Rocío González
Guía de Cenas en la Oscuridad
Fundación Ojos que Sienten

Por Regina Moctezuma

Nunca antes una llamada telefónica me había hecho viajar como lo hizo la que tuve hace unos días con Rocío González. Venía regresando de Davos, Suiza, a donde viajó como parte del equipo de Cenas en la oscuridad, una experiencia que el Foro Económico Mundial ofrece a sus participantes como actividad alterna.

Es el segundo año que Rocío viaja a la ciudad suiza para ser guía en estas cenas, un espacio creado y exportado por Gina Badenoch, fundadora de la asociación Ojos que sienten (OQS), donde el objetivo es que la oscuridad despierte los sentidos y derrumbe cualquier barrera lingüística, sensorial o cultural. 

Rocío me narra su experiencia y casi puedo sentir el frío, escuchar sus pisadas sobre la nieve y oler los platillos que sirven. Si eso logra despertar en mí a través del teléfono, no alcanzo a imaginar lo que ella y sus compañeros mueven en los comensales. Es ciega de nacimiento, pero es más visual que muchos que sí vemos, pues con el resto de sus sentidos logra vibrar con su entorno y transmitir desde el corazón. 

¿Cómo llegas al proyecto de Cenas en la oscuridad?

En 2008 tomé en OQS un taller de fotografía sensorial en el que aprendes a tomar fotos usando los demás sentidos: utilizas tu cuerpo como referencia para encuadrar, mides con tus brazos los ángulos, usas el tacto. Es muy curioso porque aunque soy una persona ciega, soy muy visual. Ahí escuché del proyecto de las cenas y me latió mucho. Me prepararon para ser guía y empecé haciendo cenas en CDMX. 

¿Cómo logran las Cenas sumarse al Foro de Davos?

Habíamos hecho ya cenas en el extranjero, en Portugal, Panamá, El Salvador, y a fines de 2018 llegó la invitación del Foro Económico Mundial (WEF) para crear una actividad alterna para los asistentes. Llegó a través de Gina, quien lleva algunos años asistiendo al Foro y que está muy involucrada con comunidades de emprendedores y de personas que andan por todo el mundo moviendo cosas. Fuimos en 2019 y ahora en 2020.

¿Cuántas cenas hicieron este año? ¿Cómo se prepararon?

Hicimos tres cenas, cada una para 40 personas. Se anunciaron y en menos de 5 minutos se acabaron los registros. Las hacemos arriba de la montaña, en el sótano de una estación de esquí. En total somos 35 guías, pero a Davos fuimos solo ocho y cuatro personas normovisuales de apoyo. Nos preparamos tomando clases de inglés, gracias a unas becas del British Council, y consiguiendo ropa para aguantar el frío.

¿Cuál es tu primer recuerdo de Davos?

Recuerdo caminar y escuchar como si estuviera pisando polvito, pero no era tierra, ¡era nieve! Llegamos a estar a -18 grados centígrados y ahí íbamos todos los guías caminando en la nieve con nuestro bastón. La primera vez que fuimos a la montaña para hacer el scouting, subimos en la góndola y esa sensación de subir, subir, subir, no se me olvida. 

Ese día nevó y ahí andábamos como niños chiquitos recibiendo la nieve, la probábamos, la olíamos, nos la aventábamos. 

Ir a un Foro Económico Mundial es el sueño de muchas personas, ¿qué se siente estar ahí?

Tiene una vibra  bien especial. Sabes que por ahí anda Greta Thunberg, la primer ministra finlandesa, Angela Merkel y no puedes no preguntarte: ¿qué hago yo aquí?

Nunca imaginé conocer la nieve, menos  Davos. OQS me ha dado la oportunidad de conocer lugares que ni me habían pasado por el radar. 

¿Cómo te marcó esta experiencia?

Me impacta ver cómo los idiomas, las diferencias y los tabúes se derriban cuando le llegas a alguien y le siembras una semilla. Pasó un año y la gente del guardarropa, los choferes, se acordaban de nosotros. Si a la gente que atendemos y con la que convivimos le logramos mover algo, estamos cumpliendo nuestro objetivo.

Algo que me dejó huella este año es que en el Congress Center había unas personas mexicanas que creaban muebles a partir de la hoja de maíz, entre ellas dos campesinos. Los invitamos a una de las cenas y me dio mucho gusto poder atenderlos. Mis papás son gente de campo y fue como servirles a ellos. Agradecí que, como yo, hayan tenido la oportunidad de estar ahí. 

Cuéntame más de ti, de tus padres.

Tengo 38 años demasiado bien vividos. Somos 5 hermanos y yo soy la más chica.

Algo que le agradezco a mi madre es que a pesar de ser gente de campo, me llevó con un doctor que le recomendaron y él le dijo que tenía que llevarme a una primaria en Coyoacán para niños y niñas ciegos o con debilidad visual, y ella empezó a usar el metro para poderme llevar y recoger. Le agradezco que no se haya achicado.

¿Cómo fue tu experiencia como estudiante?

Me encantaba mi escuela. Tenía muy buen nivel y era la época en la que había libros de la SEP en braille. Me acuerdo perfecto del libro de matemáticas con las figuras en relieve. Después vino la secundaria en otra escuela y ahí me enfrenté con la realidad. Pasé de ser la alumna reconocida por su buen promedio, a encontrarme con maestras que me decían que no les pagaban por enseñarme diferente, y eso que éramos cuatro personas ciegas en el salón. Aun así salí de secundaria con el mejor promedio. Empecé la prepa en el CCH Vallejo, pero se cruzó la huelga de la UNAM, y tuve que terminar extra-muros.

¿Cómo fue tu incursión en la vida laboral?

Empecé estudiando locución y producción de radio. Con unos amigos ciegos creamos un proyecto y fuimos con varios grupos radiofónicos que nos batearon por no contar con “equipo especial”. ¿Para qué equipo especial? Nunca entendí, pues no teníamos ninguna limitante para hablar. Decidí entonces estudiar computación y en 2002 arrancó mi vida laboral en un call center de Bital (hoy HSBC) vendiendo tarjetas de crédito.

Además de tu labor en OQS, ¿trabajas en algún otro lado?

Sí, trabajo en la Junta de Asistencia Privada del Distrito Federal (JAP), en la unidad de igualdad sustantiva y de derechos humanos. Ahí participio en la coordinación de capacitación y sensibilización para Instituciones de Asistencia Privada y servidores públicos en distintos temas de derechos humanos.

¿Cómo fue el camino del call center a los derechos humanos?

Después de Bital entré a trabajar a IXE haciendo encuestas de salida a clientes que habían dado de baja algún servicio. Ahí tuve la oportunidad de impartir cursos de sensibilización a la gente de nuevo ingreso y cuando Banorte compró IXE, migré al área de responsabilidad social. Después entré a Unilever, donde trabajé para obtener el distintivo de CEMEFI como Empresa Socialmente Responsable, luego al Banco de Alimentos de México y de ahí a la JAP. En todos los trabajos en los que he estado he aprendido y he evolucionado.


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