23 de Febrero de 2026

Opinión

La (de)presión de un mundo inhabitable: 13 de enero

En el marco del Día Mundial de la Lucha contra la Depresión, esta columna cuestiona los discursos que individualizan el malestar y propone mirar las estructuras que lo producen

Fecha de publicación: 13/Enero/2026 | Autor: Estudios Locos México

Ilustración con el logotipo de Estudios Locos México, personas locas que buscan articular saberes y sentipensares en resistencia al orden psiquiátrico

Déjenme si estoy llorando
Ni un consuelo estoy buscando
Quiero estar solo con mi dolor

Nelson Ned D’avila Pinto

Cada 13 de enero se conmemora el Día Mundial de la Lucha contra la Depresión. En el discurso público dominante, esta fecha suele presentarse como una oportunidad para visibilizar un “problema de salud”, promover la búsqueda de ayuda profesional y reforzar mensajes de esperanza anclados en la recuperación individual. Este día se convierte en un discurso, por demás bien ensayado: hablar de salud mental sin hablar de las condiciones que originan el malestar, promover esperanza sin transformar los mundos que se vuelven inhabitables. Todo se reduce a “busca ayuda” y el famoso:

“Échale ganas, ¿estás triste? Ya no lo estés”

Esta conmemoración exige ser revisada críticamente y obvio, desde Estudios Locos México, confrontada (porque ya lo hemos dejado claro, nos gusta desmadrar/romper todo); no para negar el sufrimiento (probablemente hasta celebrarlo) que implica la depresión, sino para cuestionar qué entendemos por “lucha”, contra quién se dirige y bajo qué lógicas se nombra y se gestiona el malestar. Ser dignos de ese malestar.

Porque… ¿quién se encuentra adaptado a una sociedad como la nuestra?

Desde esta perspectiva, la depresión no es una entidad clínica que habita en los individuos, sino un campo de experiencias (un campo largo, rojo intenso y oscuro) atravesado por condiciones sociales, económicas, culturales y políticas. Nombrarla como trastorno implica reducirla a una falla del sujeto.

Porque si algo no tiene evidencia contundente, es precisamente la idea de la depresión como entidad biológica claramente delimitada. No hay virus, no hay bacteria, no hay marcador orgánico universal. Los tratamientos farmacológicos operan –en la mayoría de los casos– por ensayo y error. Y no, no decimos que el malestar sea inventado (jamás), decimos que el modo en que se nombra y se administra responde más a una lógica de control y encubrimiento que a una comprensión profunda del sufrimiento.

Un hombre va al médico. Le cuenta que está deprimido. Le dice que la vida le parece dura y cruel. Dice que se siente muy solo en este mundo lleno de amenazas donde lo que nos espera es vago e incierto. 

Invisibilizando los contextos que producen cansancio, precarización, soledad, hiperexigencia y una constante demanda de rendimiento emocional. La pregunta entonces no es cómo erradicar la depresión, sino qué mundos la hacen necesaria y qué silencios intenta romper. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo nombran con diplomacia: “líder mundial en estrés laboral y en horas trabajadas”, pero aquí lo nombramos sin anestesia: “agotamiento planificado”. Tampoco importa que las cifras de suicidio sigan en aumento en México, reflejo de cuerpos estallados, presionados, al límite.

Pero no, el doctor le responde: “El tratamiento es sencillo, el gran payaso Pagliacci se encuentra esta noche en la ciudad, vaya a verlo, eso lo animará”. El hombre se echa a llorar y dice: “Pero, doctor… yo soy Pagliacci”.

Alan Moore

El cansancio o el desgaste intenso corporal no son síntomas de enfermedad; es política de Estado, es orden social.

Se hace necesario dejar de concebir la depresión únicamente como algo que debe corregirse o eliminarse, para re-conocerla también como una forma de resistencia al mandato contemporáneo de la felicidad. (Sí, si estoy triste, y me siento bien, estando mal). En un sistema que exige optimismo permanente, productividad constante y consumo emocional como prueba de bienestar, no poder o no querer estar bien se convierte en un gesto incómodo, disruptivo y, en cierto sentido, político. La depresión –en este marco– puede leerse como un punto de fricción frente a una cultura que niega el malestar mientras lo produce de manera sistemática.

“El trabajo siempre es el antídoto”, nos repiten. Y obedecemos: unas pastillas, un café y a seguirle. Nada que el Prozac no cure. (Nada que el sistema no aproveche).

Hablar de dignificar el sentir no implica romantizar el dolor ni negar la necesidad de acompañamiento, sino reconocer que no todo sufrimiento es patológico ni todo silencio es síntoma. Dignificar el sentir supone abrir espacios donde la tristeza, el agotamiento, la apatía o la desesperanza no sean medicalizados o moralizados, sino escuchados como lenguajes que dicen algo sobre las condiciones de vida actuales. En este sentido, la depresión también es un espacio de lucha: lucha por existir sin tener que demostrar felicidad, por habitar el tiempo sin ser eficiente, por sentir sin ser corregido.

Queremos un lugar, un espacio, para reunirnos y llorar, sufrir, molestarnos, malestar, es nuestro derecho. 

La lucha, entonces, no debería centrarse en “combatir” la depresión, sino en confrontar las estructuras que producen malestar y luego responsabilizan a los sujetos por no adaptarse. Esto implica cuestionar el ideal de bienestar ligado al consumo, a la auto-optimización y a la positividad obligatoria, donde sentirse mal es visto como fracaso personal y no como señal de un sistema que desborda.

¿Sabes por qué la gente se corta?

Porque pueden soportar el dolor de sus cortadas pero no el de su corazón.

Entonces, ¿día mundial de la lucha contra la depresión?

Cuando era un niño

Mi padre me llevó a la ciudad

Para ver una banda desfilar

Me dijo: Hijo cuando crezcas

¿Podrías ser el salvador de las personas rotas

Los golpeados y los malditos?

My chemical romance

No nos importa habitar y ser juzgados en un mundo lleno de máscaras de felicidad. No nos interesa encajar en una coreografía de sonrisas obligatorias, frases motivacionales y éxitos de escaparate. Nuestra depresión no es vergüenza ni falla: es una forma de decir que hay quienes no nos adaptamos a una sociedad que se niega a responsabilizarse de la mierda que produce, acumula y esconde. Mientras el mundo se maquilla para parecer sano, algunos cuerpos y afectos se quiebran, se detienen, se apagan. Y en ese apagarse hay una verdad que incomoda: no todo puede ser soportado, no todo debe ser normalizado. La depresión, entonces, no es silencio pasivo, es lenguaje; no es rendición, es un límite que se planta frente a un sistema que exige felicidad como obediencia y adaptación como única forma de existir.

Probablemente, por eso mamá, “zer em0o No eRa ZólO UnaA 3tapa, ZiNo unA fhoRma de viVir/mo0riR”. (sic)

Por eso proponemos nombrar este día no como lucha contra la depresión, sino contra la (de)presión: esa fuerza que aplasta, normaliza, silencia y adapta. La (de)presión no es sólo afectiva, es política, es cultura.

En un sistema que exige felicidad permanente, estar mal se vuelve un gesto subversivo.