Karla Trad, creadora escénica y directora de Latidos Urbanos Danza

Por Cristina Calvo

El primer encuentro de Karla con la danza fue a los 13 años, cuando, debido a una lesión en el tendón de Aquiles, el médico le recomendó practicar ballet como parte de su rehabilitación. Al mismo tiempo sus padres se divorciaron, y la danza le ayudó a expresar lo que sentía sin palabras, todo el dolor que tenía lo transformó en movimiento.

Tres años después trabajó al lado de la cantante Daniela Romo, y a pesar de la prohibición de su padre, decidió convertirse en bailarina profesional.

Fundó la compañía “Latidos Urbanos Danza”, donde integró a bailarines con distintos tipos de discapacidad. A sus 47 años ha escrito una trilogía incluyente: “Fragile, donde todo comienza”, “A ti, ¿cómo se te partieron las alas?” y “Bajo tu mirada”.

¿Cómo la danza te puso en contacto con la discapacidad?

En la negación de mi papá encontré mi afirmación de vida. Cuando iba a formar mi compañía de danza, en el primer ensayo del montaje me fracturé el pie, estaba ensayando una cargada a los bailarines y a la hora que descendí mal me fracturé el quinto metatarsiano. Ahí me di cuenta lo que sucede cuando el cuerpo se rompe. Curiosamente la obra que iba a montar y escribir se llamaba “Fragile donde todo comienza”. La vida quería que yo viera más de cerca el rostro de la fragilidad, de pronto te das cuenta cuando algo se rompe, no sólo física sino interna y emocionalmente, que se desmorona todo como polvorín. Entonces, durante la rehabilitación comencé a escribir mi experiencia de estar rota a los 30 años, con dos hijos, siendo bailarina. Subía fotos y empecé a hacer como unas notas de viaje de lo que significaba ser alguien fracturado.

Al sentirte “frágil” y “rota”, como tú lo llamas, te hizo ver la vida desde otra perspectiva, ¿qué descubriste?

Durante mi rehabilitación que duró tres meses, subía y bajaba muchas escaleras con las muletas. La hija de unos amigos, que se llama Paulina, de 14 años, me esperaba todos los días para bajar y me decía “Te ayudo”. Me sorprendió mucho que fuera una joven con síndrome de Down quien me brindara apoyo, eso me hizo voltear a ver a las personas con discapacidad, y descubrí que esta ciudad no es amable con ese sector de la población, pues la gente ocupa los espacios destinados para ellos, si llevas muletas te avientan el auto. Un día Paulina, quien siempre me sonreía, me dijo: “Bailarina te ves triste, ponte a bailar” y efectivamente yo estaba muy triste, pero cuando nos metimos a la alberca para la rehabilitación observé el lenguaje de sus manos, su movimiento y ahí empecé a generar mi primera obra con alguien con discapacidad que se llamó “En tu mirada”.

¿Qué aprendizaje te dejó Paulina?

Paulina me enseñó bondad, lo poco o mucho que he trabajado con las personas con síndrome de Down me ha enseñado que son seres libres en sus sentimientos, que nadie les indica qué decir o no. Ellos si te aman te lo dicen, si están tristes te lo dicen y tienen esa posibilidad de liberar al otro, son empáticos. Ella me enseñó que existen otras formas de belleza; en el movimiento un bailarín siempre busca la perfección estética, que las piernas estén bien colocadas, que los brazos estén perfectos, que el cuerpo sea estético, y de pronto me enfrenté a alguien que no puede seguir las indicaciones exactas y precisas por su discapacidad. Me metió en un mundo donde dices “No, esto nunca va a ser perfecto, esto simplemente va hacer un gesto de expresión”. Y creo que ahí comencé a descubrir otra manera de manifestarme artísticamente, de involucrarme no sólo yo sino a los bailarines.

¿Fue así como “Latidos Urbanos Danza” se convirtió en incluyente?

Mi compañía tomó el rumbo que tomó porque iba a ser una compañía de bailarines regulares, nadie con discapacidad. Se volvió un proyecto artístico educativo porque tenemos una niña que creció junto con la compañía, ahorita ya tiene 13 años, e incluyente porque una vez que Paulina entró en mi vida creo que la mirada me cambió y yo empecé a voltear a ver otros rincones y otras posibilidades de expresión. He trabajado desde entonces con gente ciega, sorda, con síndrome de Down, en silla de ruedas, algunos de ellos artistas profesionales y otros simplemente estudiantes de movimiento, que, junto con mi trabajo, con mi compañía crecieron y lograron proponer algo para “Latidos Urbanos Danza”. Nos convertimos en un laboratorio también de búsqueda y de expresión.

Y ese mundo “imperfecto” que descubres, ¿qué te llevó a crear en ese “laboratorio” como tú lo llamas?

“Latidos Urbanos Danza” me permite ser artista, lo que me lleva a crear es estar viva simplemente, esta necesidad imperativa que tengo de expresarme. Creo que el hecho de empezar a trabajar con personas y artistas con discapacidad me ha llevado a reflexionar más sobre el mundo en el que vivimos. He conocido las dos caras de la moneda, he conocido gestos de solidaridad que merecen ser nombrados y contados en mis historias. Todas mis obras tienen siempre un mensaje, hablan de tristeza pero también hablan de esperanza; hablan de dolor, pero también hablan de alegría.

¿Es difícil hacer esta inclusión, cómo lo logras en el escenario?

Se logra magia. Quien ve nuestras obras siempre se queda muy sorprendido porque de pronto ves a una joven ciega haciendo lengua de señas y estando en armonía con la bailarina. Detrás está Lucía, mi hija de 13 años. A veces pienso que lo que hace falta es difundir trabajos como el nuestro. Creo que mi puesta en escena no es condescendiente, ni soy condescendiente con la gente que trabaja conmigo. Nos mantenemos gracias a donativos voluntarios, no acepto artistas extranjeros, me parece que no es una discriminación ni es un nacionalismo, es simplemente apostar por los artistas que existen en nuestro país.

La danza es para mí el medio de expresión perfecto, porque a veces lo que no alcanza a decir el ser humano con palabras lo dice con el cuerpo. Por eso hay tantas terapias que tienen relación con la danza. Es impresionante ver cómo el cuerpo manifiesta y sobretodo expresa lo que el alma y el corazón traen dentro, te ayuda a encontrar tu verdadera voz.