Por Ricardo Blanco*

¡Qué maravilla el futuro!, lleno de sueños e ideas por perdurar y nacer. La tecnología es lo que nos ha permitido transformar nuestro entorno. Las herramientas que permiten hacer que una especie con pulgares opuestos, capacidad de habla y una inteligencia (a veces cuestionable) diseñe su mundo a conciencia e inconsciente de los efectos que tendrán.

El futuro parte de las condiciones presentes asociado a sus herramientas. Cada época ha tenido su avance: la agricultura, el bronce, las matemáticas, la astronomía, la pólvora, el vapor, la termodinámica, los combustibles, la electricidad. Hoy llevamos una navaja suiza que nos permite acceder a información útil cuando la precisamos: el celular. 

Hemos buscado hacer del ser humano un superhumano, lo hemos logrado. Eso trae nuevos paradigmas hacia nuestro camino para colonizar Marte, para salvarnos del uso desproporcionado de energéticos no renovables. Suena positivo, pero es más un tema de ingeniería que de filosofía.

Cuando nacía el internet uno de sus padres fundadores, la mente detrás del protocolo de transferencia que permite que dos computadoras o más se hablen y entiendan entre ellas, tenía una razón de peso para crear y proteger su creación. Su impedimento físico, deficiencia auditiva,  lo acercó a crear una herramienta, un protocolo, que permite a millones comunicarse e informarse por infinidad de formatos: audio, video, imágenes, memes y textos.  

Es así que otros grandes aciertos del desarrollo tecnológico han venido de personas que llegaron a vivir o convivir con personas que requerían de un apoyo extra para desplazarse, comunicarse o insertarse de mejor forma en la sociedad en la que tuvieron a bien nacer. Esto es importante porque para el 2050 hay una serie de transformaciones que vienen acompañadas de desarrollos tecnológicos con un alcance global. 

Cuando pienso en tecnología para el desarrollo no solo pienso en comunidades generales, también pienso en grupos vulnerables, grupos de personas menos afortunadas a disfrutar lo que la mayoría puede utilizar de forma más o menos orgánica. La hipercomunicación nos ha acercado a más información, si bien es difícil limpiar lo que nos es útil de lo que no lo es, tenemos claro que la forma de interactuar entre nosotros con un teléfono móvil ha cambiado profundamente a nuestra sociedad. La economía de escala alrededor de la reducción de procesadores, sensores y, en cierta medida, baterías trae beneficios que se pueden aplicar a muchas personas. 

Veo un futuro prometedor lleno de retos, porque mientras intentamos hacer superhumanos, los avances que nos permiten a nosotros alcanzar este nivel extremo, son principalmente herramientas que acercan a más personas con discapacidad a tener un estilo de vida promedio.  Ya tenemos los teléfonos celulares, ya tenemos los sensores de video, el desarrollo de máquinas procesando datos de manera remota gracias a la conectividad está listo, ahora falta conectar A con B. Aquí entran los chips que conectan al cerebro con los sensores y estos con el procesamiento de esos datos.

Neuralink y otras empresas están trabajando de manera acelerada para que el 2050 sea una década en la que más personas tengan acceso a las cirugías y la tecnología que resuelva enfermedades o atienda necesidades puntuales de desarrollo neuronal. Al mismo tiempo, los exoesqueletos y el desarrollo en baterías permitirá a varios una movilidad y fuerza inimaginable, pero esto abre la puerta de uso a personas con movilidad restringida al igual que a personas que se pueden desplazar con mayor facilidad (a menos de que vayan viendo el celular). 

En 2050 tendremos visores de realidad virtual y lentes de realidad aumentada dándonos oportunidades de aprendizaje y desplazamiento. Podremos utilizar comandos de voz más estables y controlar recursos del hogar con palabras y movimientos. Todo esto es técnicamente posible, pero también todo esto se afrontará a lo más difícil de predecir: las consecuencias del diálogo entre humanos para ver a quiénes permitir el acceso primario a estos avances, las consecuencias del uso (adecuado e inadecuado) de los mismos.  A nivel filosófico, una mayor discusión e inversión en el entendernos como seres humanos en cotidianidad y empatía, no únicamente como sociedad (con recursos) que puede controlar su entorno. 

Mi sueño es que al ver partir las naves con superhumanos equipados a Marte, tengamos iniciada la discusión para dialogar lo que es el uso de la tecnología con moderación, con intención. Aprovechando que podemos aprender más de nosotros y todos agregarnos valor para ser mejores. Tendremos la oportunidad de dialogar en grupos más diversos y eso es algo que no debemos de dejar a un lado; podremos consultar y entender mejor a más personas y grupos sin importar sus limitaciones físicas, mentales. Bajar los costos (con incentivos y con inversiones) será clave para también saber que no estamos dejando aislados a aquellos cuya economía no permite acceder al uso de los avances educativos, laborales y de movilidad (desplazamiento).  

Internet tuvo detrás a una persona con deficiencia auditiva (casado con una persona con el mismo reto, pero de aún mayor nivel). Durante mi infancia, tuve la fortuna de aprender sobre los radioaficionados de un invidente que utilizaba avances tecnológicos para leer y comunicarse. La accesibilidad tiene a personas empáticas trabajando en ofrecer dictado y rampas y el presente nos muestra un futuro en el que el desarrollo de sensores (cámaras, acelerómetros, de cercanía, entre otros) se va volviendo más accesible gracias a la economía de escala que rodea a los teléfonos celulares. 



*Ricardo Blanco escribe cada semana en El Universal sobre temas de innovación y tecnología. Por cerca de 20 años ha contado la historia de productos y políticas para empresas como Google, Tesla y Facebook. La tecnología, su pasión. La empatía e inclusión, su intención.