Por Héctor Zamarrón

A partir de este viernes me quedan unas 166 mil 440 horas de vida, 6 mil 935 días, 228 meses y 19 años, hasta que llegue al menos a los 73 años, que es la expectativa de vida promedio para los mexicanos, de acuerdo con el INEGI (78 para las mujeres: ellas viven más).

Esas horas se traducen en cumpleaños, fiestas, proyectos, alegrías, ilusiones, viajes, cientos de libros leídos, miles de videos vistos -entre series, películas y YouTube-, además de atardeceres, decepciones, problemas y todo lo que quepa en esas horas.

¿Pero qué pasa si alguien me las roba, te las roba o nos las roba? 

Si una noche de regreso a casa en mi bicicleta, un conductor ebrio -quizá un veinteañero al que le prestaron sus papás el auto y salió de fiesta- me atropella y me mata. 

O puede ser que una tarde cruzando una avenida un automovilista impaciente se pase el alto y yo pague las consecuencias de su prisa; incluso puede ocurrir al llegar a un paradero o al esperar en una esquina un autobús o un pesero.

Serían muchos años perdidos, una lástima por supuesto, pero es algo muy común en México, donde cada hora mueren dos personas por accidentes de tráfico -17 mil al año- y, si es que sobreviven, se convierten en una de las 110 mil víctimas que resultan con una discapacidad permanente.

Parece mentira, pero la epidemia de muertes viales y discapacidades generadas por los accidentes es casi invisible para la sociedad.

Hemos normalizado las altas velocidades en las calles y somos una sociedad muy tolerante ante los conductores ebrios, tanto que se comparte en redes la ubicación de los alcoholímetros para burlarlos.

El horror es que esas muertes equivalen a la mitad de las que provoca el crimen organizado: así de grave es la epidemia.

Víctimas invisibles

Los accidentes automovilísticos son la primera causa de muerte entre los niños y los jóvenes. Una de las diez causas de muerte entre los adultos, sobre todo aquellos que van de los veinte a los cuarenta años de edad, y más aún si viven en Chihuahua, Nuevo León, Jalisco, Guanajuato y Coahuila, los cinco estados que concentran el 50% de los accidentes viales.

Tenemos que defender esas horas. En la esfera pública las víctimas viales padecen una suerte similar a las personas con discapacidad. No se habla de ellas, se vuelven invisibles en la discusión de políticas públicas, en la toma de decisiones, en la asignación de presupuestos.

De poco ha servido que México se haya comprometido a reducir a la mitad el número de muertes viales en el decenio que está por terminar. Los actores que pueden influir tampoco parecen estar interesados en el tema. Ni las empresas automotrices ni las autoridades locales se animan a tomar la responsabilidad que les corresponde.

No se trata de apelar sólo a la buena voluntad. Desde 2017, la Organización Mundial de la Salud determinó que quienes construyen, gestionan y utilizan las vías de tránsito y los vehículos tienen la responsabilidad compartida de evitar accidentes.

También se deben endurecer las normas de seguridad de los vehículos y la vigilancia del cumplimiento de las leyes de tránsito, así como controlar la velocidad.

Este viernes 15 de noviembre es el Día Mundial sin Alcohol y el lunes 17, el Día Mundial de Prevenir Accidentes. Trabajemos juntos para salvar esas horas que aún nos quedan, que no nos las roben en las calles, hay muchos cambios que impulsar.