Por Alejandra Donají *

Ser mujer con discapacidad conlleva un altísimo riesgo de ser violada, más si estás encerrada en una institución sin garantías ni derechos, lo que puede describirse como habitar el horror.

No es ninguna novedad que no consideramos todas las violencias de la misma manera. Justificamos unas y condenamos otras específicamente en términos de cómo las identificamos en virtud de las identidades de quién recibe o ejerce violencia. Aunque quisiera que la idea fuera mía, lo cierto es que tanto Susan Sontag como Judith Butler han escrito textos extraordinarios sobre los marcos con base en los cuales justificamos la violencia en virtud de las identidades.

Ambas autoras exponen que existen regulaciones sobre la manera en que nos aproximamos a las interpretaciones de violencias a partir de nuestra concepción de la afirmativa cambiante de lo que es lo humano, misma que se relaciona con violencia. No solo es que califiquemos de manera diferente el mismo hecho dependiendo de contra quién suceda, sino que, además, el acercamiento que tendremos a éste será diferente, incluso en la capacidad de reconocerlo o no como violencia.

En este sentido, las mujeres con discapacidad son objeto de múltiples violencias en todos los aspectos de su vida y esas violencias no solo no son reconocidas sino que son invisibilizadas. En México habitan alrededor de 8 millones de personas con discapacidad, 54% son mujeres. Si consideramos perspectiva de género los resultados son tétricos. Resalta que las violencias de las que son objeto las mujeres con discapacidad no son nombradas ni identificadas, son invisibles en todos los ámbitos.

Ser mujer con discapacidad implica tasas muy altas de pobreza, conlleva ser excluida de la escuela, tener acceso limitado al trabajo o que, en su caso, éste sea estereotipado. También conlleva un altísimo riesgo de ser violada, más si estás encerrada en una institución sin garantías ni derechos, lo que puede describirse como habitar el horror. Si eres mujer con discapacidad, también te enfrentas a la posibilidad de ser esterilizada sin tu consentimiento para que no se note que fuiste violada en el encierro, lo que es otro grado de alevosía dentro del horror. Ser mujer con discapacidad también es que no te crean que lo que te pasó porque tu voz se considera menos, también incluye sesgos en la impartición de justicia.

Todas estas violencias suceden a diario y en todos los ámbitos, sin embargo, no las reconocemos ni identificamos, mucho menos contamos con información. Esta falta de reconocimiento y en muchos casos de negación, tiene que ver con quién puede ser escuchado, leído, visto, sentido y conocido como escribió Butler.

Como sociedad tenemos que desarrollar mecanismos para reconocer las violencias que se llevan a cabo contra identidades específicas. Debemos comenzar a nombrar las violencias, a reconocer la pérdida y con ello, las vidas. Vidas valiosas y dignas que no deben ser expuestas para la foto sino que deben incorporarse a nuestra vida pública en igualdad.

La política pública para nombrar, identificar y detener la violencia contra las mujeres con discapacidad necesita ser integral y crearse ya.

*Coordinadora de Transversal, Acción sobre los derechos de las personas con discapacidad.