Por Bárbara Anderson

Sonríe, siempre sonríe. 

Angie mira el monitor de su computadora y con una especie de bastón pequeño adherido a un soporte en su barbilla escribe sobre el teclado gastado de recibir letra tras letra. 

Angélica Delgado Aguillón trata de controlar sus movimientos involuntarios para que su cerebro se concentre en su garganta y pueda decir a la pantalla “quiero ser escritora, quiero ir a la universidad”. Vuelve a sonreír. 

A sus 47 años, Angie (como le gusta que le digan) se enfrenta a un reto que va más allá de su condición, como es la poca oportunidad que existe en México para que una personas con cualquier discapacidad pueda reclamar lo que su Constitución le garantiza: la educación. 

Empezó la primaria a los 8 años y la terminó en 6 años; la secundaria fue otro check en su lista y la acabó en 3 años con un reconocimiento especial de la Secretaría de Educación Pública (SEP). 

En la Asociación Pro Personas con Parálisis Cerebral (APAC), a donde asiste desde hace 34 años, decidió cursar la preparatoria abierta. Le hubiera encantado poder compartir con compañeros sin discapacidad esta etapa de sus estudios, pero nunca consiguió una escuela que pudiera aceptarla con todo y su silla de ruedas, con su bastoncito a la barbilla y con su sonrisa nerviosa. 

Este año se recibió y en el acto virtual que hicieron en APAC reconocieron su diploma y su talento. Ella, como Lupita, fueron las dos primeras mujeres en los 50 años de la institución mexicana en completar la preparatoria. 

Y las dos traían la idea fija de que ese no era un destino, sino un trampolín.

Romper la inercia

El actual sistema de educación superior en nuestro país es complejo. Se trata de un modelo con 13 subsistemas, altamente intrincado y diverso. Los subsistemas son muy distintos en cuanto a instituciones, programas, estructuras de gobierno, acuerdos de financiamiento, dependencia gubernamental, calidad, así como intensidad investigadora y docente. 

Pero lo que tienen en común es la inaccesibilidad: públicos y privados no tienen planes para atender a alumnos con discapacidad. No hay programas de adaptación de contenidos ni cupos ni preparación por parte de los profesores y demás miembros de la academia. 

Este fin de semana fue el examen de ingreso especial que toma la UNAM, una oportunidad que se abrió recién hace 10 años y solo tienen un primer caso de un egresado de Guadalajara con parálisis cerebral. Hay buenas intenciones a veces, hay empatía otras. Pero nunca hay un plan. 

Si ya de por sí México es un país con una baja penetración de educación superior, menos oportunidades tiene cualquier minoría. 

Nuestro país ostenta la proporción más baja entre los países de la OCDE de adultos (25-64 años) con un título de educación superior (17%). El promedio de la Organización es de 37% y estamos muy por debajo del resto de Latinoamérica: Chile (23%), Colombia (23%), Costa Rica (23%) o Argentina (21%). 

Según el Segundo Informe Anual de Gobierno presentado esta semana, entre las 1,200 páginas, hay algunos datos sobre ‘discapacidad y educación’ que no son precisamente una rampa esperando para que los alumnos ingresen por la puerta grande de cualquier universidad. 

Arrancando desde la Prepa en Línea-SEP (la que suelen elegir por la flexibilidad de tomarlo por módulos y a distancia), en el ciclo 2019/2020 se matricularon 141,973 alumnos, de los cuales solo 5,214 manifestaron tener alguna discapacidad, es decir el poco más del 3%. 

Eso sí, a pesar de que no tienen acceso a materiales especiales o adecuados, sí  tienen algunos datos extras sobre su condición (sic): 3,476 estudiantes con debilidad visual moderada, 607 con discapacidad motriz ambulatoria y 383 discapacidad auditiva media.

Para el presente ciclo lectivo -con todo y pandemia- hay una matrícula de 3.8 millones de estudiantes para el nivel superior. 

Según el Segundo Informe Anual, en 2019 la Universidad Abierta y a Distancia de México (UNADM) ‘atendió’ (es curioso cómo aplican este verbo poco usado en educación) a 1,808 estudiantes con ‘necesidades educativas especiales’. 

Por su parte, el Tecnológico Nacional de México (TecNM) confirmó que 1.9% de la matrícula total de alumnos presentaba alguna discapacidad, unos 11,441 estudiantes. 

Cifras más, cifras menos, solo 0.3% de los estudiantes de educación superior en el país tienen alguna discapacidad. Al menos en las universidades públicas que reciben a 7 de cada 10 alumnos universitarios. 

Son una rara avis que logra sortear un modelo educativo que nunca volteó a verlos ni dio seguimiento a las razones por las cuales fueron dejando sus estudios a medida que avanzaban en su carrera. 

Escribir una historia diferente

Angélica quiere ser escritora. La carrera de Literatura no es de las que más abundan en los claustros, que se fueron acomodando a las necesidades del mercado y a la demanda de la actualidad donde florecen más las carreras técnicas y tecnológicas. 

En las universidades públicas no hubo chances para Angélica (“por ahora, veremos más adelante”) nos decían cuando con Guadalupe Maldonado, la tesonera directora de APAC salimos a buscarle un sí, en un enorme océano de no. 

“Ahora con el confinamiento y las clases en línea, hay muchas menos restricciones para Angélica”, poníamos en las juntas como si el coronavirus fuera un plus sanitario que por primera vez veíamos con cariño.
Tampoco eso era una facilidad del otro lado del escritorio de muchos rectores y directores de carrera, que están más preocupados en no perder su matrícula estándar como para andar sumando complejidades a su agenda. 

Afortunadamente el cuento de Angélica que parecía tener el peor final, dio un giro antes del desenlace: Casa Lamm abrió sus puertas y su cartera (con una media beca que será completa en un año) para que una nueva alumna pueda cumplir su sueño de publicar un libro de cuentos. 

Como en toda buena historia hay también protagonistas buenos (como las socias del International Women Forum México) que donaron el dinero necesario para el primer semestre de su nueva carrera, hubo una computadora nueva -con teclas que aún no conocen el bastoncito de Angie- que José Antonio Pontón consiguió en un par de horas. 

Uno de mis cuentos favoritos escritos por Angélica se llama “El hoyo negro” y es la historia de una mamá olvidadiza que termina recuperando lo perdido. 

Tal vez ella hoy es la protagonista de su propio cuento, recuperando su nombre del olvido de un sistema educativo que no contaba con ella, ni con su talento, ni con su eterna sonrisa.


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