Opinión
Ajustes razonables: no son favores, son derechos
Fecha de publicación: 18/Agosto/2025 | Autor: Estudios Locos México
Los ajustes razonables no son favores (aunque difícilmente puedan verse así). Son un derecho, y su ausencia es una violencia (como muchas otras, ¿qué le vamos a hacer? es un mundo violento).
Las personas con discapacidad somos forzadas a encajar, o bien, desaparecer. En escuelas (solo podemos hablar de instituciones públicas, pues somos hijes de estas —aunque en escuelas privadas la situación no debe ser muy distinta—), en familias (diría una conductora de un programa televisivo noventero: “hasta en las mejores familias”), en parques, en instituciones gubernamentales, en espacios laborales (aunque muchxs los defiendan), en cualquier lugar donde existan reglas y normas in-visibles para “comportarse como es debido”
Quizás para quien llegase a leer esto, aquellos o aquellas que no se identifiquen como una persona con discapacidad, o que el sistema haya realizado su trabajo y piensa y siente que a todxs nos toca “chingarnos” y que todxs padecemos situaciones, les mandamos un abrazo. La lucha también es para quienes piensen que hay cosas que es mejor aguantar, el sistema es cruel, voraz y no espera.
Desde Estudios Locos México gritamos (porque no tenemos nada que perder, nos gusta el caos —wooo, ¿quien dijo eso— (una voz sobre otra voz)): NO queremos ser “curados” para adaptarnos a un mundo hostil; queremos que el mundo cambie para que todas las formas de vivir sean posibles (o al menos que nuestra muerte sea nuestra).
Un ajuste razonable no es solo una rampa (una bien hecha, porque otras parecen parkour), un horario flexible (porque tienes que cumplir con tus ocho horas laborales y tus 48 horas a la semana —¿alguien quiere pensar en los empresarios?—), la posibilidad de comer en el horario que lo necesito: es una ruptura en la lógica que dice que tu valor depende de tu productividad. No depende de “mientras saques tu chamba en tu horario”, tu estabilidad emocional o tu capacidad de comportarse como dicta la mayoría (chale, ¿alguien quiere pensar en mis emociones?, mi psiquiatra me encierra por menos)
En la escuela nos expulsan con sutileza (a veces ni eso):
- Con una prueba estandarizada que no considera crisis de ansiedad (tienes que estar listo para el estrés, el Metro de la CDMX, el Uber… ‘Ulises deja de golpearte la cabeza, no harás que avance más rápido’.)
- Con el maestro que confunde un episodio depresivo con flojera (mis antidepresivos no me avisaron que ya era hora de despertar, maestro, de verdad que mi cuerpo se mueve lentamente)
- Con el reglamento que prohíbe cualquier desvío de la conducta esperada (conductas disruptivas, claro)
Eso también es un manicomio: un manicomio con libretas y listas de asistencia; ¿Cuántos estudiantes se habrán perdido por no tener ajustes razonables)
En la familia, nos niegan los ajustes porque “así es la vida” o porque “ya deberías superarlo” (el azúcar me da ansiedad madre, la grasa, necesito comer a mis horas, hay mucho ruido, ¡ahhhhh!). Nos piden que disimulemos nuestras crisis para no incomodar en la reunión (¿qué va a pensar tu tía la cristiana que ha querido exorcizarte por escuchar voces?), que callemos en lugar de incomodar con nuestra intensidad. Esa pedagogía de la negación es la primera escuela de exclusión.
En los espacios públicos, la arquitectura del control se disfraza de neutralidad:
Bancas incómodas para quienes necesitan reposar. Actividades diseñadas solo para quienes pueden sostener interacciones largas y energéticas. Personal sin formación para atender a alguien que atraviesa una crisis de ansiedad (¡JAAA!, conozco a alguien que sería feliz escribiendo aquí; sin embargo, “protocolos” toma tu macanazo para que te estés quieto, toma tu macanazo para que no pienses en aventarte en las vías, toma tu macanazo para que… ammm solo toma tu macanazo, por no ser normal)
Todo perfectamente calculado para que la diferencia no tenga lugar.
Exigimos ajustes razonables como acto político:
- Escuelas que no nos expulsen con reglamentos punitivos.
- Familias que reconozcan que la adaptación no es debilidad, sino cuidado.
- Espacios públicos que acojan las formas de vivir/existir sin pretender corregir.
- Espacios laborales que aparte de que tengan ajustes razonables, no discriminen.
Ajustes razonables para todes: para personas con discapacidad, para madres independientes, para estudiantes que trabajan y estudian, para emergencias, urgencias, para quienes aún no se descubren, para los momentos en que solo pasa, ajustes razonables para el dolor, para el humor, para la ternura, para la revolución, ajustes razonables y sin razonar.
Un ajuste razonable no es un favor. Tampoco es un lujo. Es un derecho humano reconocido (sí, hasta en documentos con sellos, timbres y logotipos que nadie lee). Está en la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, en la Constitución, en reglamentos que se llenan la boca con palabras como “inclusión, equidad, igualdad de oportunidades”.
¿Y entonces por qué sigo peleando para que no me cierren la puerta en la cara?
La accesibilidad no se limita a rampas o elevadores. Es también acceso a la información, al lenguaje, al tiempo, al espacio, a la participación real (porque de nada sirve que haya una rampa si la puerta está cerrada con llave o si el evento “inclusivo” dura tres horas sin pausas).
Es entender que si no puedo entrar, escuchar, ver, comprender, participar, no estoy “invitade”: estoy tolerade.
(Y ser tolerado es como estar en una sala de espera donde nunca te llaman).
Cuando hablamos de intersección, hablamos de cuerpos y vidas atravesadas por muchas líneas a la vez: discapacidad, género, clase, raza, orientación, neurodiversidad —esa palabra me complica mucho—, edad.
(No soy solo mi diagnóstico, tampoco soy una categoría que marcarías en una encuesta).
La violencia se multiplica cuando el ajuste razonable choca con otros muros: ser mujer con discapacidad psicosocial en un trabajo precario, ser estudiante indígena con epilepsia en una escuela sin intérprete ni protocolos, ser madre sola con movilidad reducida en un barrio sin banquetas transitables.
Lo gracioso (pero no gracioso de risa, gracioso de raro) es que la institución siempre dice “no es nuestra competencia” mientras te manda de una ventanilla a otra.
La práctica institucional es otro campo de batalla. Las leyes dicen una cosa, los manuales internos otra, y la realidad otra muy distinta.
En teoría, el ajuste razonable debe implementarse “sin demoras indebidas” y “de manera eficaz” (palabras bonitas para colgar en la pared). En la práctica, hay comités que tardan meses en responder solicitudes urgentes, jefaturas que “están evaluando la pertinencia”, reglamentos que inventan excepciones para no aplicarlos.
Exigir ajustes razonables es exigir que la institución cumpla con sus compromisos internacionales y nacionales en materia de derechos humanos. Es decirles que la accesibilidad no se negocia, que la intersección importa, que su práctica no puede ser un simulacro.
Porque sin ajustes razonables, los derechos humanos se vuelven solo letras muertas (qué rico). Y si los derechos no se pueden vivir, ¿qué sentido tienen? (No, en serio, ¿para qué sirve un derecho que nunca se puede ejercer?).
Y aquí estamos, yo y yo (yo que exige, yo que duda; yo que grita, yo que se encoge).
Uno apuntando con el dedo al reglamento, la ley, el derecho escrito en papel sellado; el otro preguntando si vale la pena seguir golpeando puertas que no quieren abrir.
Yo insisto: el ajuste razonable es una grieta en el muro, un respiro en la asfixia, un acto mínimo para hacer posible lo imposible.
En mi boca se mezclan las palabras “justicia” y “cansancio”, “dignidad” y “hartazgo” (yo río, no de alegría, sino porque la risa es la última barricada antes del silencio).
No queremos ser corregidos, no queremos ser tolerados, queremos que el mundo deje de pedirnos que nos partamos en dos para caber en su molde.
Esta lucha no es entre yo y ellos, sino entre yo y yo, entre la voz que aún cree y la voz que ya no espera, entre el cuerpo que avanza y el que se acurruca en la esquina.
Pero ambas voces, aunque se contradigan,
se ponen de pie al unísono cuando alguien dice:
“Los ajustes razonables son un favor”.
Y responden, juntas, como si fueran una sola:
No. Son un derecho. Y no vamos a pedirlos en voz baja, y no solo una voz, todas nuestras voces.





