Por Isabel Revuelta Poo*

Para los mexicas las personas que tenían una enfermedad mental habían perdido el corazón. Los tratamientos, además de la herbolaria, consistían en sesiones de palabras dulces y caricias reparadoras

“La locura está hundida en el discurso de la experiencia histórica y en la tajante realidad de los hechos humanos”. Michel Foucault (1)

Dice el antiguo refrán español que de músico, poeta y loco, todos tenemos un poco. Y es absolutamente cierto -como todo sabio refrán-, ya que nadie actuamos en todo momento y en todo lugar de manera racional; en muchas ocasiones, irrumpen sin control en nuestra conducta, las fuerzas ‘ilógicas’ del arte (música), del amor (poesía) y por qué no, también de la locura.

Y justo ahora que se está conmemorando este próximo 10 de octubre, el Día Mundial de la Salud Mental, vale la pena hacer un breve recuento de cómo los mexicanos hemos tratado nuestra propia salud mental, nuestra ‘locura’. De cómo hemos abordado esa ‘irracionalidad’ en distintos periodos de nuestra Historia.

Hablemos pues de locura, de irracionalidad, pero también hablemos de enfermedad. ¿Es eso lo que son? ¿Cómo se han visto a lo largo de la historia?

México prehispánico

Resulta muy interesante el concepto de salud mental que prevalecía en el mundo prehispánico. Los aztecas no atribuían el origen de las enfermedades mentales, a diferencia del mundo europeo de la época, a la mente -ese lugar en el cerebro que perdía la capacidad de discernir y que por lo tanto llevaba a ‘perder el juicio’-; sino al corazón. Yóllotl, era el órgano donde se gestaban las enfermedades mentales, así como el resto de los estados de ánimo.

Patricia Landa Durán, investigadora de la UNAM, señala la presencia del corazón en varias palabras del náhuatl relacionadas con tales males: yollotlaulilocayotl o locura, yollopolluilitli o locura-pérdida de la razón, yolloteneneuiztli o aflicción, yollomimiquillixtli o epilepsia (2).

La manera de tratarles tenía que ver entonces más con los afectos que con la razón. Los mexicas identificaron como ‘emociones enfermas’ a la ansiedad y la aflicción, el miedo patológico, la locura, la melancolía y la histeria. El corazón era el origen de los sentimientos y de toda la actividad del hombre, no el cerebro. El corazón podía desviarse, torcerse o perderse al enfermar, por ello la cura era de manera holística.

Consistía justamente en recuperar la armonía de la persona, ese corazón-cuerpo, con la naturaleza. No hay que olvidar que creían que el hombre estaba ligado al universo y a sus semejantes en un todo. Curanderos y hechiceros arreglaban el corazón con hierbas y pócimas o con medicamentos de origen animal y mineral. Yollopoliuhqui era el enfermo mental, aquel que literalmente había perdido el corazón. Aquel que había perdido la cabeza, en nuestros términos. El corazón en la sicología de los aztecas, es en nuestra sicología, la mente, la cabeza.

Con ese razonamiento tan místico, y al mismo tiempo tan humano, los tratamientos de los aztecas para intentar devolverle a los enfermos mentales el equilibrio, consistían, además de la milenaria herbolaria, en sesiones de palabras dulces y caricias reparadoras. Lejos, muy lejos sin duda, de la infernal práctica de aislamiento y tormento, que se implementaría en el mundo siglos después, hacia aquellos con capacidades mentales diferentes.

Al llegar los españoles a tierras americanas y tras la Conquista de México-Tenochtitlan en el siglo XVI, llegarían también los conceptos de locura, de orates y de alienados. Con ellos llegaron también los frailes, como Fray Bernardino Álvarez, fundador de la Orden de los Hipólitos para socorrer a esos enfermos mentales, mediante la caridad cristiana. Corría el año de 1577, cuando abre sus puertas el primer manicomio de la Ciudad de México: el Manicomio de San Hipólito. Una nueva página se escribiría en materia de salud mental en nuestro país, misma que perduraría no sólo los trescientos años del Virreinato, sino incluso cien años más del México independiente.


*Isabel es internacionalista, investigadora e historiadora del arte, especialista en Historia de México. En televisión co-conduce el programa El Refugio de los conspiradores, de ADN40.

(1) Michel Foucault, Historia de la Locura en la Época Clásica I, traducción de Juan José Utrilla, Breviarios del Fondo de Cultura Económica, 2a reimpresión, México, 2010.

(2) Patricia Landa Durán, “Las enfermedades mentales son enfermedades del corazón”, Clínica Universitaria de Salud Integral, Facultad de Estudios Superiores Iztacala, UNAM, México, 2019.