José María es un hondureño que ha recorrido 2,300 km desde su país para poder entrar a Estados Unidos en busca de un tratamiento que mejore la condición de su hijo con discapacidad

Abraham Reza/Matamoros, Tamaulipas 

El 2 de agosto de 2019 un padre, al que llamaremos José María a petición de él, salió de Candelaria, una ciudad a 284 kilómetros de Tegucigalpa en Honduras, con su hijo Moisés de dos años y medio sobre la espalda. 

Cruzaron El Salvador, luego Guatemala y llegaron hasta Matamoros, Tamaulipas, siguiendo el camino que marcan las vías del tren “La Bestia”. 

El viaje hasta esta ciudad mexicana duró casi 65 días, tiempo en el que caminaban de día y dormían de noche resguardándose en casas de migrantes o en algún bajo puente.

Algunas veces caminaban solos, pero la mayor parte del tiempo lo hicieron acompañados, todo dependía de qué ruta tomaran sus connacionales.

“Nosotros no salimos en caravana, más bien salimos solos y en el camino fuimos haciendo amigos que cada que podían me ayudaban a cargar a Moisés, para mi fue un poco más sencillo, pues nunca faltó la gente que nos diera un aventón, lo complicado era cuando había que subir a los montacargas de los trailers”, recuerda José María de 37 años. 

Para este viaje de 2,300 kilómetros desde Candelaria hasta Matamoros, José María solo trajo una mochila en la que guardó pañales, tres mudas de ropa, dos biberones y las latas de fórmula que fue comprando en el camino para el pequeño Moisés.

José María llegó hasta Matamoros movido por un único interés: cruzar a Estados Unidos (EU) y encontrar un médico que le diga por qué su hijo tiene convulsiones y cuál es el tratamiento a seguir para que su pequeño pueda “caminar, jugar fútbol y sentarse por sí solo”, me dice en la entrevista desde el albergue donde están.

Moisés nació en 2017, y si bien no tuvo ninguna complicación durante el parto (donde los doctores lo habían calificado en excelentes condiciones), a los cuatro días comenzó a convulsionar; “puso los ojos en blanco, su cuerpo temblaba incontrolable y poco a poco parecía que moría”, explica el joven padre. 

Desde entonces José María no sabe qué tiene su hijo, los médicos en su país tampoco lo diagnosticaron y en su corta vida no ha recibido ningún tipo de tratamiento. “Lo llevé con médicos en Honduras y El Salvador, también me acerqué con curanderos y hasta brujos, pero nada, mi hijo nunca dejó de convulsionar, yo creí que en algún momento se iba a morir”, explica. 

A principios de este año, José María llegó con su hijo hasta una clínica en Honduras, donde le dijeron que ahí no podían atenderlo, porque no sabían que tenía el menor, no había un diagnóstico que permitiera tratarlo. “Además de las convulsiones Moisés no puede masticar, ni siquiera logra balbucear y desde aquella primera convulsión jamás volvió a sonreír”, agrega su papá mientras lo atiende solo en su tienda de campaña.  

“Me dijeron que para poder alimentarlo le pondrían una sonda, pero yo no iba a permitir que mutilaran a mi pequeño sin antes buscar otras opciones”. Esa fue la chispa que encendió su necesidad de migrar, una mañana de agosto, incluso sin siquiera escuchar a su esposa. 

“Tomé mis ahorros, una mochila con lo necesario y agarré rumbo, mi mujer solo me dijo que tuviera cuidado y que no mirara hacia atrás, que si ya lo había decidido corriera e hiciera todo lo posible para que nuestro Moisés pudiera tener una vida como cualquier otro niño”, recuerda.

En esta cruzada por la salud de su hijo, quedaron en Candelaria el resto de la familia: su esposa y otra hija de 7 meses. Ella sigue trabajando en el campo y lo poco o mucho que gana lo reparte entre su pequeña y su otro hijo, a quien le manda dinero todos los fines de semana a través de Western Union. 

Durante el viaje hasta Matamoros, Moisés solo ha convulsionado dos veces: la primera en Veracruz y la segunda llegando a Tamaulipas. 

En México el niño no ha recibido ayuda del gobierno, ni de las autoridades migratorias, ni apoyo médico por su condición. 

Migración y discapacidad

Según Carlos Ríos Espinosa, investigador sénior sobre derechos de las personas con discapacidad de Human Rights Watch, existe un gran vacío en el tema de los migrantes con discapacidad porque el gobierno mexicano no cuenta con un sistema adecuado para evaluar e identificar a solicitantes de asilo con discapacidad y problemas de salud crónicos. 

“Si el gobierno no identifica a las personas con discapacidad, no podrá asegurar adecuadamente que accedan a servicios básicos como atención de la salud, alimentos y albergue”, afirma Ríos.

El problema no es menor ya que las quienes solicitan asilo en EU pasan varios días (e incluso meses) en México en espera de una respuesta de las autoridades migratorias, por lo que se les tendría que dar un lugar, “de mínimo accesible”, agrega el especialista. 

Entre agosto y septiembre, Human Rights Watch visitó el albergue para migrantes y solicitantes de asilo que gestiona el Gobierno Federal en Ciudad Juárez y otros tres albergues privados. “En ninguno de los cuatro lugares había instalaciones completamente accesibles para las personas con discapacidad, es decir no cuentan con baños accesibles y cuando empezó a funcionar, todos dormían en colchones en el piso”, explica Ríos, “la obligación es la de proteger los derechos de los solicitantes de asilo con discapacidad y esto incluye evaluar su estado de salud y discapacidad y tomar medidas para impedir que desarrollen nuevas discapacidades”.

México y la inseguridad

El camino para José María no ha sido fácil. El 23 de septiembre caminaba con su hijo y otros migrantes sobre la autopista en el ingreso a la ciudad de Reynosa, en Tamaulipas, cuando dos hombres armados bajaron de una camioneta y los obligaron a subir en la batea.

Les taparon los ojos, les pusieron un paliacate en la boca y los obligaron a viajar acostados durante poco más de una hora, ahí también iba Moisés.

“Nos llevaron a una casa lejos de la ciudad, el calor era insoportable y lo que quedaba de agua no podía beberlo porque era para cuando mi hijo tuviera sed, afortunadamente nunca lloró y tampoco se quejó durante el tiempo que estuvimos ahí, me daba mucho miedo que le hicieran algo”, cuenta José María. 

Estuvieron encerrados cinco días, tiempo en el que los secuestradores exigieron dinero a las familias de los centroamericanos. José María habló poco de ellos, pero los identificó como integrantes del Cártel del Golfo.

“Les marcaban a nuestras familias para pedirles dinero a cambio de no matarnos, yo no les di el número de mi esposa, los otros compañeros de viaje con los que nos secuestraron, sí. Todos los días les marcaban y les exigían depósitos. Realmente pensé que nos matarían o que nos moriríamos de hambre”, cuenta el hondureño mientras llora y abraza a su hijo. José María comenzaba a desesperarse porque la fórmula láctea de toma Moisés estaba por acabarse y su pequeño cada día estaba más delgado así que tuvo que arriesgarse e intentó escapar.

“Solo había dos opciones, dejarme morir con mi pequeño en donde nos tenían secuestrados o intentar escapar con el riesgo de que me mataran en el intento: elegí la de escapar”, expresa.

Así fue. Un día mientras uno de los que los cuidaban dormía, José María se levantó, cargó a su hijo y golpeó en la cabeza a su secuestrador, quien cayó al suelo inconsciente.

“Había dejado la puerta abierta, lo que nunca habían hecho y corrí como nunca y por mucho tiempo, puedo jurar que fueron casi tres horas en las que no me detuve. Ya en un pueblo me acerqué con un señor a pedirle agua y leche, le conté lo que había pasado y se ofreció a traerme hasta Matamoros. En el camino él me aconsejó no acercarme a poner una denuncia, que porque los policías suelen avisar a los mafiosos dónde estamos los migrantes.”, explica. 

Hoy, a dos meses y medio de haber salido de Candelaria, padre e hijo viven en el campamento de migrantes junto a otros mil 800 centroamericanos que está instalado frente a El Puente Internacional Nuevo en Matamoros que conecta con Brownsville, en Texas.

Ahí, entre el mar de casas de campaña el pequeño Moisés duerme con su padre, quien por las tardes lo sube a una hamaca para que él pueda vender “balidas” (una comida típica hondureña, una tortilla embarrada de frijoles y queso). Esta es su única salida laboral para comprar lo que su hijo necesita. 

Moisés es tan querido por todos los integrantes del campamento, que se turnan para cargarlo, ejercitarlo y llevarlo a bañar en el agua del Río Bravo. 

Será en una cita con autoridades migratorias el próximo 4 de noviembre cuando José María sepa si su hijo podrá recibir o no en Estados Unidos el tratamiento por el que salió de su tierra.

“Mientras hay que esperar y tener paciencia, pues lo peor ya pasó”.