23 de Febrero de 2026

Opinión

Amar y hacer amistad también es un derecho: un llamado a la inclusión

Fecha de publicación: 13/Febrero/2026 | Autor: Susana Xóchitl Barcena Gaona

Ilustración de Susana Xóchitl Bárcena Gaona, profesora de educación especial

Cada febrero, el calendario nos empuja a hablar de amor y amistad como si fueran un lujo amable: flores, mensajes, cenas, fotos. Pero para muchas personas con discapacidad, esos vínculos no se viven como un “extra” bonito, sino como un territorio al que se entra con permiso ajeno, con vigilancia, con obstáculos y, a veces, con la dolorosa sensación de que no se les considera destinatarias legítimas del afecto.

Las relaciones de amistad y noviazgo no son un adorno, sino una parte esencial de la vida humana, una fuente de compañía, diversión, pertenencia y bienestar. La amistad y el amor no sólo están “limitados” para muchas personas con discapacidad; con frecuencia son administrados por el entorno, restringidos por barreras materiales y simbólicas, y reducidos a algo que se tolera sólo si no incomoda.

Cuando se piensa en las dificultades para construir vínculos, se suele atribuir todo a la discapacidad, como si el problema estuviera dentro de la persona. Sin embargo, buena parte de lo que impide conocer a alguien, sostener una amistad o iniciar un romance se explica por el mundo que diseñamos alrededor:

  • Restricciones para acercarse a otros: sobreprotección, control excesivo, infantilización (“todavía no”, “no entiende”, “no le conviene”), miedo social al deseo ajeno.
  • Limitaciones de la comunicación: no por incapacidad personal, sino por falta de ajustes y apoyos: ausencia de sistemas alternativos, poca paciencia para conversar a otro ritmo, entornos que no facilitan la expresión.
  • Escasas oportunidades de esparcimiento y socialización: la vida social ocurre en espacios específicos —cafés, cines, fiestas, talleres, conciertos, parques—. Si esos lugares no son accesibles, o si llegar implica rutas imposibles, costos extra y cansancio, la vida afectiva se vuelve un “proyecto logístico”.
  • Barreras arquitectónicas que parecen pequeñas para quien no las vive: escalones, baños inaccesibles, transporte sin adaptaciones, banquetas rotas, iluminación deficiente, lugares sin señalización. Cada barrera es, en el fondo, un “aquí no perteneces”.

Y cuando la socialización se limita, el resultado no es sólo soledad. Es menos práctica para construir confianza, menos oportunidades para equivocarse y aprender, menos experiencias para reconocer lo que me gusta y lo que no, menos historias compartidas que dan sentido.

Una amistad verdadera no “rehabilita” a nadie, no “compensa” una vida. Simplemente acompaña. Y ese acompañamiento tiene un poder que no se puede subestimar, porque un buen amigo te devuelve el cuerpo y el mundo: te saca a la calle, te incluye en planes, te pregunta y te espera; te habla con respeto, no con lástima; se ríe contigo, no de ti.

Por eso, como señala Tara Brach: el amor y la comprensión de un amigo es como un pozo hondo de agua que refresca nuestro ser hasta las raíces. En ese pozo caben la ternura y la risa, pero también la tristeza, el miedo y la duda. Y cuando una persona con discapacidad es apartada de las amistades, por falta de accesibilidad, por control familiar, por discriminación, no se le está negando “un plan”; se le está negando una fuente de salud emocional.

El amor de pareja, el deseo y la intimidad suelen convertirse en un tema incómodo. A veces se justifican restricciones diciendo que “es por su protección”: miedo a abuso, embarazos no planeados, infecciones de transmisión sexual, rechazo, discriminación. Es cierto que existen riesgos. Pero la pregunta ética es otra: ¿la respuesta será el control absoluto o la construcción de condiciones seguras?

Cuando se prohíbe, se vigila o se castiga el deseo, no se elimina el deseo: se empuja a la clandestinidad. Y lo clandestino suele ser más riesgoso. La protección real no se parece a una jaula; se parece a herramientas: información clara, educación sexual integral, apoyos para la toma de decisiones, espacios accesibles, redes de confianza, acompañamiento sin juicio, y rutas claras para pedir ayuda si algo sale mal.

Amar también es aprender límites, consentimiento, cuidado mutuo, y el derecho a decir “sí” y “no”. Ese aprendizaje requiere experiencias, no encierro.

Si de verdad creemos que la amistad y el amor son parte de una vida digna, entonces no basta con discursos bonitos cada 14 de febrero. Necesitamos acciones concretas:

  1. Accesibilidad en espacios de convivencia (cultura, deporte, ocio, educación): no sólo rampas, también baños, transporte, señalización y personal capacitado.
  2. Apoyos para la comunicación y ambientes que respeten distintos ritmos y formas de expresión.
  3. Educación sexual integral con enfoque de derechos, adaptada y continua, para personas con discapacidad, familias y profesionales.
  4. Menos sobreprotección y más autonomía acompañada: aprender a evaluar riesgos sin cancelar la vida.
  5. Cambio cultural: dejar de ver a las personas con discapacidad como “eternas niñas/niños” y reconocer su adultez, su deseo y su capacidad de elegir.

Amistad y amor son vínculos que nos sostienen cuando todo lo demás falla. Nos recuerdan que pertenecemos, que nuestra historia importa, que podemos ser miradas y elegidas con ternura. Cuando una sociedad limita esos vínculos para las personas con discapacidad, está reduciendo su mundo a lo mínimo: sobrevivir, cumplir, “portarse bien”. Y eso no es inclusión.

La inclusión afectiva ocurre cuando alguien puede decir: “Tengo amigos”, “Me enamoré”, “Me ilusioné”, “Me rompieron el corazón”, “Volví a intentarlo”, “Aprendí”. Porque una vida plena no se define por la ausencia de riesgos, sino por la presencia de oportunidades reales.

Fuente: Brach, T. (2003). Aceptación radical. Gaia Ediciones. 

Susana Xóchitl Bárcena Gaona es Doctora en Psicología de la Salud por la UNAM y Profesora Titular “A” de Tiempo Completo. Educadora sexual certificada por la Asociación Mexicana de Salud Sexual A.C. y Forma parte del Grupo de Investigación en Psicología y Salud Sexual. Investigadora Nacional Nivel 1 por la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación. Imparte clases en el área de Educación Especial y Rehabilitación en la licenciatura y maestría en Psicología de la FES Iztacala, UNAM. Es autora de diversos capítulos de libros y artículos en revistas especializadas de circulación internacional. Sus investigaciones se centran en la sexualidad de las personas con discapacidad.