Por Cristina Pérez Stadelmann 

Gibrán Álvarez Campos, profesor de primaria

Un mal día para Gibrán es aquel en que choca con alguien en la calle porque la agresión es inmediata.

“¿Qué no ves?”, suelen decir, sin percatarse que se dirigen a este hombre de 29 años con discapacidad visual y que usa un bastón guía.  “Es inevitable, la gente no acepta al diferente, a quien tiene una discapacidad y se interpone en su camino”. 

A quien le reclaman en la calle es profesor de primaria en la escuela Rodolfo Menéndez en la Ciudad de México, una escuela regular. Es psicólogo educativo por la Universidad Pedagógica Nacional y tiene experiencia en manejo de grupos, tecnologías de la comunicación e información, capacitación y diseño de programas educativos; está especializado en áreas de integración laboral para personas con discapacidad e inclusión educativa.

Gibrán, quien estudió primaria y secundaria en escuelas regulares, perdió casi completamente la vista al año y ocho meses de nacido por retinoblastoma bilateral. Estudió, al inicio, gracias a su hermana, quien lo apoyaba en todo momento; sin embargo, en primer año de preparatoria los hermanos se separaron de turno en la escuela.

“Eso para mí fue el caos. Ella era mi sombra y nuestra separación representó un parteaguas en mi vida, me sentí como en orfandad. Pero aprendí que a partir del caos también se puede resignificar. A los 16 años, me asumí como una persona con discapacidad y decidí que requería buscar estrategias para continuar estudiando sin exclusión. Para mí la discapacidad es sólo una lupa que amplía mis retos”.

“Mi madre, quien es historiadora, se acercó cuando yo estaba en cuarto de primaria a una tienda de instrumentos compensatorios para personas ciegas y de baja visión y me compró mi primera lupa con luz. Después, durante la preparatoria, acudimos al Instituto de Oftalmología Conde de Valenciana y conseguimos un bastón, una lupa de bolsillo y una de lectura, y un telescopio para poder ver con el ojo con el que aún tengo un resto de visión. Además, a lo largo de mis estudios en la escuela secundaria y preparatoria fui encontrándome con maestros muy significativos que llegaron en el momento exacto para apoyarme y compensar mi deficiencia visual.

“Tomé cursos de Formación para la Vida y el Trabajo en el Centro de Rehabilitación en Integración Social de Cuititlán Izcalli, y me apoyé en audiolibros a lo largo de la universidad.

“Ya han pasado algunos años desde que una maestra de la Escuela Primaria Cuauhtémoc se negó a que yo permaneciera en el aula por ser una persona con discapacidad. Junto a mi familia, decidimos que esa sería para mí la última vez en que sería excluido de un salón de clases; me capacité en la Escuela de Ciegos y Débiles Visuales de Coyoacán y regresé a la misma escuela, dos años después, con nuevas herramientas y un documento, expedido por esa escuela, que avalaba que yo estaba capacitado para ingresar a una escuela regular”.

Gibrán avanzó en sus estudios, hizo su servicio social en la Unidad de Educación Especial y Educación Inclusiva (UDEEI) e hizo prácticas profesionales en una escuela primaria de tiempo completo. Fue ahí donde dio clases por primera vez, y tuvo claro que no sólo impartiría español, matemáticas y otras materias, sino que educaría a sus alumnos para entender la discapacidad, la diversidad y para evitar la exclusión.

¿Qué reacciones tienes de tus alumnos y de los padres de familia ante tu discapacidad visual?

He creado mis estrategias frente al grupo. Una de ellas es permitir, el primer día de clases, que mis alumnos me hagan tres preguntas de lo que ellos quieran. Estas siempre son relativas a mi discapacidad visual. Lo que hago es responder con la mayor naturalidad posible, y esto los hace conscientes de que hay una persona diferente a ellos en el grupo. Es lo mágico de los niños: ellos entienden la diferencia mucho mejor que los adultos, quienes generalmente están cargados de estigmas. No me gusta experimentar exclusión, ni que las personas tengan contemplaciones conmigo. Yo tengo la certeza de que puedo dar todo allá afuera en el mundo laboral, y quiero que mis alumnos lo tengan claro.

¿Qué opinas de la reforma al Artículo 3° Constitucional sobre que la educación debe ser inclusiva en todos los niveles?

La realidad es que veo muy pocos alumnos con discapacidad en las aulas regulares y muy pocos maestros con discapacidad impartiendo clases. Creo que una educación inclusiva tendría que entenderse ciertamente desde la aceptación de la discapacidad, pero también tendría que permear hacia afuera de la escuela; es decir, que la escuela exporte hacia otros entornos las ideas de inclusión.  

¿Cuál es la aportación que te interesa dejar como profesor?

Quiero ser un promotor de los derechos de las personas con discapacidad; que mis alumnos, hoy de 6 y 12 años de edad, sean las nuevas generaciones que crezcan sabiendo que la discapacidad es sólo un componente más de la diversidad humana. Quiero educar en el valor del respeto al diferente. Quiero que los padres de familia estén satisfechos con el esfuerzo que he hecho con sus hijos, no solo por lo que pueda haberles enseñado en lo curricular, sino sobre todo en lo humano. Y no hay mayor satisfacción que al final del curso se acerque un padre para decirte. ‘Yo quiero que usted le vuelva a dar clases a mi hijo’.

¿Te pasa seguido?

Sí. Muy seguido.

¿Y qué piensas cuando esto ocurre? 

Solo digo: ¡¿No que no?!