Redacción Yo También

Las personas con discapacidad intelectual y trastornos del desarrollo tienen tres veces más probabilidades de morir si tienen COVID-19, según un nuevo análisis de FAIR Health (una organización sin fines de lucro que afirma albergar la base de datos de reclamos de seguros médicos privados más grande de Estados Unidos), que publicó esta semana The New York Times.

Ante los crecientes avances de diversas vacunas contra la COVID-19 y la disputa sobre cómo asignar su creciente disponibilidad, hay cosas que decir sobre el riesgo que corre este grupo poblacional en particular. Hasta ahora las pautas internacionales para la distribución de vacunas han recomendado priorizar a personas trabajadoras de la salud, de atención médica y de actividades esenciales, así como aquellas que tienen mayor riesgo de enfermedad grave, como personas mayores y las que tengan ciertas enfermedades crónicas que han probado tener relación con la morbilidad (diabetes, hipertensión, obesidad).

Pero hay otros grupos, como niños, niñas, adolescentes y adultos con discapacidad intelectual, como síndrome de Down, y otros trastornos del desarrollo, y aquellos que viven o están institucionalizados en entornos colectivos (asilos, orfanatos, hospitales psiquiátricos, prisiones) que deberían ser incluidos en los grupos prioritarios.

¿Qué dicen los datos?

FAIR Health, presidida por Robin Gelburd, identificó quién tiene mayor riesgo de morir por COVID-19 mediante la revisión de declaraciones de seguros privados de casi medio millón de estadounidenses de todas las edades, realizadas del 1 de abril al 31 de agosto.

Algunos de los hallazgos del informe confirmaron análisis anteriores. Los hombres tienen más probabilidades de morir de COVID-19 que las mujeres, lo que representa el 60 por ciento de todos los decesos. Las personas de 70 años o más representaron apenas el 5 por ciento de los diagnósticos de COVID-19, pero el 42 por ciento de las muertes.

En general, la tasa de muerte entre todos los pacientes con COVID-19 fue del 0.6 por ciento. Por el contrario, el 1.22 por ciento de las personas con trastornos del desarrollo y COVID-19 murió, al igual que el 3.37 por ciento de las personas con discapacidad intelectual.

Además del alto riesgo para las personas con trastornos del desarrollo, cáncer de pulmón y discapacidad intelectual, las personas con espina bífida y otras anomalías del sistema nervioso tenían el doble de probabilidades de morir de COVID-19. También pacientes con leucemia y linfoma.

La enfermedad renal crónica, la enfermedad de Alzheimer, el cáncer colorrectal, la discapacidad motriz, la epilepsia, la insuficiencia cardíaca, la lesión de la médula espinal y la enfermedad hepática también se asociaron con un mayor riesgo de muerte.

El estudio apunta a personas con discapacidad intelectual y afecciones relacionadas que incluyen quienes viven con síndrome de Down y otras anomalías cromosómicas y afecciones congénitas como la microcefalia. Los trastornos del desarrollo incluyen los del habla y el lenguaje, así como los trastornos del procesamiento auditivo central, algunos de los cuales pueden ser causados ​​por una condición subyacente como la parálisis cerebral. Ninguna categoría incluía el autismo, anotaron los autores.
“Habrá algunos obstáculos y batallas, por motivos que yo consideraría discriminatorios”, añadió Arthur Caplan, director de ética médica de la Escuela de Medicina Grossman de la Universidad de Nueva York. “Estas personas tienen un alto riesgo y se les debe dar prioridad para la vacunación”.

¿Por qué en particular la discapacidad intelectual?

El reportaje insiste en que la tasa de muerte es más alta entre personas con discapacidad intelectual porque muchos son médicamente más frágiles, con condiciones de salud subyacentes y particularmente problemas respiratorios.

Las personas con síndrome de Down, por ejemplo, tienen más probabilidades de tener defectos cardíacos congénitos; pueden tener menos tono muscular alrededor del cuello y una lengua más grande, lo que aumenta el riesgo de asfixia frecuente y de desarrollar infecciones pulmonares. También se hace énfasis en el reportaje en la dificultad de algunos para mantener distancia social (entre algunas razones porque necesitan a personas que les den apoyos), usar cubrebocas o incluso entender por qué se necesitan tomar precauciones.

En octubre, la Universidad de Syracuse informó que personas con estas discapacidades que viven en hogares grupales del estado de Nueva York tenían tasas más altas de COVID-19 y que su riesgo de morir era marcadamente mayor.

“En muchos sentidos, el mayor riesgo de COVID en esta población no es para los que están infectados, sino para los que no están infectados”, dijo el Dr. John Constantino, psiquiatra que dirige el Centro de Investigación de Discapacidades Intelectuales y del Desarrollo en la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington.

Con su educación y sus tratamientos interrumpidos, “hay muchos niños con discapacidad intelectual que ni siquiera pueden comenzar a recibir algo parecido a una educación”, dijo. El especialista enfatizó que han observado estancamiento o retrocesos en niños y niñas con discapacidad intelectual durante esta pandemia.


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