Opinión
Etiquetas, etiquetas, etiquetas…
Fecha de publicación: 25/Marzo/2026 | Autor: Estudios Locos México
Como ya es costumbre, lo que vamos a presentar no busca explicar “amablemente” ni convencer desde la neutralidad. La intención es otra: interpelar, incomodar un poco, mover interpretaciones y subjetividades que se han construido y sedimentado a partir de esas formas en las que cierto sistema (cof cof, la psiquiatría) ha producido realidades sociales completas. Realidades que no solo nombran lo que sentimos, sino que nos dicen quiénes somos, cómo debemos vivir y, muchas veces, hasta dónde podemos llegar.
Para eso es necesario hacer un pequeño recordatorio, pero sobre todo nombrar. Nombrar desde las particularidades que atraviesan nuestros escritos: experiencias encarnadas, memorias colectivas, ironía como defensa, rabia como motor. Nombrar aquello que ha servido para explicar o más bien traducir lo que muchas personas sienten, piensan, viven… o simplemente sobreviven.
Y sí, ya estamos acostumbrados a que nos funen. Nada nuevo. Vamos de nuevo.
Esta vez nos vamos a meter con las “etiquetas”. Y sí, ya sabemos que para muchas personas tienen sentido. Que incluso se apropian de ellas. Que a veces alivian, porque ofrecen una respuesta ahí donde antes solo había confusión o silencio. A algunes nos vuelven más cool, a otres nos dan desarrollo de personaje, en otros tantos se convierten en excusa para tener algo de qué hablar en sobremesas incómodas. Incluso llegan a volverse pseudónimos, marcas personales, usernames:
“Ulysses Esquizo”, “Ulysses y los un chingo de universos sociales”, qué sé yo.
La etiqueta circula, se estetiza, se ironiza, se vende.
Pero no podemos olvidar que antes de ser perfil, meme o bio de Instagram, la etiqueta fue y sigue siendo una herramienta de clasificación.
En los últimos años, gracias al trabajo de distintos colectivos y activistas de personas con discapacidad psicosocial, se ha generado una disrupción importante frente a esos discursos que parecían incuestionables. Discursos que se habían instalado como verdades técnicas, médicas, “científicas”, y que en realidad funcionaban como lógicas de apropiación de cuerpos y modos de existir.
Ahí se empezó a romper el piso: a cuestionar quién nombra, desde dónde, para qué y con qué consecuencias.
Sin embargo, el desarrollo histórico de estas etiquetas no puede leerse solo como una evolución del conocimiento. Guarda también un conjunto de prácticas violentas que muchas personas han vivido en carne propia. Porque las etiquetas no solo explican: también estigmatizan. Han sido excusa para discriminar, para invalidar, para violentar, para golpear, para medicalizar sin consentimiento, para encerrar. Han servido como justificación moral, legal y clínica para decidir quién merece derechos y quién solo merece intervención.
Desde Estudios Locos México, sostenemos que el diagnóstico psiquiátrico no es un simple acto descriptivo. Es un sistema de clasificación que traduce experiencias complejas en códigos institucionales. Decide qué cuenta como sufrimiento legítimo, qué debe corregirse, qué se tolera y qué se castiga. Una vez traducida, la experiencia deja de pertenecerte del todo: pasa a circular por expedientes, escuelas, juzgados, consultorios, familias. Se vuelve lenguaje del Estado, lenguaje del control. Biopolítica.
Un ejemplo contundente, histórico y profundamente político, es el de la homosexualidad. Durante años estuvo clasificada como trastorno en el DSM. Posteriormente, la APA votó por retirarla, pero no sin antes sustituirla por categorías relacionadas con “disturbios” u “orientación”, buscando otras formas de conservar el control. No se trató de un acto de iluminación ética espontánea, sino de una disputa política, social y activista que obligó al sistema a reacomodarse.
Y aun así, sabemos que esa etiqueta no desapareció del todo. Hoy sigue viva, circulando en redes sociales, en comentarios despectivos, en chistes, en discursos de odio, en violencias cotidianas. Basta con navegar un poco para encontrar cómo esas lógicas siguen operando. Para algunes (muches) tienen sentido, incluso se defienden con fervor. Después nos meteremos con eso. Por ahora, basta con decir que los diagnósticos pueden salir de los manuales, pero no necesariamente de las “cabezas”.
Esto nos lleva a otra pregunta incómoda:
¿Qué pasa cuando las etiquetas caducan?
¿Qué ocurre cuando el sistema PSI decide que ya no sirven y propone otra interpretación, otra explicación, otra excusa para nombrar eso que somos o sentimos? ¿Qué se supone que debemos hacer con nuestra identidad anterior? ¿Evolucionamos como Pokémon? ¿Digievolucionamos? ¿Se nos desbloquea un nuevo arco narrativo por el bien de la trama?
Y, sobre todo: ¿cómo tengo que percibirme ahora?, ¿cómo debo colocarme frente a lo que me acontece?, ¿qué partes de mí quedan obsoletas cuando cambia el nombre?
Un ejemplo claro es el Asperger, categoría que durante años fue transitada, reapropiada, habitada por muchas personas, y que luego fue absorbida, borrada o reconfigurada dentro del “espectro autista”. Personas que antes eran Asperger, luego TDAH, luego autistas, luego “otra cosa”. No porque sus experiencias hayan cambiado radicalmente, sino porque el sistema reorganizó su mapa.
Y que por cierto, el 18 de febrero se “celebró” el Día Internacional del Síndrome de Asperger.
Y en ese movimiento, muchas vidas quedaron descolocadas: accesos que se pierden, apoyos que se modifican, identidades que se vuelven “incorrectas” de un día para otro.
Ahí es donde la crítica loca se vuelve urgente: no somos borradores que el sistema puede editar sin consecuencias. Las etiquetas no son neutrales, no son inocentes, no son solo palabras. Son dispositivos que ordenan el mundo y deciden quién entra, quién sale y bajo qué condiciones. “Y sí, preferimos que nos nombren magos, espíritus de-ambulantes o simplemente por mi nombre, no sé, lo usual”.
Cabe aclarar que lo que cuestionamos no es a las personas que se han identificado y han luchado desde esta forma de ser en el mundo, porque probablemente nos ataquen porque quiénes somos para decir que su lucha está íntimamente relacionada con la etiqueta que la psiquiatría les ha dado.
Fue en los años noventa que el Asperger se incorporó formalmente a los manuales diagnósticos (DSM-IV), consolidándose como identidad clínica y social. Muchas personas se apropiaron del término, encontrando en él una explicación, una comunidad y, en algunos casos, una forma de protección frente al estigma más duro del “autismo”. Sin embargo, esta aparente inclusión seguía dependiendo de una lógica normativa: valer en la medida en que se pudiera adaptar.
El giro político-clínico ocurrió en 2013, cuando el DSM-5 eliminó el diagnóstico de Asperger e integró todas estas categorías bajo el “trastorno del espectro autista” (TEA). El argumento oficial fue técnico, o mejor dicho, de coherencia diagnóstica, pero las consecuencias fueron profundamente políticas: identidades clínicas desaparecieron, accesos a apoyos cambiaron y muchas personas quedaron en un limbo administrativo y subjetivo.
Así, el Asperger no “evolucionó” por un avance natural del conocimiento, sino porque el sistema psiquiátrico reordenó su mapa. El problema no es solo el cambio de nombre, sino la lógica que lo sostiene: una clasificación que puede redefinir vidas completas sin preguntarse por los efectos subjetivos, sociales y materiales de esa decisión. Este tránsito revela que los diagnósticos no describen simplemente lo que somos, sino que producen formas legítimas y descartables de existir.
Lo que cuestionamos no son las personas ni sus experiencias, sino las etiquetas impuestas por quienes se autonombran “especialistas”, por esa voz autorizada que pretende nombrar la vida ajena desde la distancia del manual, del consultorio y del expediente. Cuestionamos la arrogancia de creer que una existencia puede ser traducida, reducida y fijada en una palabra clínica, como si esa palabra agotara lo que alguien es, siente o puede llegar a ser.
Nosotres no acompañamos diagnósticos, acompañamos vidas. Acompañamos a quienes, en la complejidad de su existencia y en su particular y profundamente universal forma de mirar, de ser y de estar en el mundo, han tenido que aprender a habitar una realidad que muchas veces les resulta hostil. Vidas atravesadas por una intensidad que no encaja, por sensibilidades que desbordan, por modos de relación que incomodan a una sociedad obsesionada con la norma, la productividad y la corrección.
Hablamos de quienes no solo viven, sino que sobre-viven. Sobre-viven a los obstáculos que no aparecieron por azar, sino que fueron colocados por el mismo sistema que después los nombra como “problema”. Sobre-viven a instituciones que prometen cuidado, pero ofrecen control; a discursos que dicen acompañar, pero exigen adaptación; a una sociedad que primero excluye y luego medicaliza esa exclusión.
Acompañar, entonces, no es corregir ni normalizar. Es reconocer la potencia de quienes, aun cargando etiquetas ajenas, han construido formas propias de existir. Es poner el cuerpo al lado de quienes siguen caminando, a pesar de que el sistema insiste en decirles que están mal hechos.





