25 de Marzo de 2026

Opinión

Prohibido por la ley, ejecutado por la psiquiatría

Fecha de publicación: 11/Julio/2025 | Autor: Estudios Locos México

Logotipo de Estudios Locos Mexico, personas locas que buscan articular saberes y sentipensares en resistencia al orden psiqui?trico

No se trata de una metáfora o de poesía, es un protocolo; es la instrucción para inmovilizar a una persona en crisis, o simplemente en resistencia al sometimiento. Es la instrucción para volver objeto al cuerpo.

No obstante, en Estudios Locos México esta acción no puede leerse sin considerar las violencias estructurales y físicas que atraviesa el cuerpo de quien es contenidx: una persona en “crisis”, una persona vulnerable, una persona que no encaja en las categorías del comportamiento “normativo”.

Desde la experiencia vivida, desde el conocimiento encarnado de quienes hemos sido atados a una cama, no hay protocolo que pueda nombrar el miedo, la deshumanización, la pérdida de dignidad que implica ser reducido a un “cuerpo problemático”, un cuerpo que debe ser controlado. La técnica de los cuatro puntos no solo inmoviliza, sino que despoja. Es un acto que transforma a la persona en OBJETO de intervención, eliminando toda posibilidad de escucha, de diálogo, de voluntad.

Es importante cuestionar profundamente estas prácticas, y proponer colocar la mirada en preguntas como: ¿qué nos dice la crisis?, ¿qué está comunicando el cuerpo que se agita, que grita, que se niega a calmarse?, ¿por qué su expresión es interpretada como disfuncionalidad y no como un mensaje?

Amarrar a alguien en un estado distinto de consciencia no es protegerla, las vendas, las marcas en las muñecas o los tobillos, suelen ser la peor parte, es la desesperación de no saber-se en su propio cuerpo, de la búsqueda de este con sus sensaciones y todavía tener que quemarse en la inmovilidad, desde la narrativa de personas atadas:

“Mi cuerpo se buscaba, temblaba, alcanzaba a observar mis manos, pero no eran mías, sabía que estaban ahí, trataba de alcanzarlas, el grito que se genera solo en el cuerpo cuando quieres desbocar se presentaba en el síndrome de piernas inquietas, poco escuchaba, estoy seguro que si me hubieran dado tiempo podría haber dicho que necesitaba un poco de agua fría, espacio, gritar, probablemente grité y eso fue lo primero que hice, al parecer al psiquiatra no le gustó que gritara, pero necesitaba descargar cosas, cosas que me quemaban por dentro, y eso fue quizás mi error (qué curioso, pienso que el grito en muchos espacios es algo sumamente “normal”, me imagino las gradas de un estadio de futbol, cuantas cosas no se han presentado ahí, golpes, gritos, insultos, el cuerpo ahí demuestra muchas cosas, pero no aquí, no con ellos)”.

“Lo que prosiguió fue que todxs se pusieron en alerta, las enfermeras llegaron, los enfermeros, lo primero que me agarraron fue el cuello por detrás, fuerte, sus manos alcanzaban a rodearlo todo. Con fuerza bajaron mi cabeza y entonces menos pude hablar, siguieron mis brazos, aun en esos momentos los seguía buscando, el acto de temblar me era un acto de búsqueda y me negaron eso, mis piernas querían correr de ahí, pero también fueron sujetadas, y entonces me puse más LOCO, (estoy orgulloso de decir eso, porque fue un acto de lucha). Luche, luche porque me estaban lastimando, solo necesitaba un maldito vaso de agua fría, llorar y quizás gritar”.

Es el triunfo del orden sobre la angustia, del control institucional sobre la subjetividad.

Pensar desde la locura implica desplazar el foco: no sólo qué hacer con la persona en crisis, sino qué hacer con el sistema que la llama “enferma”, “peligrosa” o “agresiva”. Implica escuchar el dolor sin criminalizarlo, sin anestesiarlo, sin atarlo. Significa mirar más allá del “síntoma” y preguntarse por las condiciones sociales, culturales y políticas que han patologizado ciertas formas de existencia.

Rechazamos la idea de que la locura es una falla individual, biológica o cerebral, y abrimos la posibilidad de comprenderla como una experiencia situada, muchas veces respuesta legítima a contextos de violencia, exclusión y desigualdad. El sistema, al etiquetar a personas como “enfermas mentales” reduce su complejidad y les despoja de agencia.

Así, no se trata solamente de atender a quien grita, se agita o se desconecta, sino de interrogar por qué esas expresiones son intolerables para el orden social, por qué deben ser contenidas a toda costa.

El grito, la disociación, la resistencia no siempre son signos de peligro: pueden ser formas de manifestar un dolor que no ha encontrado espacio para ser dicho, un cuerpo que ha sido silenciado tantas veces que sólo puede hablar a través del desborde. La lógica biomédica responde con sedantes, con encierro, con restricciones físicas; responde desde el miedo, la normatividad y el control. Se trata de abrir espacios sin contención, de acompañar sin reducir, de S.O.S.tener sin imponer.

Revisar el protocolo desde las voces de quienes hemos sido atados es, en sí mismo, un acto político. Es reconocer que lo clínico también puede ser violento. Es exigir que la “salud mental” deje de significar obediencia, y empiece a significar cuidado, respeto y autonomía.

“Mi crisis pudo haber durado solo unos cuantos minutos, pero me dejaron amarrado casi todo un día. A veces me pregunto si realmente fue por ”mi seguridad’ o si simplemente no sabían qué hacer conmigo. Decían que se quejaban por las marcas que yo mismo me había hecho en los brazos, como si esas cicatrices fueran más escandalosas que las que me dejaron ellos. Pero las marcas que tengo en las muñecas y en los tobillos, esas sí que aún se sienten… incluso se escuchan”.

“Sí, se escuchan. A veces en medio del silencio de la noche siento que mi cuerpo habla desde ese lugar, como si gritara desde el momento exacto en que me sujetaron. Es difícil de explicar. Hay dolores que no son físicos, pero que igual se anclan en los músculos, en la piel, en la memoria del cuerpo”.

“Estaba drogado. ‘Medicamento’, decían. Pero lo cierto es que era una mezcla de sedación y encierro. Apenas podía mover el cuello. Recuerdo que mi única opción era mirar al techo. Y lo hice por horas. Me volví experto en contar manchas, grietas, sombras. Me volví parte del techo, o el techo se volvió parte de mí. Ya no lo sé”.

“Entre el silencio y el zumbido de los fluorescentes, encontré refugio en mi cabeza. Empecé a cantar sin voz, con el pensamiento, con lo poco que quedaba de mí. Algunas canciones me daban fuerza. No porque fueran esperanzadoras, sino porque me recordaban que seguía siendo alguien, que todavía existía ahí adentro. Cada nota era una forma de resistir sin moverme, una especie de protesta muda”.

“Pero el cuerpo guarda todo. Hasta la fecha, si me acuesto boca arriba por mucho tiempo, siento que algo se me clava en la espalda. No sé si es una memoria física o psíquica, pero está ahí. Como si mi espalda recordara que una vez fue inmovilizada contra su voluntad. Como si el cuerpo no hubiera olvidado que alguna vez lo trataron como un objeto”.

Y si la contención es prolongada, por horas, por días, hay que prevenir las consecuencias físicas que el procedimiento podría generar, no por otra cosa, sino por protocolo:

“Será necesaria la correcta hidratación del paciente. Si la contención es prolongada, se deberá administrar heparina subcutánea para prevenir la trombosis venosa profunda”. (Código morado, protocolo de Secretaría de Salud)

“Contarlo no es fácil. Siempre hay quien te dice que exageras, que era por tu bien, que ellos hicieron lo mejor. Pero lo cierto es que nadie debería ser atado en el momento de mayor vulnerabilidad. Nadie debería recordar una crisis como una tortura. Nadie debería ser tratado como si el dolor fuera un delito”.

La bata blanca no neutraliza el daño. El encierro con aparente justificación médica no deja de ser encierro. La salud mental hegemónica muchas veces actúa como dispositivo de control social, disciplinando cuerpos que no se ajustan al ideal de funcionalidad, autonomía y productividad. Las prácticas clínicas que se presentan como “cuidados” pueden, en realidad, perpetuar dinámicas de exclusión y dominación.

Atar no puede ser nunca la única respuesta. Y si lo ha sido, es urgente preguntarnos: ¿a quién sirve esa respuesta, y qué consecuencias deja en quienes la viven?

Estas narrativas, surgidas desde la experiencia vivida, (d)enuncian con fuerza la naturalización de prácticas que, lejos de ser terapéuticas, reproducen lógicas de castigo, disciplinamiento y control institucional. La contención mecánica, bajo el nombre de “protocolo clínico”, sigue siendo una práctica legitimada en múltiples instituciones psiquiátricas.

La contención forma parte de los manuales de intervención psiquiátrica en distintos países, así como en México. Se justifica como una “medida extrema” para proteger a la persona en crisis o a terceros. En la práctica, sin embargo, ha sido ampliamente documentado su uso desproporcionado, preventivo o incluso punitivo como forma de sancionar comportamientos interpretados como “inapropiados” o “agresivos”.

La lógica biomédica que sustenta estos protocolos reduce la crisis psíquica a un problema de conducta desregulada, que debe ser controlada mediante mecanismos físicos o químicos (sedación). Desde esta perspectiva, se anula la posibilidad de comprender la crisis como una manifestación subjetiva, social y relacional. Se trata, en palabras de Franco Basaglia, no de curar a una persona, sino de “encerrar el problema”.

El testimonio citado da cuenta de cómo el cuerpo no olvida: “estar acostado boca arriba se me clava en la espalda”. Aquí no hay metáfora. Se trata de una memoria corporal del trauma, una inscripción psíquica y física de la violencia contenida en lo que el sistema llama “intervención”. Esa inscripción, como afirma Bonnie Burstow (2015), no es colateral: es estructural, es parte del modo en que la psiquiatría ha sido construida históricamente como un dispositivo de exclusión.

Mirar el techo durante horas, cantar en silencio, desconectarse del mundo por la sedación forzada, no es recuperación. Es supervivencia. Y quienes han sobrevivido a esas prácticas cargan consigo memorias que tienen que ser escuchadas, no negadas. Reconocer estas historias no como “casos clínicos”, sino como testimonios políticos.

La contención no puede seguir siendo el recurso automático. Debe ser lo que realmente dicen los protocolos: el último recurso, y bajo estricta vigilancia ética. Pero más aún, debe ser superada. Porque mientras sigamos justificando la violencia bajo el nombre de “intervención psiquiátrica”, seguiremos atando cuerpos que en realidad lo que piden es ser escuchados.

Los protocolos son instrucciones para la coreografía psiquiátrica del encierro y del sometimiento. Aunque la ley diga otra cosa.

Artículo 74 Ter, fracción IV de la Ley General de Salud:

“El usuario tiene derecho a no ser sometido a medidas de aislamiento, contención coercitiva o cualquier práctica que constituya tratos crueles, inhumanos o degradantes”.

¿Entonces por qué siguen amarrando?, ¿por qué sigue siendo una práctica común?, ¿por qué se normaliza el sometimiento y el encierro?

Estamos hartxs de escuchar frases como “eso suena muy bonito en la Ley, pero no es posible, no es práctico”, “los derechos humanos ahora ya impiden todo”, —dicen eso porque nunca han estado con un psicótico—. Pues aquí estamos nosotrxs “los psicóticos”, de quienes tanto hablan, a quienes alguna vez ataron a una cama, o silenciario con dosis que nunca pedimos. Las locas, los locos, de carne, hueso, memoria e historia. Estamos aquí, quienes sabemos qué es estar con nosotrxs mismxs en momentos de máxima vulnerabilidad, como si no fuera nuestra piel la que recuerda cada sujeción, cada inyección, cada mirada no escuchada.

En 2022, se realizó una reforma a la Ley General de Salud en materia de salud mental, pero a la fecha, en la práctica, las violencias y lógicas, los infiernos ocasionados por la medicación y el internamiento involuntario, los cuerpos anulados, la tortura en nombre del cuidado, siguen siendo una realidad intacta, y casi intocable.

¿Qué postura adopta la Comisión Nacional de Salud Mental y Adicciones (CONASAMA)? Hacemos un llamado para la revisión de estos protocolos, con perspectiva de derechos humanos y desde un compromiso real con estos, los protocolos vigentes en hospitales psiquiátricos, respecto a la atención de las personas usuarias de servicios de atención a la salud mental.

La ley prohíbe el trato cruel, inhumano o degradante, sin embargo, en los hechos persisten prácticas como las sujeciones mecánicas prolongadas, el uso coercitivo de fármacos, los aislamientos forzados, y la negación de la voluntad de las personas.

Es indispensable una transformación profunda de los dispositivos de atención, donde el cuidado se construya desde el respeto a la autonomía, la escucha, y la participación directa de las propias personas usuarias.

Porque nuestros cuerpos no son territorio de prueba ni sacrificio, y los derechos humanos no son un obstáculo, sino el piso mínimo para hablar de vida digna.

Estudios Locos México es un proyecto construido por personas locas que busca articular saberes sentipensantes en resistencia contra el orden psiquiátrico, desde la locura, a través de la escritura, la intervención, la investigación, el arte y todo tipo de expresión loca.

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