Por Fabiola Guarneros* 

“Esta no es la escuela que su hijo necesita…” Han pasado 3 años desde que escuché esa frase y la tengo tatuada en la memoria para que no se me olvide nunca. No la recuerdo con tristeza o pena, la traigo en el pensamiento para que nunca más se repita. Es una especie de motor que me hace hablar, luchar y concientizar sobre la importancia y necesidad de la inclusión en la educación.

Esas palabras me las dijo la directora del colegio donde mi hijo cursaba preescolar. Efectivamente, no era la escuela adecuada porque sus profesores no están preparados, no tienen los conocimientos, las estrategias ni las herramientas didácticas para educar a niños con alguna discapacidad; pero no lo asumen y ni les importa porque la inclusión, la tolerancia y el respeto no son valores prioritarios.

Me dediqué a buscar otras opciones educativas y recorrí varios colegios que tenían la leyenda de “inclusión”. En cuanto les explicaba la condición de mi hijo, un niño con Asperger o con autismo funcional o con Trastorno del Espectro Autista (TEA) o con problemas del Neuro Desarrollo (así como lo lee, con esa cantidad de nombres se le conoce), me decían que ya no había lugar pues sólo aceptaban a un niño por aula con alguna discapacidad. No averigüe si era cierto o no, porque más bien presentía que sólo me decían eso para no “lidiar” con otro niño más.

Mi hijo pasaría a tercero de preescolar y desde los tres años, cuando fue diagnosticado, acude a terapia especializada para prepararlo y darle estrategias que lo ayuden a ser más funcional y se pueda adaptar al “mundo real”, el de los neurotípicos. Mi hijo trabaja el doble.

Recorrí más de seis colegios e instituciones, desde tradicionales, religiosos, incluyentes, activos, montessoris…, y en cuanto mencionaba su condición, esa frase se repetía con variantes en verbos o sujetos, pero en esencia lo mismo: “No es la escuela para su hijo…”

Haciendo uso de su derecho constitucional –la educación en México debe ser obligatoria, laica, gratuita y desde el pasado mayo, inclusiva–, lo inscribí en un Jardín de Niños público y luego en una Escuela Primaria Pública, apostándole a que ahí simplemente no lo podían rechazar. Y funcionó. 

Mi hijo está ahora en segundo de Primaria y siempre lo digo así: “¡Por fortuna!”, encontró a una profesora (Mayra) comprometida con la labor docente, empática y muy dispuesta a aprender sobre la condición de mi hijo. Dispuesta a trabajar el doble y adecuar su programa para las necesidades de Gabriel. En su salón son 27 alumnos, prepara la clase para 26 niños y actividades de aprendizaje adicional para su alumno “especial”.

¿Qué hago yo? No dejo de leer, de informarme, de prepararme, de buscar estrategias para el aprendizaje de mi hijo, de buscar técnicas que le sirvan a la maestra. Le llevo libros sobre Asperger o autismo, copias de materiales que encuentro en internet, videos, me reúno con ella con la mejor disposición cuando me manda citatorios; la escucho porque ella pasa 8 horas con mi hijo (es escuela de tiempo completo), planeamos estrategias conjuntas para reforzar sus conocimientos en casa, para que aprenda a autorregularse y seguir las reglas de la escuela. Hice el vínculo con su terapeuta y así trabajamos los cuatro: madre, hijo, terapeuta y maestra. Y de todo esto su neuropsiquiatra lleva un seguimiento.

La profesora ha contado con el apoyo del Director de la Escuela (Mario), quien le ha permitido adecuar su plan de trabajo; pero tengo la incertidumbre de quién será su maestra en tercero, cuarto, quinto y sexto grado. ¿Correrá con la misma “suerte”, tendrá una maestra empática, sensible con el tema de la inclusión, dispuesta a aprender sobre nuestros hijos? ¿Será paciente, tolerante…?

Esto que les comparto no sólo me pasa a mi, lo leo todos los días en el grupo de padres que tenemos a un hijo con autismo. Muchos peregrinan aún buscando una escuela donde sean aceptados, otros refieren su frustración cuando los maestros los regresan a sus casas con  la mayor indiferencia, otros preguntan sobre escuelas que puedan recibirlos. De hecho a convocatoria de Iluminemos de Azul se está elaborando una lista de escuelas inclusivas, ¿pueden creerlo?

La educación de los niños con alguna discapacidad o trastorno no debiera quedarse a la suerte o fortuna, es una obligación del Estado velar por ese derecho constitucional y ofrecer las herramientas y preparación a los maestros desde las Normales y luego dotarlos de los materiales didácticos y de los apoyos de especialistas, porque esos niños son ciudadanos, nacieron aquí y tienen derecho a tener una vida digna y plena. 

Ellos también pueden contribuir a forjar un país mejor.  Tenemos un doctor en derecho con Asperger, ¿lo sabía? Hay otro chico que ya acabó la universidad y se quiere especializar en Educación Especial.

Mi hijo quiere ser director de orquesta, pero como le encanta dibujar y contar historias, a mi me gustaría que fuera cuentista e ilustrador o ilustrador de cuentos… No lo sé, será su elección, pero necesita terminar su educación básica y luego aspirar a la educación media y si él quiere, porque sé que puede, hacer una carrera y obtener su licenciatura en Música o Literatura, ¿no lo cree?

Y mientras tanto yo seguiré hablando en todas partes de la necesidad de la inclusión. Esa es mi campaña.

Y para terminar, les dejo esta cita:

“Todos los niños, niñas y jóvenes del mundo, con sus fortalezas y debilidades individuales, con sus esperanzas y expectativas, tienen el derecho a la educación. No son los sistemas educativos los que tienen derecho a cierto tipo de niños o niñas”: Unesco.


*Fabiola Guarneros es periodista. Actualmente es subdirectora de Excélsior, donde también escribe una columna y conduce el programa “Punto y Coma”.