Por Cecilia Guillén Lugo *

En México tenemos un marco legal vigente que establece en favor de las personas con discapacidad una protección reforzada al derecho humano a la salud —artículos 4.3, 5, 9, 11, 21, 25 y 33 de la Convención sobre los derechos de las personas con discapacidad (CDPD)—. Entonces, si es tan amplia la protección bajo condiciones de emergencia humanitaria ¿por qué seguimos con miedo?

En lo general, las personas con discapacidad tenemos miedo porque, lejos de actuar conforme el modelo social de la CDPD, México corre el riesgo de retornar al modelo de prescindencia y la voz de alarma la da el “Triaje” divulgado por el Consejo General de Salubridad.

Tenemos miedo porque no hay respuestas concretas, y como muestra  este cuestionario que respondió la secretaría de Salud. Ni siquiera en las “conferencias” que han aludido a la discriminación o la salud mental han sido más específicas ver este video del 3 de abril y este otro del 10 de abril. Porque no hay cifras desagregadas por discapacidad ni se cumple con la accesibilidad en la información.

En el caso de las personas con alguna discapacidad psicosocial[1] tenemos miedo porque la autoridad sanitaria olvida que nos encontramos con un mayor riesgo de contraer COVID 19 por los internamiento o privaciones de la libertad en espacios como: unidades e instituciones psiquiátricas, instituciones de asistencia social, albergues para personas sin hogar, refugios no regulados e informales, cárceles, prisiones e instalaciones correccionales.

Para enfrentar estos riesgos, organizaciones regionales e internacionales de personas con discapacidad psicosocial ubicadas en Latinoamérica, Asia Pacífico, África, Europa y Norteamérica, formulamos una Declaración conjunta con recomendaciones a nuestros gobiernos en el contexto de la pandemia de COVID 19.  Este posicionamiento es nuestra respuesta Global como colectivo más allá de la mirada médica sobre el COVID 19 y se encuentra disponible en nueve idiomas y en Sistema de Señas Internacionales (verlo aquí).

Sin embargo, aún con el orgullo que nos da tener una voz común como Comunidad Loca frente a la epidemia, sucede que la recién reportada muerte de una niña con discapacidad por razón de tener inmunidad reducida, nos marca el turno de hablar del estigma sobre salud mental y de nuestros temores personales derivados del uso de tratamiento farmacológico. En efecto, quienes tomamos quetiapina, sabemos “que no se lleva bien” con antihistamínicos como la loratadina ni con algunos antibióticos como la eritromicina; pero ¿por qué pasa eso? Por la “interacción medicamentosa o farmacológica”, la cual consiste en la modificación del efecto de un fármaco por la acción de otro cuando se administran conjuntamente, sea que pierda o gane eficacia, o que cause efectos perjudiciales.

Bueno, pues sucede que algunos psicofármacos como el haloperidol, risperidona, quetiapina, etc., pueden producir niveles bajos de “neutrófilos” que son un tipo de glóbulos blancos claves en la lucha contra las infecciones y por tanto, indispensables para sobrevivir al COVID 19. A ese nivel reducido de inmunidad se le conoce como “neutropenia” y cabe aclarar, que no es exclusiva de la diversidad psicosocial; tal es el caso del VIH o de la quimioterapia para cáncer. Tratándose del síndrome de Down son otras las razones para presentar situaciones de inmunidad comprometida.

En un escenario que requiera prescribir conjuntamente fármacos para el COVID 19 y psicofármacos se debe considerar la posibilidad de presentarse interacciones perjudiciales que puedan propiciar arritmias teniendo presente que: (1) que el tratamiento para COVID 19 es prácticamente experimental, (2) la insuficiencia de personal sanitario con formación en psiquiatría y (3) el estigma asociado a las condiciones de salud mental; de ahí que algunas personas omitan informar al médico sobre el consumo de psicofármacos. 

Sin embargo, las autoridades mexicanas no se ocupan de combatir el estigma sobre condiciones de salud mental ni se ha informado ampliamente sobre la interacción del tratamiento de COVID 19 más allá del ibuprofeno. No hay planificación específica por discapacidad y no generan ni divulgan información pertinente, lo que nos obliga a recurrir a las advertencias sobre manejo farmacológico y recomendaciones terapéuticas de los psicofármacos producidas en otras jurisdicciones destinadas a  personas con condiciones de salud mental y a personas con discapacidad intelectual.

Mientras tanto, no nos detiene el miedo:ante el estigma es mejor hablar, pues en palabras de Audre Lorde:

“(…) cuando hablamos
tememos que nuestras palabras
no sean escuchadas
ni bienvenidas,
pero cuando callamos
seguimos teniendo miedo.

Por eso, es mejor hablar
recordando
que no se esperaba que sobreviviéramos”

Fragmento del poema “Letanía de la supervivencia”
The Black Unicorn, 1978


*Cecilia Guillén Lugo es  fundadora de “En primera persona, A.C.” y Secretaria Técnica de la “Redesfera Latinoamericana de Diversidad Psicosocial”. La encuentras en Twitter en @En1raPersonaMx y @LaRedesfera


[1]    ‘Personas con discapacidad psicosocial’ hace referencia a un grupo históricamente discriminado y marginado que incluye personas usuarias y ex usuarias de psiquiatría, víctimas-sobrevivientes de violencia psiquiátrica, locas, locos, oyentes de voces y personas con diversidad psicosocial. Véase:  https://yotambien.mx/wp-content/uploads/2020/03/Covid-y-pcd-psicosocial.pdf


*Las notas relacionadas en este texto, que están fuera del sitio yotambien.mx, no necesariamente contienen un lenguaje inclusivo, o cumplen con criterios de accesibilidad web, compatibles con el uso de tecnologías de apoyo para pcd. yotambién.mx no es responsable de lo que publican estos sitios de referencia.