Por Bárbara Anderson

L.A. tiene 5 años. Es inquieto, aventado, amante de las emociones fuertes y de los juegos mecánicos.

Su familia decidió llevarlo a Six Flags, al sur de la Ciudad de México.

L.A. no tiene manos, pero eso no ha sido una limitante en ninguna de las actividades que realiza ni en su escolarización. Pero sí para acceder al 80% de los juegos de este centro de atracciones.

Su discapacidad es visible, sin dudas,  pero no para el encargado de la boletería del parque que, sin fijarse en sus clientes, les vendió a su familia tres pases VIP por 3 mil pesos.

En el segundo ‘filtro’ de acceso, que es ni más ni menos que la tienda donde todos los clientes se colocan una pulsera para acceder a los juegos, el segundo empleado nota la falta de manos, y para que no caiga su pase se lo colocaron en el tobillo.

L.A. se sube a su juego favorito: Aquaman. No una sino ¡tres veces!. “Justo en la tercera vuelta, ya sentado en el carrito con su papá, sin tacto los bajan y le dicen: el niño no se puede subir porque no tiene manos, de acuerdo al reglamento no se puede subir”, recuerda Cecilia Arce, su mamá.

Recién en ese momento, 3 mil pesos y tres juegos más tarde, un empleado saca una ‘Guía de Seguridad y Accesibilidad’ donde dice, entre otras restricciones de uso, que no pueden utilizar esa atracción personas sin miembros superiores o inferiores.

Sus padres recorrieron todo el parque esa tarde del 19 de mayo y descubrieron que sólo podían usar 20% de todos los juegos mecánicos. “Esta información no está disponible a la vista en el acceso al parque; ni en la boletería, ni en el cuarto de las pulseras y cuesta ubicarla dentro de la página web”, agrega Arce.

“Para garantizar la seguridad de los visitantes, personas con ciertas discapacidades no pueden acceder a algunos juegos o atracciones, nuestra Guía de Accesibilidad incluye todas las restricciones de acuerdo a cada caso, y éstas están estipuladas por los fabricantes de cada uno de los juegos y de acuerdo a los requisitos de la Ley Federal Estadounidense de Discapacidad. Nuestras políticas y procedimientos se personalizan y se desarrollan para la seguridad de todos nuestros visitantes mismas que se revisan y ajustan de forma regular”, nos respondió Lorena Zamora, senior Manager of Public Relations and Government Affairs de Six Flags México.

“Cada usuario debe ser capaz de permanecer sentado con una postura correcta y contar con la suficiente fuerza en el cuerpo para sujetarse durante el recorrido del juego. En adición a esto, deben tener un brazo completo con mano funcional, una pierna completa, no se permite el uso de yeso en pierna y bota inmovilizadora”, agregó.

Ser un establecimiento inclusivo no significa solamente contar con una Guía de Accesibilidad; se requiere de un plan completo de capacitación del personal para que cada uno de los empleados que tenga contacto con una persona con discapacidad conozca las normas de seguridad, y también el modo y sentido común para tratar con respeto y sensibilidad a cada cliente.

“Después de pedir por el encargado del parque, la primera respuesta que me dió fue ‘¿cómo podemos arreglarlo?’, para desactivar mi queja. Solo le dije que no era cuestión de dinero, sino que enseñe a sus empleados cómo evitar una situación tan desafortunada, misma que nadie detectó a la hora de cobrar ni de colocar las pulseras”, agrega Cecilia Arce.

Denunciar para  poder divertirse

A fines de 2016 a mí me ocurrió una situación similar. Llevé a mi hijo (5 años) al centro de diversiones Recórcholis de Plaza Toreo.

Luego de venderme el pase, no me permitieron usar los juegos “porque solo puede ingresar a las atracciones los niños, no los adultos”. Su parálisis cerebral le impide aún mantenerse por sí mismo, así que si no lo cargo no podría acceder a ningún juego.

Libro de quejas ausente y encargado del local sin contexto ni respuestas de sentido común, decidí quejarme en Twitter, lo que generó un ataque masivo de mensajes de odio contra mí y mi hijo.

Recórcholis pidió disculpas, tarde y sin mucha manera de apagar el incendio en redes sociales.

Lo que sí conseguí -tras denunciar mi caso ante Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco) y el Consejo Nacional para Prevenir y Eliminar la Discriminación (Conapred)- fue que estas dos instancias del gobierno federal firmaron un Convenio de Colaboración (el segundo había tenido un antecedente de 2014) para que los lineamientos de accesibilidad y no discriminación para personas con discapacidad sean otro de los puntos a revisar por los inspectores de la Profeco.

Una de las primeras acciones fue la creación de un “Decálogo contra la discriminación en las relaciones de consumo” que la Profeco impulsaría con las organizaciones empresariales, gobiernos estatales, instituciones académicas y empresas de diversos giros para que en todos los establecimientos se privilegie la inclusión y se eviten acciones que atenten contra la dignidad de las personas.

Recuerdo que el Procurador en ese momento, Ernesto Nemer, dijo en su discurso que iba a instruir a sus equipos que pusieran el mismo empeño en multar a un establecimiento tanto por no tener los precios de sus productos a la vista, como como por no contar con las normas de accesibilidad y las especificaciones para la atención de personas con discapacidad.

Tal vez sería el momento de regresar con la Profeco para conocer cuánto se ha mantenido de aquel Convenio y de su cumplimiento.

Porque el convenio también obligaba a las empresas que tuvieran denuncias a capacitar a sus empleados bajo las normas de Conapred.

No solo es cuestión, nuevamente, de Manuales y Guías: es una cuestión de sentido común y sensibilización que supera a los temas impresos en un libro.