23 de Febrero de 2026

Opinión

La locura no es insurgente, en El Insurgente

Fecha de publicación: 23/Febrero/2026 | Autor: Estudios Locos México

Logotipo de Estudios Locos México, personas locas que buscan articular saberes y sentipensares en resistencia al orden psiquiátrico

Antes de subir al Tren Interurbano ‘El Insurgente’, leí el reglamento. No por civismo, sino por supervivencia (quizás algunos piensen y comenten en su discurso que estos espacios son para las personas “normales”. Los  entendemos, no se preocupen, los abrazamos desde este escrito). Las personas con discapacidad psicosocial aprendemos pronto (y de forma a veces dolorosa) que los reglamentos ni siquiera están elaborados bajo criterios que permitan la accesibilidad de todas y todos: anuncian intempestivamente qué cuerpos tendrán acceso y cuáles serán vigilados, sometidos, corregidos o expulsados. 

Algunos negados —y no precisamente por las personas que laboran en seguridad— sino por todo ese mecanismo de precariedad y la lógica de homogeneizar, incluso esos niveles diversos, por el bien del proyecto, pues es claro que prefieren pintarlo de guinda a generar un proyecto de inclusión para todas, todos y todes.

Ahí, sin rodeos o lamentos, se establece que las personas con discapacidad psicosocial e intelectual no pueden ingresar solas al tren (sin embargo, jugando desde esa lógica, obvio no voy a solas, las voces me acompañan); deben hacerlo acompañadas por una persona adulta “responsable”. No se habla de apoyos, ni de ajustes, ni de derechos. Se habla de control, un control con bordados pintados en sus muros. El mensaje es claro: solas, no. Nuestra presencia es sospechosa desde el inicio, empieza a etiquetarse. 

Para Estudios Locos México, esto no es una cuestión administrativa, ni mucho menos una propuesta de inclusión: es una forma de cuerdismo institucional. La discapacidad intelectual, psicosocial, la locura o el malestar aparece como algo que debe ser contenido, supervisado, administrado por otra persona o por el sistema. No se preguntan qué barreras se generan; asumen, de entrada, que el problema somos nosotres. Quizás la lógica es estigmatizar, porque al igual que el metro de la CDMX o estos sistemas de transporte masivo, suelen encontrarse como espacios de tensión, pero también de liberación. Por un lado, no vaya a ser que alguien se aviente a las vías o se le ocurra tener una crisis en su trayecto, porque será muy incómodo para quienes son “normales”. 

Por el otro lado, siendo una persona con discapacidad psicosocial, me parece que es a partir de estas lógicas que se empieza por esa estigmatización incluso en los reglamentos, cuando el tren me parece una experiencia de liberación y de tranquilidad al bullicio de la misma ciudad, el tránsito o el ruido. Porque la crítica no es hacia el tren en sí, es hacia los reglamentos o la lógica detrás de pensar que quienes podemos ser usuarios, tenemos que ser controlados. 

Después de leer eso vomité, porque entrar al tren ya no fue/es un gesto cotidiano. Es un acto cargado de cautela. Nos preguntamos qué pasaría si alguien decide que no cumplimos con la idea correcta de “responsabilidad” o si mi tarjeta de discapacidad dice que tengo que ir acompañado. Nos preguntamos, también, qué ocurriría si una persona con discapacidad intelectual entra sola, bueno, realmente siguiendo eso, no entraría. Pero sí, por un “descuido” nos llegamos a colar. El reglamento no lo dice. Y ese silencio no protege: amenaza. Deja la experiencia cotidiana en manos del criterio de seguridad y del prejuicio, de la interpretación arbitraria.

Entre igual. Porque la exclusión muchas veces se disfraza de normalidad, grita. Y ahí aparece otra forma de violencia; la confusión. La señalización no es clara. No se distingue bien hacia dónde va cada tren, las letras son lejanas y no hablo específicamente del espacio, más bien si el andén conduce a Observatorio o a Zinacantepec. Todo parece diseñado, pensado, construido para quien ya sabe, para quien no duda, para quien no necesita confirmar. Y sí, ya sabemos, otra vez los abrasamos (es intensional, sabemos distinguir entre abrazar y abrasar) en su discurso, si no pueden usarlo, pues no lo usen, no salgan, quédense en su casa y justo eso es lo que estamos tratando de romper. 

Para muchas personas esto es un inconveniente menor. Para quienes vivimos ansiedad, des-regulación, crisis o sobrecarga, la confusión se acumula. Agota y explota. Obliga a preguntar-se. Y preguntar, en una ciudad que castiga la lentitud, también cansa. El tren des-orienta: exige claridad mental/corporal en un entorno que no la ofrece y que, al contrario, golpea. 

Intentamos usar la tarjeta de gratuidad para personas con discapacidad. El personal, para empezar, no sabía si existía, dudó de su validez, sugirió que quizá el error era nuestro. La tarjeta no pasó. El derecho tampoco. Otra vez explicar, justificar, sentir que se interrumpe el flujo “normal”. Las personas viéndome extraño. Me presionan.

Desde Estudios Locos México, estos momentos no son triviales: son microviolencias que refuerzan la idea de que las personas con discapacidad son siempre una excepción incómoda. Que muchas veces es mejor tenerlas en psiquiátricos o refundidas en sus casas. 

A esto se suma el costo del pasaje, que para el recorrido completo es de cien pesos. En una ciudad donde el tráfico devora, devasta, abruma horas de vida, pagar más para llegar sin colapsar emocionalmente se convierte en una estrategia de cuidado. Pero también en un privilegio. El tiempo, el descanso y la calma cuestan dinero. Para muchas personas con discapacidad psicosocial, pagar ese pasaje es pagar por un momento de tranquilidad, para no llegar desbordades después de una jornada de un trabajo que igual desgasta, por conservar un poco de energía para sostenerse y probablemente para escribir un poco —incluso esta columna—.

La desigualdad se profundiza y golpea con otra regla: a diferencia del Metro o el Metrobús, El Insurgente no permite pagar varios pasajes con una sola tarjeta. Cada persona necesita la suya. Para quienes no viajamos a solas, por cuidado mutuo, no por incapacidad, el gasto se multiplica. La movilidad “moderna” no contempla los vínculos, sólo individuos aislados y autosuficientes. Mis dos personalidades ahora deben tener su propia tarjeta. 

Ya dentro del vagón me ocurrió una escena que condensa todo el problema. Una persona con una condición de salud visible, portando una sonda, se sentó en un asiento reservado. Un guardia se acercó y la obligó a levantarse para ir a un asiento común. No hubo diálogo. Ese cuerpo no coincidía con la imagen correcta de persona con discapacidad. El derecho dependió del juicio del vigilante. Y es ahí, donde otra vez vuelven las etiquetas, tendremos que ponernos un gran gafete o una etiqueta en la frente que diga “soy discapacitado”.

Desde este proyecto llamado Estudios Locos México, esto es super importantisimo: la discapacidad no se reconoce por la experiencia vivida, sino por la legibilidad del cuerpo. Hay que parecer, no sólo necesitar. El asiento reservado no protege: clasifica.

Durante varios días de uso, además, el sistema falló: tarjetas que no leían, aplicaciones que no funcionaban, boletos sin saldo. Cinco intentos, dos fallas. Para quien ya llega con cansancio, nerviosismo o en alerta, cada falla es una pequeña crisis más. Un golpe y golpe, tras golpe. El sistema no falla igual para todes: falla más sobre quienes ya vienen cargando.

El Tren Interurbano Insurgente presume modernidad, pero reproduce una ciudad profundamente cuerdista. Hay rampas y elevadores, sí, pero no hay reconocimiento del impacto que el espacio público tiene sobre la mente. No hay margen para la confusión, la pausa, el error, la fragilidad. La accesibilidad es visible; la locura, ignorada.

Desde Estudios Locos México, la pregunta no es si el tren funciona. La pregunta es para quién. Mientras la persona con discapacidad psicosocial/intelectual siga siendo tratada como riesgo, sospecha o excepción, la movilidad seguirá siendo un privilegio vestido de derecho.

La ciudad avanza rápido.

Pero deja atrás a quienes no podemos, ni queremos, correr al ritmo de la normalidad.