Dos historias, dos destinos y un problema común: la falta de apoyos a los migrantes centroamericanos con discapacidad.

Por Duilio Rodríguez*
2 de agosto de 2019

El 25 de diciembre del año pasado, Alan Orlando viajaba en el tren que recorre todo el territorio mexicano desde la frontera sur hasta el norte del país. 

Al intentar saltar de un vagón a otro, cayó bajo las ruedas del ferrocarril mutilándole una pierna.

Apenas unos meses antes, Ronnie Osorio había sufrido la misma desgracia: cayó a las vías después de quedarse dormido en el techo de un vagón. 

Ronnie tiene 22 años de edad y dejó su tierra natal, Taulabé (Honduras) y a su familia, para buscar un empleo que le permitiera salir de la pobreza.  “Salí de mi país por que no hay trabajo y uno sufre de hambre”.

Alan tiene 49 años. Huyó de Choloma, también en Honduras, por que ya estaba harto de amenazas y violencia,  “lo poco que ganaba vendiendo en la calle, mantequilla y quesos, me lo robaban, llegaba sin nada a la casa”.

Según sus cálculos, estaría llegando a Estados Unidos en enero de 2019, pero el 25 de diciembre sufrió la caída que cambió sus planes.

Una semana después del accidente, y con una pierna amputada, fue recibido en un albergue para migrantes en Saltillo, donde lo cuidaron y le dieron atención psicológica.

Las tres principales razones por las que los migrantes centroamericanos huyen de su país de origen son: económicas, por violencia y a causa de problemas personales y de salud.

Ana B., voluntaria del albergue, me comentó que es considerable la cantidad de migrantes que llegan con alguna discapacidad motriz por accidentes en el camino, sin embargo, no sabe con precisión cuántos llegan con alguna otra discapacidad.

Según la Encuesta Nacional de Personas Migrantes en Tránsito por México, 22% de las personas migrantes tienen mucha o cierta dificultad en sus funciones cognitivas; 16.2% alguna discapacidad visual; 14.1%, de movilidad; 6.1%; auditiva; otro 6% para comunicarse y 4.2% no puede encargarse de su propio cuidado personal.

A pesar de que no existe un lugar específico para migrantes con alguna discapacidad, tanto Ronnie como Alan están siendo atendidos en un albergue en Celaya, Guanajuato.

Ambos esperan una prótesis con la que puedan continuar su vida productiva, “aunque estaba acostumbrado al trabajo duro del campo, ahora espero encontrar un trabajo en alguna taquería”, dice Ronnie desde su cama.


El gueto mexicano

Miles de personas que buscan llegar a Estados Unidos han quedado varadas en el territorio mexicano por las políticas antimigrantes de Donald Trump. Su gobierno no ha logrado sacar a México una declaración formal de ‘tercer país seguro’, pero lo cierto es que, frente la amenaza de una guerra comercial con el país del que depende nuestra economía, las fronteras mexicanas están selladas. La única manera de evadir la imposición de hacernos cargo de los refugiados es promover el desarrollo en Centroamérica (un nuevo Plan Marshall, le dicen).

Este producto multimedia, el cual fue posible gracias a una alianza de tres medios: Pie de Página, Chiapas Paralelo y La Verdad, busca contar cómo se viven estos días de turbulencia desde este lado de la barda perimetral que ha construido Estados Unidos, no desde ahora, sino desde 1993 y que desde entonces estamos pagando los mexicanos.

Es un recorrido por la frontera norte, desde playas de Tijuana hasta playa Bagdad, desde el desierto hasta el río Bravo, que baja hacia el sur por la frontera vertical que llega a la selva y termina en el Suchiate, para mostrarnos los efectos de una política devastadora, surgida y dirigida desde Estados Unidos y de la que han sido cómplices silenciosos todos los países.

Aquí el documento completo.


Foto: Alan Orlando en La casa del migrante en Saltillo, donde fue recibido en diciembre de 2018 después de sufrir un accidente donde perdió una pierna.