Mi nombre es Susana Lezama y el de mi hijo, Rodrigo Hernández Lezama, y quiero compartirles nuestra historia.

Hace 22 años, llegué al Seguro Social, pues estaba embarazada y se había roto la fuente; llegué a la 1.00 de la madrugada, más o menos, me revisaron y me dijeron que ya era hora de que mi bebé naciera. Un bebé que había esperado por 9 años y que deseaba con todo mi corazón.
Durante el embarazo, mi esposo me había cuidado con mucho esmero, no había ningún problema.

Después de que me recibieron en el Seguro Social, me dejaron en espera y, luego me indujeron el parto; pasaron las horas y nada sucedía. Seguían pasando las horas, eran casi las 7.00 de la noche siguiente al día que llegué, junto a mí estaba una “médico practicante“: solo me miraba. Yo sentía morir por los dolores, pero ella decía que el bebé “no bajaba“, de pronto pasó por Tocología, un médico y preguntó: -¿qué haces doctorcita? -Nada, esperando este bebé que se me regresa, contestó ella. Y él fue a ver por simple curiosidad, creo yo. De pronto se alarmó y dijo “¡doctora, se te están muriendo!“.

En ese momento todo mundo corrió, me inyectaron no sé qué. me apachurraron la panza; muchos médicos, enfermeras, iban de un lugar a otro y nació mi bebé. Estaba morado, casi negro, no lloró. Levanté la cabeza y alcancé a mirarlo en medio de tanta gente. Pensé “ya está muerto mi bebé”. Por el altavoz escuché: se solicita un pediatra de urgencia. Casi en ese mismo instante entró un doctor con el cubrebocas, agarró a mi bebé tan rápido como pudo al tiempo que gritaba una cánula y daba más instrucciones; lo pesaba y pedía un respirador. Se lo llevaron… Yo preguntaba, ¿qué pasa?, ¿cómo está mi bebé? Nada. No había respuesta. Se quedó todo en silencio y lo único que se escuchaba eran mis sollozos.

Después entraron de nuevo médicos y enfermeras, me inyectaron algo. Me hicieron firmar algo y me quedé dormida.

Más tarde me enteré que, debido a que el parto se había pasado tanto tiempo, la placenta se me había calcificado y me habían hecho un legrado para raspar mi matriz y limpiar. Me llevaron a un cubículo donde permanecí aislada, no entendía por qué.

Más tarde supe que fue para que no dijera nada.

Preguntaba por mi bebé y nadie sabía nada. Así pasaron no sé cuántas horas hasta que en mi desesperación agarré del brazo a un doctor y lo obligué a que me dijera qué pasaba con mi bebé. Él me dijo: “mira mi hija, tu bebe sufrió mucho antes de nacer; no respiró y lo más probable es que no viva. Estamos esperando ver qué pasa en las próximas ocho horas, pero no te hagas ilusiones. No hay probabilidades de que viva”.

Desde ese momento lloré mucho y hablé mucho con Dios. Le pedí que me lo dejara, que él sabía cuánto lo amaba y cuánto lo había esperado. No dejaba de llorar y hablar con él, de suplicar, de rogar y saltaba de una emoción a otra, ya que por ratos le reclamaba y lo retaba;  después volvía a suplicar.

Los doctores cada vez que iban a verme me decían que no se explicaban cómo era que el bebé estaba vivo. Seguiríamos esperando 12 horas, después 24, luego 48 y así, hasta que un doctor me dijo: “mire señora, la verdad es que el bebé no durará mucho tiempo; hay pocas probabilidades de que siga con vida, pero si llegara a vivir, será un vegetal, pues estuvo mucho tiempo sin respirar y el daño cerebral fue muy severo. Lo más probable es que no vea, no hable ni se mueva; será un vegetal.

En ese momento, yo hablé con Dios y le dije “Señor, si tú quieres que sea un vegetal, yo lo acepto, pero dejámelo. Solo te pido con todo mi corazón, que él no sufra, que no le duela nada. Y te pido, Señor, que me des la sabiduría para hacerlo feliz“. Esto lo repetía mil veces.

Después de no sé cuántos días, ¡por fin pude entrar a ver a mi bebé! Estaba en terapia intensiva.

En estado de coma, conectado a mil cosas, picado por todas partes. Lloré mucho y me sacaron de inmediato. Ya habían pasado 10 días. Cinco días después volví a verlo. Estaba peor. Ahora estaba conectado a más cosas; además tenía unas heridas espantosas en el cuello, en el brazo y en un pie. Tenía cuatro venodisecciones. Era necesario, me explicaron los doctores, ya no había dónde picarle para administrarle medicamentos. En ese momento me desplomé y hablé con Dios y le dije: “Señor, aquí te entrego a mi hijo con todo mi amor. Es cierto que lo quiero conmigo, pero así no. Si él está sufriendo, llévatelo. Te lo entrego. Lo pongo en tus manos”. Dos días después mi bebé salió del coma. Mi esposo fue y me dijo:-¿qué crees? El bebé despertó, ¡se movió!.

En ese momento supe que ya era mío, ¡que Dios me lo había dejado, y que él estaría bien! 

Lo dieron de alta tres días después, pero con estas indicaciones: muévalo cada 15 minutos, él ni siquiera podrá controlar su temperatura. Será un vegetal.

Su diagnóstico: Parálisis Cerebral por hipoxia perinatal severa, derrame intracraneano y sufrimiento fetal agudo.

Bueno, ya estábamos juntos, y ahora ¿qué sigue? Afortunadamente una persona se acercó a mí para orientarme y me dijo que mi pequeño necesitaría estimulación temprana. Entonces al mes de nacido iniciamos su rehabilitación. Pasamos por todos los centros de rehabilitación, curaciones, y todo lo que nos dijeron, eso hacíamos.

Ha sido largo el camino, pero valió la pena. 

Después de ver a un pequeño que no era capaz de doblar la cintura ni bajar un brazo, ni abrir las manos, ni siquiera deglutir su leche, todo esto debido a la espasticidad, hoy Rodrigo, Roy, como cariñosamente lo llama todo el mundo, tiene 31 años. Es un chico muy popular, guapo, inteligente, travieso y un enorme orgullo para mí, pues, además es tenaz, fuerte y disciplinado. Estaba estudiando la preparatoria abierta; estudia música y teatro. Además, cada día es más independiente. Ahora está empezando a caminar por sí solo.

Él ha iniciado su negocio de venta de “Cavas Artesanales Roy,s“. Su padre las elabora. Roy las pinta y se encarga de comercializarlas.

Cada día es más independiente en todos los sentidos.

Su sueño es un día poder vivir solo e independiente. Sé que es un gran reto para ambos, pero sé que es perseverante y pronto lo logrará.

Roy es un enorme regalo para mí. Ha sido un gran reto y he aprendido mucho con él y de él. Estoy orgullosa de todo lo que él ha logrado y de poder acompañarlo en este camino llamado vida.

Y lo único que le sigo pidiendo a Dios es que ¡él sea feliz!

Si quieres apoyar a Roy en su venta de cavas, puedes comunicarte a:
777 151 54 22
alvatroz44@hotmail.com


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