Así responde Oliva, la hija de Solange y Benito Molina, que vive con parálisis cerebral y que llegó hace 11 años para cambiarles la vida y a plantar una lucha por la inclusión. 

Por Santiago García

Solange Muris, chef

“Oliva tiene 11 años y piensa más que muchos adultos que conozco”. Así describe Solange Muris a su hija, una niña que tenía apenas 25 semanas de gestación cuando nació y pocos creían que iba a sobrevivir. 

La inexperiencia como padres y la falta de seguimiento médico retrasó un diagnóstico irreversible: parálisis cerebral infantil. 

Solange y su esposo Benito Molina son chefs, de hecho él es juez del reality MasterChef México y han modificado su vida y su entorno en Ensenada para mejorar la calidad de vida de Oliva, “que vale vale por mil y está muy hermosa”.

Solange toma aire antes de contar -como ya lo ha hecho miles de veces- la historia de Oliva. 

“Era una niña muy deseada…¡es una niña muy deseada! 

“Perdí líquido amniótico. Un día amanecí con la cama mojada, le dije a la doctora y me preguntó: ‘¿Segura que es líquido amniótico?’ Sí, sabía que no era otra cosa. 

“La sacaron chiquitita, pesó 600 gramos, yo decía que era ‘mi ratón’”.

Oliva iba contra todo pronóstico médico, pero superó cada instante con la fuerza que da el amor infinito de sus padres.

Solange extraía su leche para alimentarla mientras estaba en el hospital. 

Ella y Benito la acompañaron 18 horas al día los siguientes tres meses que estuvo en la incubadora. Compraron discos compactos y le pusieron música clásica y jazz hasta que salió del hospital.

“Ensenada es un lugar muy pequeño y los médicos no dan seguimiento a los casos, como si el trabajo solo hubiera sido salvarle la vida y ya, pero nunca nos mandaron con un especialista, pensamos que todo era normal. 

“Fue un largo trayecto. 

“Primero no sabíamos nada. Éramos padres primerizos y hasta que ella tuvo un año y tres meses nos dimos cuenta que había un daño, porque mi mamá, y la mamá de Benito, nos decían: ‘no sostiene la cabeza…, no se sienta…, está raro’. 

“Recuerdo que tenía una mano muy apretada, el puño cerrado y la otra no. Fuimos con un neurólogo a la Ciudad de México”.

Aquélla consulta cambió el concepto de familia que imaginaban, nada volvería a ser igual. Descubrieron un mundo nuevo: el de la discapacidad en México.

“Estábamos muy sorprendidos, fue un trabajo de aceptación. No era el camino de: voy a tener a mi hija y la voy a meter al kínder. Era el camino de doctores, de paciencia y de múltiples terapias.

“El diagnóstico fue parálisis cerebral infantil, pero la lesión afectó sólo la motricidad. Ella  habla y piensa más que muchos adultos que conozco. En ningún momento Oliva se cree diferente, a veces lo único que dice es: ‘ah, no puedo ir al otro salón porque no cabe la silla de ruedas’”.

Oliva asiste a clases regulares a una escuela del método Montessori. 

“Tiene unas maestras maravillosas, en lo único que la ayudan es a ir al baño”.

Solange, quien además de ser ama de casa es chef, reconoce que al principio fue muy duro porque los primeros tres o cuatro años la familia viajaba permanentemente a Cuernavaca.

“Cuando tienes un hijo con discapacidad haces todo lo posible para que te digan que todo va a estar bien.

“Sin embargo, el reto es día con día para superar obstáculos sociales, de sensibilidad y movilidad en las calles. 

“Hay gente que no voltea a ver. La gente no tiene empatía, estamos deshumanizados en el tema de la discapacidad en México. Nos hace falta educación, pero más creo es un tema de aceptación. 

“Aquí es una ciudad pequeña, pero salir a la calle con Oliva es una pesadilla: los baches, escalón tras escalón. Mucha gente nos conoce y nos ayuda, pero es muy complicado”.

A veces, cuando le preguntan a Oliva ¿qué le pasó?, responde con excelente actitud y bromea.

“Yo nací prematura, o sea, les quedé cruda a mis papás, que son cocineros”.