Por Cristina Pérez-Stadelman

La violencia de género contra la mujer y la que violencia que se vive todos los días en el país son causas, que, en un extremo, pueden provocar diversas formas de discapacidad. 

Tres mujeres han decidido dar su testimonio a Yo También para hacer una denuncia proactiva, romper el silencio y visibilizarse. Esmeralda, Michel, y Alicia han dado un paso al frente. Han decidido no callar.

“Vivimos en una época de gran indiferencia y se está normalizando la violencia”. 

Esmeralda: ‘victima colateral’ de un asalto 

Esmeralda, quien ahora tiene 26 años, estudiaba el último año de la licenciatura en Educación especial. Para complementar sus gastos, abrió un local de comida que ella cerraba a las diez de la noche.

“Aquel 30 de octubre de 2016, salía de mi local como todos los días cuando vi que alguien le estaba robando una camioneta a otra persona. Sólo me quedé viendo, no asimilaba qué estaba sucediendo y reaccioné cuando el asaltante me volteó a ver a mí, y sentí su mirada muy fría. Fue cuando corrí y recibí el tiro en la espalda. Me caí al piso, sólo me respondía mi brazo izquierdo, sentía muchas cosquillas en todo mi cuerpo, pero no veía sangre.

“Quería irme de ahí, comencé a golpearme las piernas, pero mi cuerpo no me respondía. Intenté girar y empecé a gritar por ayuda; llegó la policía, una ambulancia y le pedí que me sacaran de ahí. Yo tenía mucha sed, y recuerdo a un camillero que me decía ‘no te duermas’”. 

Esmeralda estuvo internada dos meses en terapia intensiva, y fue entonces cuando supo por un médico que no volvería a caminar, porque la bala había atravesado su cuerpo. “Al no salir, quemó la médula espinal”.

“Siento que vivimos en una época de gran indiferencia y que se está normalizando la violencia. Nadie merece que alguien tome tu vida y haga con ella lo que quiere y te lastime, te mutile.

“En mi caso quedé viva. Alguien quiso tomar algo ajeno e hizo daño a todo lo que estaba alrededor. ¿Por cuánto dinero, 5 o 6 mil pesos? ¿Eso vale mi vida? Eso no es ni siquiera el valor de un cajón de muertos. Me preguntaba por qué mejor no me mataron. Me preguntaba por qué me dejaron a la mitad, estaba muy enojada, muy molesta, tenía sólo 24 años”.

Después de recibir apoyo sicológico, Esmeralda cuenta que adquirir una discapacidad la hizo más sensible, más consciente de lo que puede y no puede hacer. “Consciente de mis limitaciones, pero también responsable de mi misma, por eso vivo sola, y trabajo, y rento una casa, porque no me gusta depender de nadie más. El apoyo de mi padre y mis hermanos fue crucial para mí.

“Soy la misma persona que era antes, solo que ahora sentada en una silla. Terminé mi licenciatura, trabajo y me desplazo sola, no doy problema y estoy contenta de que la gente valore el esfuerzo que uno hace… y voy a seguir empujando para enfrentar aquello que nadie quiere para sí mismo, pero que he transformado en algo bueno para mí, con tal de que nadie me compadezca”, concluye quien también planea incursionar próximamente en un concurso de modelaje en silla de ruedas.

“Sólo estábamos esperando que se terminara el contrato para separarnos”

Michell, discapacidad por violencia en pareja

Michell sonriendo de perfil

El testimonio de Michell es también producto de la violencia, sólo que en su caso, la ejercida por su pareja. “Vivíamos en Playa del Carmen, yo tenía 26 años y descubrí que mi pareja me era reiteradamente infiel, sólo estábamos esperando a que se acabara el contrato del departamento para separarnos”.

“Un día, en diciembre de 2008, salimos a un bar y comenzamos a discutir por el mismo tema de la infidelidad. De regreso hacia el departamento seguíamos discutiendo. Recuerdo que abrí la puerta del departamento y a partir de ahí ya no recuerdo nada, tuve un blackout, y nunca supe que es lo que realmente pasó.

“Según declaraciones de mi novio ante el Ministerio Público, él me metió en el cuarto y me encerró y que fui yo quien me arrojé del segundo piso de nuestro departamento en un ataque de desesperación. Yo sé que eso no es verdad, no soy una suicida”.

Al despertar, en terapia intensiva, en la que estuvo por dos meses, Michell recibió el diagnóstico de que nunca más podría volver a caminar. “Mi lesión se debió a que caí parada, me fracturé ambas rodillas, el fémur y se lesionó mi médula, por eso quedé parapléjica”.

Su novio salió libre de toda responsabilidad y finalmente dejó a su pareja tras muchos años de codependencia.

Con la preparatoria terminada y estudios en informática administrativa, Michell tomó un curso en línea para ser community manager y manejar redes sociales y a esto se dedica. También se especializa en documentación y bases de datos. 

“Detrás de las puertas de los hospitales la violencia se naturaliza”

Alicia, discapacidad y luego… violencia sexual y obstétrica

Alicia, después de adquirir una discapacidad, vivió violencia sicológica, física y sexual durante su proceso de internamiento en el Hospital General de la Raza por parte de un doctor en el área de infectología.

“Tuve cáncer en el endometrio que causó la desarticulación del miembro pélvico derecho (perdí mi pierna) y ese médico hizo un tacto vaginal sin mi consentimiento, siendo cirujano general y no oncólogo, con el que me lastimó muchísimo”.

“Los enfermeros le reclamaron por qué me iba a hacer el tacto vaginal, si no era oncólogo, ni ginecólogo; él sólo se rió y ordenó a dos enfermeras que me sujetaran, una de cada mano, para que yo no me resistiera al tacto”.

“Estuve tres meses en el hospital y sentía pánico cada vez que ese médico entraba a mi cuarto y me decía que tenía que hacerme un tacto vaginal.

“Mi hermano me cuidaba, y un día el mismo médico se negó a operarme, con el argumento de ‘para qué intervenirme si de todas maneras yo estaba grave y me iba a morir’”.

Alicia decidió no denunciar al médico. “Tardé muchos años en recuperarme, a cada rato tenía que internarme de nuevo. Me daba mucho miedo que me tocara con el mismo médico, que pudiera tomar aún más represalias contra mí por haberlo denunciado”.

“Hoy continúan las secuelas por el maltrato que viví; degradaron mi cuerpo; han transcurrido dos años y mi salud está muy deteriorada: me quitaron un riñón, y la vesícula. Detrás de las puertas de los hospitales la violencia se naturaliza, y no hay nada que podamos hacer ante el impacto de adquirir una discapacidad, y además no contaba con los mecanismos que me permitieran denunciar el maltrato hacia aquellos que no están capacitados para atender a una persona con discapacidad en un hospital”, concluye quien hoy trabaja desde su casa y ha logrado una vida independiente. 

Las mujeres con discapacidad están en altísimo riesgo de sufrir violencia

“Las leyes están hechas para proteger a todas las mujeres independientemente de su condición, sin embargo, México enfrenta muchos retos para garantizar a las mujeres con discapacidad el acceso a la justicia y a sistemas de protección”, refiere Nadia Arroyo Estrada, de Compartiendo Saberes y Transformando Realidades A.C, en el ensayo La Jaula de la Invisibilización, la violencia sexual hacia niñas y mujeres con discapacidad.

Entre las secuelas más frecuentes están: la reducción de la movilidad por lesiones en la médula espinal, la pérdida del oído, la pérdida de la visión, discapacidad psicosocial, y afectaciones de importancia en órganos vitales. En muchas ocasiones éstas lesiones son irreversibles. Las mujeres con discapacidad auditiva, tienen además, retos adicionales por la dificultad para acceder a la justicia.

Ser mujer y tener una discapacidad implica una doble estigmatización, agrega Arroyo Estrada. Las mujeres con discapacidad, especialmente aquellas que tienen deficiencias severas, como dificultades de movilidad, pertenecen a un grupo con un altísimo riesgo de sufrir algún tipo de violencia, incluida la sexual.