09 de Enero de 2026

Opinión

El privilegio… de que te excluyan

Fecha de publicación: 05/Noviembre/2025 | Autor: I Wheel Love U

Ilustración de I Wheel Love U, pareja del universo de la discapacidad y columnistas de Yo También

Es común que, cuando hablamos sobre nuestra lucha y hacemos activismo en favor de las personas con discapacidad, se nos señale con un “bueno, pero ustedes son privilegiados”, como si la lucha social por los derechos debiera ejercerse sólo desde la precariedad o como si el tipo —o el costo— de las ayudas técnicas determinara la validez de una opinión o el acceso a un derecho.

Según las escuelas de derechos humanos, los derechos no se otorgan: se reconocen. Es decir, todas las personas nacemos con ellos por el solo hecho de ser humanas. Los Estados y las leyes no “dan” derechos; su deber es garantizar el acceso y proteger su ejercicio.

En el caso de los derechos de las personas con discapacidad, vale preguntarse: ¿estos derechos se ejercen sólo a partir de un privilegio? ¿Por qué se cree que algunas pcd son privilegiadas? Todo parte de un sesgo de percepción: pensar que alguien es “privilegiado” solo porque puede comprar algo —sin mirar el contexto—.

Ese sesgo reduce situaciones complejas, como la desigualdad estructural o la accesibilidad, a un solo factor visible: el consumo o el poder adquisitivo. Y sí, incluso puede caer en capacitismo. Pero, vamos por partes.

El privilegio implica una ventaja injusta frente a otros en igualdad de condiciones.

Pero en el caso de las pcd, comprar tecnología de asistencia no otorga ventaja: reduce una desventaja estructural creada por un entorno inaccesible.

Comprar una silla de ruedas con tecnología reciente no es un lujo: es una herramienta para alcanzar el punto de partida que otros ya tienen garantizado.

Ese pensamiento desplaza la conversación del sistema que excluye hacia la persona que intenta librar las barreras a su paso.

Transforma el esfuerzo en apariencia de privilegio y, sin querer, culpabiliza al usuario de accesibilidad por “poder permitírselo”, en lugar de exigir al Estado y a la sociedad que eliminen las barreras.

Por eso repetimos constantemente que, aunque las pcd enfrentemos más o menos barreras, llamarle privilegio a tener algo del amplio abanico de ayudas técnicas necesarias para intentar igualar las condiciones del entorno puede ser mezquino… y también capacitista.

¿Por qué capacitista?

Porque refuerza la idea de “lo normal” como punto de partida.

Cuando alguien dice “qué privilegio tener una silla así” u “ojalá todos tuvieran un aparato así”, está comparando la accesibilidad con un lujo, no con una necesidad.

Eso centra la conversación en la norma corporal y funcional: asume que lo “normal” es moverse sin apoyos, y que quien necesita tecnología o adaptaciones está “más allá” de lo común, como si tuviera algo “extra”.

En realidad, lo que hay es un entorno construido solo para ciertos cuerpos y formas de moverse.

El capacitismo nace justo ahí: en la idea de que unos cuerpos valen más o encajan mejor que otros.

Llamar “privilegio” a un recurso de apoyo —una silla eléctrica, un lector de pantalla, un bastón inteligente o un auto adaptado— borra la desigualdad de base.

Una persona no está por encima de los demás por tenerlo: está intentando alcanzar el punto de acceso que el entorno le niega.

Debemos dejar de invisibilizar la responsabilidad del Estado y la sociedad de garantizar la accesibilidad universal, porque ese desplazamiento vuelve a cargar la culpa sobre la persona con discapacidad. Es el equivalente a decir: “Tú tienes suerte, los demás no.” En lugar de: “El entorno sigue sin ser accesible y tú estás pagando por suplir esa omisión.”

“Tú tienes suerte, los demás no”.

Cuando se habla de “privilegios” en lugar de “ajustes razonables”, el tema de los derechos humanos se reduce a uno de consumo o mérito personal, perpetuando la idea capacitista de que la accesibilidad es opcional o excepcional, no obligatoria.

Y todo esto para llegar al punto esencial: por más que puedas pagar una ayuda técnica, terapias, educación “especial” o adecuaciones en tu casa, sales al mundo a enfrentar las mismas barreras de un Estado omiso y una sociedad excluyente.

Así que no, no es privilegio.

Es un esfuerzo individual ante un fallo colectivo.

Y creer lo contrario es un sesgo que confunde acceso con privilegio.