Shino Watabe,
Pintora de arte inclusivo.

Por Cristina Calvo

Shino Watabe (49) pinta con la yema de sus dedos. Las texturas fluyen de sus manos y son el contacto más directo con su arte. 

A los 20 años dejó su ciudad natal, Tokio, para mudarse a México.
A los 38 años, de un día para otro quedó ciega a causa de una bacteria que dañó su nervio óptico. 

Se dice antisocial e introvertida y le cuesta mucho trabajo hablar en público, de hecho su tono bajo de voz en la entrevista lo confirma.

Sus obras han sido expuestas en El Centro Cultural San Ángel, en la Galería Coyoacán y recientemente en El Museo de la Luz. 

Cada cuadro es un proyecto diferente, que le puede demandar o un día o tres meses. Dibuja texturas con la yema de sus dedos.

Ha logrado a través de sus pinturas “expresar su mundo interior para poder conectarse con el mundo exterior”. Se enamoró de Juan Carlos, un mexicano que es su inspiración en muchos sentidos.

Hoy, Shino solo percibe siluetas y algunos colores, pero eso no le ha impedido poder ver a través de sus obras e incursionar en el mundo del arte inclusivo: obras que se pueden tocar, otras que sueltan aromas y que se pueden percibir con todos los sentidos.  

Sin duda la vida te cambió inesperadamente, ¿cómo lograste enfrentar el hecho de que no volverías a ver?

Fue muy extraño, perdí de un día para otro la visión y me sometieron a estudios durante dos años, con un tratamiento equivocado. Los médicos llegaron a la conclusión que fue estrés extremo el que me bajó las defensas y la bacteria me atacó directamente el nervio óptico y quedó atrofiado.

No me dieron un diagnóstico correcto, tenía la esperanza de volver a ver, pensé que tarde o temprano iba a volver a ver normal. Tardé tres años más en entenderlo. Andaba sola en la calle sin bastón, no sabía que existía la rehabilitación y tardé como 5 años hasta que la tomé. Sufrí una depresión horrible, estuve muy triste, muy enojada con el destino, con la vida, conmigo misma. Y la pintura fue la que me sacó de ese estado de depresión.  

¿En qué momento decides hacer arte inclusivo?

Comencé a llevar unos cuadros pequeños a mis amigos con ceguera total y yo les preguntaba qué podían percibir y algunos captaban perfectamente bien las cosas, entonces pensé que si ellos podían tocar por qué no invitarlos, así fue como en 2013 comencé a pensar en ellos. 

Ahora pinto para personas que ven (o normovisuales) y una pequeña parte para ciegos, poco a poco he tenido más público de personas con discapacidad visual y de otro tipo.

El arte y la cultura son totalmente libres y poco a poco comencé a tener esa conciencia.

Gracias a mi discapacidad abrí los verdaderos ojos y puedo pensar en otras personas que están en diferentes condiciones.

¿Cómo le compartiste a tu familia en Japón, la situación que estabas viviendo?

Mi familia prácticamente me dio la espalda, mi madre y mi hermano no aceptaron que tengo discapacidad, para ellos fue una tragedia, una maldición. No cuento con ellos, tuve que enfrentarlo sola prácticamente con ayuda de los mexicanos.

Dentro de esta soledad encuentras en la pintura una motivación… ¿te permitió expresar todo lo que estabas sintiendo?

En Japón recibí una educación muy tradicional de mi madre, ella creía que las mujeres no podíamos expresar lo que sentíamos, me regañaba si yo lo hacía o si la gente se daba cuenta si yo estaba enojada o triste, me reprendía muy fuerte.

Cuando pierdo la visión, mi tema favorito era la fibra humana femenina y las mujeres dentro de mis pinturas pueden expresar libremente angustia, dolor, tristeza, ira, de esa manera pude liberar mis sentimientos. También pinté una serie que se llama “Mis ojos y nervio óptico”  y ahí expresé mi tristeza y mi depresión.

Y hablando de inclusión, ¿qué diferencia hay entre Japón y México?

Japón es un país desarrollado con un gran avance tecnológico, tienen instalaciones impecables para las personas con discapacidad, sin embargo, lo que falta es conciencia. En los 20 años que viví en Tokio solamente una vez observé a una chica ciega en la calle, porque ellos viven en estos lugares especiales, ahí crecen los niños que nacen con discapacidad y sus familiares los visitan, eso hace que la sociedad sea inconsciente de cómo tratarlos.

Aquí en México tal vez no existe tanta tecnología o instalaciones, pero la gente es más sensible, en la calle los mexicanos son muy solidarios, nos apoyan mucho, estoy más a gusto aquí en México que en Tokio.