Por: Mariana Díaz Figueroa
Académica de la UNAM

En México, estamos a punto de vivir días muy importantes. En primer lugar, este 8 de marzo, se ha convocado a una marcha para que las mujeres manifestemos nuestra preocupación y el descontento por la ausencia de políticas públicas con perspectiva de género pendientes de atender de raíz. Problemas tan graves como lo son el feminicidio, la violencia de género, la brecha salarial entre hombres y mujeres, la discriminación y los estereotipos de las que seguimos siendo objeto y que nos impiden un ejercicio pleno de derechos en todos los aspectos de la vida.

Por otro lado, para el 9 de marzo se ha hecho el llamado, como un hecho histórico, a un paro de labores, mejor conocido como #UnDíaSinNosotras que intenta evidenciar lo que sucedería si las mujeres y las niñas desapareciéramos. El ejercicio implica cuestionarnos cómo cambiarán las dinámicas laborales y familiares, hasta el impacto económico, ante nuestra ausencia en las actividades productivas del país.

En este contexto, conviene cuestionarnos: ¿Dónde nos encontramos las mujeres con discapacidad?

Es importante reconocer que, tal como afirma Melania Moscoso, “el feminismo ha contribuido a difundir un estereotipo de mujer en el que no se pueden reconocer las mujeres con discapacidad, y tampoco plantea, antagónicamente, las subordinaciones que las aquejan”.

Por lo cual, no es posible considerar a las mujeres como un grupo homogéneo; si bien, todas vivimos las problemáticas derivadas de pertenecer a un sistema patriarcal, la manera en cómo las enfrentamos y su intensidad variarán dependiendo de las circunstancias particulares de cada una. En este sentido, tampoco puede considerarse la existencia de un solo tipo de mujer con discapacidad, pues todas somos diferentes y nos enfrentamos a diversas barreras.

Tomando esto en cuenta, considero indispensable plantearnos, por ejemplo, mecanismos complementarios a las marchas, mismos que nos permitan a todas expresar nuestras preocupaciones y descontento, pues para muchas de nosotras una marcha implica una “exigencia física” que resulta incómoda y en muchos casos imposible, sin mencionar lo inaccesible que es en sí misma la ciudad.

Cuando ejerzan su privilegio de marchar, recuerden que no estaremos presentes todas, haremos falta varias mujeres con discapacidad ya sea por la falta de un entorno accesible, porque algunas se encuentran institucionalizadas, porque algunas dependen de que alguien más decida si “deben” o “pueden” ir (si a muchas, se nos considera incapaces para decidir ésta y otras muchas cosas). 

He pensado mucho en el #9M. Por un lado, me emociona profundamente que sea posible demostrar la fuerza productiva que representan las mujeres y los impactos de su ausencia. He leído muchas notas de empresas e instituciones que afirman que el 60% o 90% de sus integrantes son mujeres. ¿Se imaginan el efecto que ocasionaría? Sin embargo, ¿qué pasaría si se hiciera un paro similar de mujeres con discapacidad?

La respuesta, muy a mi pesar, es que seguramente no pasaría mucho, es más, seguramente no se notaría. Estoy consciente que, proporcionalmente, somos un grupo menor que resto de las mujeres, pero les pido que hagamos un ejercicio y mediten: ¿Cuántas niñas con discapacidad hay en la escuela de sus hijos? ¿Cuántas mujeres con discapacidad hay en sus centros de trabajo? ¿Cuántas académicas con discapacidad habrá en sus mesas de discusión sobre género estos días? ¿Cuántas mujeres con discapacidad hay en puestos de decisión tanto en el sector público como en el privado?

Déjenme adivinar: ninguna; quizá, con mucha suerte, una. Esto es resultado de la discriminación sistemática y estructural de la que he hemos sido objeto, porque siempre hemos sido “las prescindibles”. Nuestros reclamos no son tomados en  cuenta y cuando los temas de discapacidad son llevados a la mesa, muchas veces se hacen, únicamente, como una bandera política en donde un tercero decide “lo que es mejor para nosotras” sin proponer soluciones de fondo, porque seguimos siendo objetos de protección y no sujetas de derechos. 

Queremos dejar de ser “las prescindibles” en los foros académicos, en los centros de trabajo, en las escuelas, en los puestos de toma de decisión; queremos leyes y políticas públicas que atiendan de manera concreta la violencia de la que somos objeto por parte de nuestras parejas, familiares, personas de apoyo que realizan labores de asistencia personal para que muchas de nosotras puedan realizar sus actividades cotidianas, pero que también nos violentan.

Queremos que dejen de decidir sobre nuestros cuerpos, determinado arbitrariamente si debemos ser esterilizadas o si debemos abortar en contra de nuestra voluntad, queremos dejar de ser objeto de medicación forzada.

Queremos sistemas de salud y de acceso a la justicia que nos resulten accesibles a todas, física y comunicacionalmente, pues para ejercer nuestro derecho a la salud o denunciar un delito necesitamos que en las instituciones se conozca la lengua de señas mexicana y que, de ser necesario, nos expliquen las cosas de maneras alternativas.

Queremos y necesitamos muchas otras cosas, pero sobre todo, nos resulta indispensable ser tomadas en cuenta de manera directa para que la perspectiva de género que se aplique sea interseccional y resuelva integralmente las problemáticas a las que nos enfrentamos.


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