños o la gente me veía en la calle yo a veces sentía que me veían como ‘animalito raro’ porque hace 35 años era todo muy diferente y la mayoría de las personas con discapacidad eran escondidos y no los sacaban. 

¿Qué crees que necesita México para que todos accedan a la educación? 

El gobierno nos debe voltear a ver. Pero que no nos vean como los pobrecitos a los que nada más nos quieran tranquilizar con una pensión cada dos meses. No, que nos vemos como personas capaces, que tenemos todas las ilusiones para vivir como cualquier mexicano, que nos incluyan en todo. 

Somos seres humanos que tenemos la ilusión de que nos incluyan en todo, que nos hagan sentir personas, no objetos. O incluso a veces como un estorbo para la sociedad. 

Las personas con discapacidad necesitamos sentirnos parte del país, de la sociedad y parte de las familias. Los niños con discapacidad necesitan lo que cualquier otro niño: aprender y jugar. A lo mejor nuestra condición de vida no nos permite correr o jugar futbol, pero nos permiten otras cosas. Tenemos capacidad para otras cosas. Eso es lo que necesitamos: que México, que las autoridades nos vean y pongan más atención en todas las capacidad que sí tenemos, que nos ayuden a descubrir cuánto valemos. 

Muchos no tenemos la capacidad de caminar, o de ver, o de oír o incluso comprender, pero si tenemos la capacidad de amar, de ser amados, de divertirnos, de convivir y por eso mi sueño es trabajar en una institución como APAC para ayudarlos a ser más felices. 

¿Estás a favor de la educación especial o de la educación inclusiva? 

Estoy a favor de ambas. Porque hay niños que tienen discapacidades que son leves, que con mucho gusto compartirían salón en una escuela inclusiva, con niños sin discapacidad. Porque eso les ayudaría a su superación, a entender que no hay que tener barreras, que todos somos iguales. Pero también en educación especial conocen de nuestra condición de vida y nos apoyan con terapias físicas, que no en cualquier escuela estándar pueden dar. 

¿Por qué es importante seguir estudiando?

Porque sé que yo tengo la capacidad, aunque también sé que me va a costar mucho trabajo. Quiero recibirme para luego enseñar a niños con y sin discapacidad a recibir una educación digna. Es fundamental, para que desde el gobierno no nos vean como ignorantes, como personas que no sabemos sobre nuestros derechos y nuestras obligaciones. 

Yo quisiera ser profesora para devolver algo de lo mucho que he recibido a lo largo de mi vida, sobre todo en estos 15 años en APAC donde  me enseñaron a descubrir que yo si podía estudiar, acabar la secundaria, la prepa y ahora la universidad. 

Para que todos las personas con discapacidad vean que sí se puede y que tener una condición de vida diferente no es un obstáculo para lograr lo que una quiere.


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