Por Enrique Hernández Alcázar

Ni siquiera eran novios y él le pidió matrimonio. Ella le respondió con un tajante “no”. La solicitud nupcial ocurrió al pie de la cama de un hospital público de la Colonia Del Valle  en el otrora Distrito Federal. Apenas habían pasado unos días de que ella se sometió a una operación que salió mal. Menos, desastrosa. 

Era una de las cirugías más sencillas para un especialista en columna vertebral. Se trataba de una hernia entre la cuarta y quinta vértebras lumbares. Meses atrás lo decidió. Planeó todo para operarse en un hospital privado. Acordó con sus jefes en un prestigiado despacho de ingenieros, donde trabajaba como secretaria de la dirección, que la empresa pagaría los gastos y que mes con mes le descontarían una pequeña suma de su salario. Era 1973 y tener un seguro de gastos médicos mayores no estaba ni de moda ni a su alcance. 

Un mal corte de bisturí provocó una hemorragia. Al intentar cauterizar el error, la tragedia llegó. Corte de la médula espinal. El diagnóstico, paraplejia. Cero movimiento, cero sensibilidad de la cintura para abajo. No solo en las piernas. No solo en la piel. La afección incluía los órganos internos. La parte baja de los pulmones, hígado, riñones, páncreas, aparato digestivo. 

Ellos se hablaban de usted. “Cásese conmigo”, insistió. “No”, respondió otra vez. “Jamás volveré a caminar. Jamás tendré hijos. No puedo dejar que se case conmigo”. Los dos tenían 27 años. Carmen es mi mamá. Roberto, mi papá. Y son el más grande ejemplo de amor que tengo a la mano. Ella regresó al departamento familiar en Concepción Béistegui y División del Norte. Como alguien que se enfrenta a un cambio tan repentino, no sabía usar una silla de ruedas ni muletas. Sin rampas y en un elevador diminuto logró llegar a su cuarto. Su ropa ya no estaba ahí. Decidieron venderla porque… ¿para qué usaría trajes sastre una inválida

Se llama iatrogenia: un daño o perjuicio en la salud de un paciente provocado por impericia o negligencia a manos de un profesional de la salud. Y digamos que ésta fue una múltiple. Un doctor que decidió darle a una mujer con una hernia discal como examen profesional a un prometedor colega, que -años después- recibió el Premio Nacional de Ciencias. Una familia que no supo apoyar a su hija y consideró que era una “injusticia” que se operara en un hospital privado y dejara de aportar dinero a una madre con otros 10 hijos. Una sociedad que no tenía idea de los derechos ni de las necesidades sociales de las personas con alguna discapacidad.

Por terrible que fuera la nueva circunstancia de vida, Carmen siguió adelante. Se llenó de valor animada por Roberto y sus verdaderos amigos. Jamás dejó de salir al cine, al teatro, de vacacionar y meterse a nadar a una alberca, estudiar idiomas. Se enamoró perdidamente y –como siempre lo soñó- tuvo a dos hijos. Y, lo increíble, volvió a caminar. En distancias cortas, tambaleante, con múltiples caídas y hazañas domésticas insuperables y contra todo pronóstico científico. Caminaba. A la escuela donde estudiábamos Arturo y yo, llegaba en muletas o del brazo de cualquiera de sus tres copilotos. Bien arreglada, reluciente, elegante. Carmen es una mamá memorable, una guerrera y mi mejor amiga. Claro, también aventaba la chancla o el gancho de ropa cuando la desesperábamos.

Trabajó en una fundación para “minusválidos” -así se les llamaba en los 90- en donde militaba el maravilloso pianista y jazzista, Juan José Calatayud, a quien pude conocer con todo y su peculiar sentido del humor: “deberían decirnos plusválidos”, bromeaba. La acompañé en sus visitas a una adolescente a la que le amputaron la pierna equivocada (también en un hospital del IMSS) y fui testigo de cómo se convirtió en su madrina de facto. De su mano, pude platicar –sí, platicar- con Gabriela Brimmer leyendo el tablero que tenía a los pies de su silla de ruedas con el abecedario marcado para comunicarse. Le pude dar un beso. Con Carmen, aprendí que reírse de la desgracia propia es un bisturí que hace lo que las manos supuestamente expertas no logran. “La risa cura”, me decía cuando veíamos los programas de Andrés Bustamante, Víctor Trujillo o al leer las tiras cómicas de Jis y Trino. 

Me enseñó a cocinar, a lavar, a planchar, a trapear, a sacudir, a pulir un piso de madera, a ser honesto, a respetar a los demás, a conmoverme por los demás, a actuar por los demás, a no renunciar a mis sueños, a jamás decir “no puedo”. Después me di cuenta que me preparó para lo inevitable. Siempre supo que moriría. Todos lo sabemos pero ella sabía que, en un altísimo porcentaje, sería antes de lo previsto. Ocurrió, hace casi 19 años, un día antes de que cumpliera 55, en su mejor momento físico, anímico y mental; sin deberle nada a nadie, amándonos, en paz.

La culpa es canija. A 46 años de distancia, cada quien sabrá (o no) expiar las suyas. Yo solo quise contar esta historia, la de una iatrogenia que no pudo discapacitar al amor.