Por Brenda Isela Vázquez 

El domingo pasado, 10 de noviembre, se llevó a cabo la Primera Marcha por el derecho al cuidado en la Ciudad de México, convocado por la colectiva (así, en femenino, porque mayoritariamente está integrada por mujeres) “Yo cuido México”. Exigen reconocimiento a su trabajo, quieren visibilizar su papel como cuidadoras de personas: niños y niñas, personas enfermas, adultos mayores o con discapacidad. Su trabajo, si se pagara, representa el 23.3% del producto interno bruto en el país. 

Fue en una mañana en calma y calurosa. En punto de las nueve y treinta de la mañana, salieron del Monumento a la Madre como testigo. El destino marcado era el Monumento a la Revolución.

A paso firme, poco a poco fueron llegando decenas de personas, solitarias, en parejas, familias completas y hasta con perros, y sí, como lo puede usted imaginar: la mayoría fueron mujeres. Pude percibir un sentimiento de empatía y alegría entre aquellas que iban agrupándose mientras esperaban la llegada de más participantes. Me acerqué a uno de esos grupos pensando que eran todas amigas o que pertenecían a una misma asociación. Para mi sorpresa, ninguna de ellas se conocían. 

– ¿Qué las trajo aquí? -, les pregunté porque me llamó la atención verlas sin la compañía de sus hijos.

-Somos cuidadoras-, contestaron al unísono.

Usted se preguntará: ¿qué es un cuidador o cuidadora? Le explicaré: la persona que dedica su tiempo completo a atender las necesidades físicas y emocionales de un niño o niña, enfermo crónico, persona con discapacidad o adulto mayor. En México, actualmente, no existen leyes que los protejan y reconozcan esta labor, por ende estas personas no cuentan con los derechos que el Estado le brinda a cualquier otro trabajador.

En la plática me dijeron que estaban preocupadas porque no hay leyes que cuiden de ellas, su mayor preocupación es qué será de sus hijos o familiares si en algún momento ellas llegan a faltar. Su amor y perseverancia es incesante debido a que no cuentan con el apoyo de familiares ni de instancias gubernamentales.

“Nadie nos dice ‘vete a descansar un fin de semana’, yo lo cuido”, dice una con un dejo de tristeza mientras que las otras mujeres asienten. Hay una generalidad: dejan de lado su persona y comienzan a vivir para sus hijos o para la persona que cuidan (padre, madre, hermano, tíos, suegros). Son mayormente mujeres ya que estamos en una sociedad que cree que nos toca sólo por tener este género.

La precariedad se hace presente cuando no hay la entrada de recursos necesarios para cubrir las necesidades básicas debido a que se dedican al cuidado 24 horas, los 365 días al año y no pueden tener un trabajo estable. Por eso es que alzan la voz.

Rumbo al Monumento a la Revolución

En punto de las diez de la mañana inició el recorrido con dirección al Monumento a la Revolución. La marcha transcurrió de manera pacífica, a veces entre curiosas miradas, otras ante la indiferencia. Entre lonas de las distintas asociaciones civiles y cartulinas fluorescentes, hubo consignas con textos como: “Yo cuido, yo cuido 24/7. ¿Quién cuida de mí si ni las leyes me protegen?”.  

Con playeras teñidas en morado y paliacates que lucían la leyenda “Por el derecho a dar y recibir cuidados”, portando sombreros, gorras y lentes para protegerse del sol, tanto personas cuidadoras  como personas cuidadas eran un mismo grupo entre entre gritos, risas y charlas de presentación en las cuales compartían experiencias que se escuchaban entre el bullicio. Iban avanzando personas entre bastones y sillas de ruedas; fotógrafos y camarógrafos corrían para captar lo mejor del momento.

Dos señoras, de aproximadamente 55 años, que pertenecen al Centro de Cuidados Paliativos (CECPAM) me comentaron que comenzaron este oficio con un familiar y vivieron todas las dificultades que implica. Por ejemplo, está la falta de preparación para realizar bien este trabajo. Y de nuevo, la misma preocupación: “¿Quién cuidará de mí sí me enfermo? ¿Quién pagará el doctor? Por eso estoy aquí, para que nos vean”. 

Las peticiones

Tras treinta minutos de caminar, llegamos al Monumento a la Revolución. Se leyó el pliego petitorio donde distintas mujeres, encabezadas por la activista Margarita Garfias, leyeron con fuerza inquebrantable sus demandas:

-Reconocimiento a su labor.

-Una ley nacional que garantice el derecho al cuidado para todas las etapas de la vida: primera infancia, infancia, vejez y cuando exista una discapacidad, enfermedad crónica, o alguna otra situación permanente o transitoria.

-Incluir el papel de las personas cuidadoras remuneradas y no remuneradas en: la Ley General para la Inclusión de personas con discapacidad, Ley de los derechos de las personas adultas mayores, la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia y la Ley Federal del Trabajo. 

“Yo Cuido México” entregará estas peticiones a diputados y senadores, al Instituto Nacional de las Mujeres, ONU Mujeres, el Consejo para Prevenir y eliminar la discriminación de la Ciudad de México, organizaciones civiles y a la opinión pública.

La petición fue subida a Change.org para más firmas. Aquí está.

Unas 350 personas participaron en la marcha. El movimiento #YoCuido ya existe en otros países como Chile y Perú. Ahora México se une.

Un apunte personal final: yo tengo una discapacidad y uso bastón para poder caminar. Eso hace cualquier recorrido algo muy agotador, pero esta vez no sentí el cansancio, fue una adrenalina inexplicable por la felicidad que respiraba. La sonrisa era la gran invitada a esta marcha.

A pesar de vivir en el entorno de la discapacidad, ir a la marcha me permitió ver este fenómeno con otros ojos. Sentí impotencia ante la indiferencia de la gente que miraba o algunos curiosos que preguntaban para qué era. ¿Acaso los seres humanos nos creemos invencibles y que nunca necesitaremos del otro? El cuidado es algo necesario en diversas etapas de nuestra vida, nadie se escapa.