Por Margarita Garmendia*

Después de un tiempo en donde todos nos descolocamos por el paro en seco de nuestra vida, junto con emociones de incertidumbre, vulnerabilidad y miedo, poco a poco nos adaptamos a nuevas rutinas que nos llevaron a vivir más despacio y en algunos casos a ser más reflexivos y conscientes de nosotros mismos y del paso de nuestros hijos en estos momentos históricos. 

Dejamos atrás el sonido del claxon por mañanas más iluminadas y tranquilas, pero también con otros retos que, al menos a mí, me cuestionaron sobre la esencia de mis hijos y sobre todo de María Fermina, mi hija con discapacidad, a quien encontré despertando a una nueva etapa: la adolescencia, en la que he podido involucrarme más desde una mirada más empática y de acompañamiento en ese proceso físico y emocional para el que ha podido desarrollar funciones ejecutivas y de concentración necesarias para su autosuficiencia, cómo bañarse, vestirse sola, arreglar su cuarto y contribuir con tareas sencillas de la casa. 

El confinamiento nos expuso no solo al “virus” o a la situación extraordinaria que tanto ha cuestionado los sistemas no solo de salud, sino a los económicos, políticos y sociales que regulan nuestro mundo. También nos expuso a los verdaderos y reales virus de la PRISA, del estrés, del “córrele”, del “rápido”, del “se hace tarde“ y de esa “normalidad” contagiosa e inconsciente -diría poco saludable- de uno mismo, del otro y del entorno al que pertenecemos. 

Estamos por regresar a clases y la sensación de incertidumbre continúa siendo una constante.  El derecho a la educación para nuestros hijos e hijas con discapacidad no ha cambiado mucho, y también sigue siendo un asunto pendiente con enormes barreras por derribar y más ahora con una nueva modalidad de enseñanza. 

Sin embargo, siento que podemos considerar esta situación como una ocasión para reflexionar sobre aquellas prioridades y necesidades que, en mi opinión, debemos atender para apoyar a nuestros hijos en este ciclo escolar sui generis que comienza. 

Una de ellas, y creo que de las más importantes, es el autocuidado de nosotras como cuidadoras o cuidadores, que  implica principalmente dejar atrás la autoexigencia, así como aquellos pensamientos negativos constantes. Debemos hacernos conscientes de que si continuamos con el botón de alarma puesto todo el tiempo y no ponemos atención en lo que dice nuestro mundo interno, nuestro cuerpo y nuestra mente,  además de que seguramente enfermaremos, poco podremos ayudar a los niños y las niñas en estos tiempos extraordinarios que vivimos. 

Lo que hoy toca con esta “nueva normalidad escolar” es soltar aquellas cosas que no podemos cambiar y fluir con lo que somos y tenemos, porque no podremos solucionar nada de lo que está fuera de nuestro control y de nosotros mismos.   

Para lo anterior, debemos enfocarnos a encontrar diariamente momentos que contribuyan a nuestro bienestar, como puede ser la respiración, la meditación, hacer ejercicio, leer, escribir, hacer alguna manualidad, salir a caminar… algo que implique dejar de estar en asuntos relacionados con nuestros diversos roles de mamá, trabajadora del hogar, terapeuta, sostén económico, esposa, hija, y largo etcétera. La idea es que sepamos separar un tiempo exclusivo que fomente un espacio de encuentro y de confianza para nosotras mismas. 

Estoy convencida de que una mamá estresada y ansiosa difícilmente podrá ayudar a equilibrar a su hijo o hija. Cuando estos se ubican en el miedo, en el estrés, en el enojo, en la inseguridad es imposible que aprenda bajo modalidad alguna. Por eso, en estos momentos de la vida, aprovechemos e invirtámosle más al aprendizaje integral (amistad, emociones, amor, empatía, autoestima, familia) que al de la “escuela” como nos la enseñaron y al que muy pocos podrán acceder. 

Atendamos más a la propia naturaleza de nuestros hijos y desarrollemos más nuestra capacidad de aceptación y adaptación, no solo a la realidad de un año escolar diferente sino a la propia condición de nuestros hijos e hijas; a creer en su propia magia, en lo que son, lo que sienten, lo que viven, lo que aman, invitándolos a repensar en sus propias vidas y el mundo que habitan para que, desde donde son y están, puedan contribuir a mejorarlo. 

Hoy, como sea, tenemos otra vez la oportunidad de hacer menos, y disponer de más tiempo para aprovechar cada experiencia, cada momento, cada actividad que realicemos. Dejemos atrás los virus del estrés, la prisa y no les contagiemos a nuestros hijos e hijas la ansiedad y preocupación que los bloquea, pues les va acortando la etapa de la infancia y los presiona para que imiten costumbres de adultos que los obsesionan con la velocidad y los logros instantáneos. 

Pongamos la tecnología al servicio de una educación más humana, y no solo del cumplimiento de contenidos que no les dejarán nada en su desarrollo; valoremos más la educación emocional que la “académica”, que aprendan a gestionar sus propias emociones, saber qué hacer con ellas, lo que les brindará habilidades sociales que los ayudarán a ser más libres de encontrar su propio camino, descubrir sus propios talentos y cómo los pueden poner al servicio de los demás. Contribuyamos desde donde nos toque hoy, a formar niños ubicados desde el afecto, la seguridad, la curiosidad,  la creatividad, la solidaridad, la resiliencia y sobre todo el amor, lo que les permitirá crecer sintiéndose protegidos y seguros para así transformarse en adultos libres, activos y participativos en la observación trascendente de su propia vida. Que logren ser la mejor versión de ellos mismos.

*Margarita Garmendia es una de las fundadoras de Phine, Padres de hijos con necesidades especiales de la mano, y madre de cuatro hijos, entre ellos una preadolescente con discapacidad.


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