Opinión
Dejar de adaptarse como un acto rebelde hacia la libertad
Fecha de publicación: 04/Julio/2025 | Autor: I Wheel Love U
En Yo También y en el universo del activismo por los derechos de las personas con discapacidad (pcd) se habla mucho sobre qué es la discapacidad, cómo entender el modelo social y la importancia de reconocernos a nosotras mismas para entonces ser reconocidas como personas. Pero el camino sigue lleno de barreras, muchas de las cuales, incluso siendo pcd, seguimos alimentando sin querer.
Las personas con discapacidad hemos atravesado muchas fases, muchos términos, pero seguimos siendo tratadas como un grupo vulnerado. A veces parece que no logramos salir de esos ciclos. Aún se nos ve como “discapacitados”, definidos por una condición o diagnóstico, como si estuviéramos enfermos. Lo preocupante es que esta mirada se refuerza cuando algunas PCD, con tal de sentirse parte de una sociedad excluyente, eligen adaptarse a un mundo que oprime. A una sociedad que nos “incluye” solo cuando le resulta conveniente, no cuando lo necesitamos. Un mundo que exige que nos adaptemos, en lugar de adaptarse él mismo para eliminar barreras. Y es precisamente ahí donde se vuelve más fácil dejar de vernos como personas.
Un espacio accesible es un lugar seguro, y un lugar seguro es aquel que no nos excluye. Entonces, ¿por qué deberíamos adaptarnos a un sistema que fue diseñado para excluirnos?, ¿por qué encajar en un espacio que nos rechaza?, ¿por qué permitir que nuestra dignidad sea tratada como un accesorio?
No lo decimos en sentido figurado. Lo vemos, por ejemplo, cuando en eventos de entretenimiento se trata a los dispositivos de asistencia como si fueran estorbos, y se obliga a las pcd a guardarlos “donde no molesten”. ¿Por qué lo aceptamos?, ¿por qué ayudamos a perpetuar la idea de que debemos adaptarnos incluso a costa de nuestra dignidad?
En Vigilar y castigar, Michel Foucault muestra cómo el poder no se ejerce sólo desde instituciones autoritarias, sino que se enraíza en las costumbres, rutinas y formas de pensar. Adaptarse, muchas veces, no es una elección consciente, sino una reproducción automática de lo que otros diseñaron.
Desde nuestro activismo elegimos no adaptarnos a que me carguen para entrar a un espacio que debería ser accesible. Elegimos no aplaudir ni normalizar el uso de escaleras eléctricas con silla de ruedas como sinónimo de “nada me detiene” o “eres un guerrero”. No aceptamos invisibilizarnos.
Cuando permites que tu silla de ruedas o tu perro de asistencia se lleven a resguardar para “no estorbar”, cuando entras por otra puerta para no incomodar, cuando eliges callar porque exigir un derecho puede cerrarte puertas, o cuando como activista avalas un lenguaje incorrecto porque “es trend”, pero al día siguiente exiges respeto, estás contribuyendo a perpetuar la idea hegemónica de que nuestro rol es adaptarnos.
En El segundo sexo, Simone de Beauvoir analiza la opresión de las mujeres, pero sus palabras también aplican a otras identidades. Muchas veces aprendemos a adaptarnos a lo que se espera de nosotras: hacernos a un lado, guardar silencio, ceder espacios. Esa forma de adaptación, aunque silenciosa, también es una forma de opresión.
Por eso, sacudir las normas que nos limitan y rechazar los estándares impuestos —aquellos que esperan que encajemos en espacios que no fueron hechos para nosotras— es, creemos, un primer avance hacia la libertad.
Ser activista, además de un acto de conciencia, es un acto de resistencia.
Tania Sánchez y Alex Castillo son una pareja en el universo de la discapacidad que crea contenidos para crear consciencia y visibilizar las barreras que enfrentan las personas con diversidad funcional en la vida diaria. Activistas por los derechos de las pcd y capacitadores en materia de accesibilidad.
Te interesa:
18.6% de madres en México viven con discapacidad o limitación
La IA no discrimina; mi experiencia usando “DeepSeek” para un experimento psicológico
Se gradúa con mención honorífica primer organista con discapacidad visual





