Un paseo en Metro te puede revelar muchas más cosas (y empatías) que las que se ‘ven’ a simple vista. Porque #EstáChidoSerIncluyente.

Juventino Jiménez Martínez*

Era una tarde de verano y deslizaba tranquilamente mi bastón de un lado a otro mientras caminaba en el transbordo de la estación chabacano del Sistema de Transporte Colectivo Metro de la CdMX, rumbo a la línea 8.

El ambiente se envolvía en un mar de sonidos: voces, pasos de hombres y mujeres que iban y venían, todo aderezado de una infinidad de aromas que iban desde desagradables hedores, hasta llegar a otros bastante más agradables. 

Los pasillos de las estaciones del Metro podrán ser lo mismo sin los vendedores ambulantes, los cuales, como si de hormigas se tratasen, se instalan formando un zig zag por doquier, todo profundamente ambientando con las clásicas frases coreadas al unísono: ¡llévele, llévele!, ¡bara, bara!, ¡no lo compre a más de 50 pesos en centros comerciales!

Una verbena que nos permite poner en práctica nuestros reflejos para no salir lastimados y en el menor de los casos, ganarse una que otra ‘mentadita’ cuando chocamos con ellos.

Y como si de una carrera de obstáculos se tratase o una intensa corrida de toros, ahí me encontraba yo, toreando al comercio ambulante y sorteando cuerpos recargados en las paredes. De pronto… una voz con tufo etílico, preguntó hacia dónde me dirigía, y sin darme cuenta, uno de sus brazos ya estaba sobre mi hombro, empujándome hacia delante.

La amabilidad no es perfecta y se manifiesta de diferentes formas. Confieso que sentí algo de temor, pero sabía que era poco probable que esta persona atentara contra mí. En ese momento le indiqué que iba hacia el andén dirección Constitución de 1917.

Aquel hombre se tambaleaba, consideré entonces que ambos nos ayudábamos mutuamente; él guiaba y yo fungía de muleta, evitando así que se cayera.

Regularmente, cuando alguien te apoya, te deja en el andén y sigue su camino, pero este solidario caballero, esperó a que llegara el tren, tiempo suficiente para saciar sus embriagantes curiosidades.

-¿En qué estación te bajas?

-En Cerro de la Estrella

-¿Cómo sabes en qué estación vas a bajar?

-Cuento las estaciones a partir de un punto de referencia y si me desubico, pregunto.

-¡Ha de ser bien difícil ser cieguito!

-Depende. En mi caso ya estoy acostumbrado y para mí es una condición de vida, es difícil cuando te enfrentas a la indiferencia y a barreras físicas y actitudinales que nos pone la sociedad.

-¿Cómo perdiste la vista?

-Nací así por una enfermedad en la retina que es degenerativa y voy perdiendo la vista al paso del tiempo.

-¿A poco no hay ninguna cura?

-No, hasta el momento la ciencia no ha hallado ningún remedio.

El hombre me fulminaba con cada pregunta y con cada una expulsaba su aliento a alcohol corriente, sin embargo, había que hacer frente a sus cuestionamientos producidos por su embriagante curiosidad.

Llegó el tren y ambos lo abordamos, casi tomados de la mano. Incluso se ofreció a avisarme cuando él descendiera en la Estación Aculco, para que pudiera ubicarme más fácilmente.

Sus alcoholizadas preguntas no culminaban y ahí, parado frente a mí, seguía tambaleándose como si danzara al compás del ritmo del pu, pu, puuuuuuu…  del claxon del tren.

-¿De dónde vienes ahora mismo?

-Vengo de una reunión de trabajo al sur de la CdMX.

Y replicó entonces, ¿pero a poco andas tan lejos de tu casa?

Acerté a contestarle que las personas con discapacidad hacemos una vida regular, igual que el resto de la gente.

Llegó mi turno para realizarle algunas preguntas:

-¿A qué te dedicas?

Orgulloso contestó, yo vendo ropa en el centro.

– ¡Entonces conoces a otros ciegos!

-Sí, los veo pasar por la calle. Creo que hay una escuela de cieguitos en Mixcalco.

– ¿Qué harías si te quedaras ciego?

-Me deprimiría y quedaría encerrado en casa. Pero ahora que lo pienso, si los ciegos salen a la calle y hacen sus actividades, buscaría la forma de superar esa situación.

Continuamos charlando y descubrí que éramos paisanos, que era originario de una comunidad de Tuxtepec Oaxaca y que hablaba una lengua indígena. 

Tenía 18 años de edad y había migrado a México en búsqueda de mejores oportunidades de vida.

Cuando estábamos a punto de llegar a la estación donde debía descender, aproveché para decirle que nunca se diera por vencido y que si estaba en sus posibilidades, estudiara el Bachillerato, porque unos minutos antes me había confesado que solo había concluido la secundaria.  

Al despedirnos, a manera de broma concluí diciéndole. Y ya no tomes,  porque ¡te puedes quedar ciego como yo!

Esta es una de mis tantas andanzas por los pasillos del Metro a las que me he tenido que enfrentar; he podido convivir con la diversidad social, pero lo mejor siempre será toparse con banda chida que te apoya incondicionalmente. Y ya saben: #EstáChidoSerIncluyente

*Juventino Jiménez Martínez es indígena Ayuujk, tiene discapacidad visual y es activista por los derechos de indígenas con discapacidad.